Relato Revista

Remedio Santo

Por Miriam Damaris Maldonado


Yerba Bruja

Se necesitan solo dos gotas de Yerba bruja para acabar con el dolor de oído, no puede ser cualquier hoja, la hoja te llama, la buscas en el matorral, ves la mata y le hablas. Le pides permiso, nunca arrancas nada de la naturaleza, ella te la da, pero debes decirle para qué es.  Me decía esto mientras caminaba con el delantal porque sabía que encontraría en el camino otros remedios, además si algo me picaba o lloraba por el camino el delantal haría su trabajo. El delantal de abuela tenía varios bolsillos, empezaba muy limpio en las mañanas y terminaba lleno de recuerdos e historias de nietas a la despedida del Sol. Abuelita se eñangotaba y se le acercaba a la yerba como contándole un secreto, le decía, Damaris necesita sanar su oído y daba las gracias por las propiedades y por el remedio, abría su delantal y envolvía las hojas en un paño santo.

Agarras la hojita de Yerba bruja

la machacas en el sartén bien caliente

y cuando el aceite comience a brotar

exprimes la yerba en el oído afectado.

A mamá no le gustaban los remedios de la abuela, les llamaba brujería, abuela se ponía firme y planchaba su delantal, con las dos manos, estirándolo “ese dolor te lo quito yo, como que me llamó Catín” y así decía, la hoja machacadita, te colocas las gotas 2 veces al día, con tres gotitas basta.

El aceite recorría mi oído dándole lugar a mis quejidos.

—Abuelita, abuelita ya.  Ay, ya.

—Tranquila, a ver ¿que te dijeron?  Esto te quita el dolor de oído. Te saca to’ lo malo. Descansa y no te quites la hoja. Sueña bonito.

Abuela sabía que la yerba bruja me quitaría el dolor en serio, que mientras esa gota recorría por los canales de mi oído iba sanando lo que había escuchado, ella sabía de dónde venía el dolor.  A ver, Damaris,   tú sabes que eres una niña linda y mágica, me encanta tu cabello lleno de vida, tu risa a carcajadas. Cuando tú naciste, llegaste con el pan debajo del brazo y el barrio se llenó de bendiciones. Y todos los insultos que nacían en mi casa por la nuera de abuela ella los transformaba en todo lo bello.  Pelo bello, es lo que tienes y hay que soltarse los rizos, que el único pelo rebelde es el que no está libre. Nunca le decía, tu madre, le llamaba su nuera, de hecho su “no—era” y se reía conmigo, y me decía no repitas eso.   “A ver, cuéntame qué te dijo mi no era” y así no sólo me curaba, me quitaba el asunto y lo hacía suyo.  Entonces, exprimía las gotas en mi oído comenzaba a sentir el aceite tibio que se escurría por las canales de mi oído y un viento que se escuchaba en el canal del oído anunciando la sanación y el aceite transformado en lagrimitas que se escurrían por mis ojos. 

La nena está llorando, decía abuelo.

Teodoro, decía abuelita, llorar es bueno, porque son pedacitos de mar que cuando entran, limpian y se llevan todo. 

Entonces me reía y abuela me decía, tócate los ojos y prueba una gotita, y yo lo hacía.

—¿A qué sabe?

—¡Salado!, es cierto abuelita, es el mar.

—Sí y cuando estés lejos del mar y te de nostalgia no le tengas miedo al llanto porque es el mar queriéndote abrazar.  Así ha sido.

—¿Cómo sabes tanto del mar y de las plantas?

—La vida mamita, la vida.  Herencia de las mujeres de la familia.

Abuela aprendió de la Yerba bruja de su madre, “cada vez que tu mari’o se levante vira’o tu buscas yerba bruja y te sanas tus oídos, te los cuidas y te dices cosas lindas, porque los oídos se curan con lo mismo que se enferman, con las palabras.” le decía.

Las palabras y la Yerba bruja eran la pócima, iban sanando y ya recostada recordé la pequeña promesa de abuelita, me dijo que me quedara quieta hasta dormirme, pero comencé a inquietarme y si no le preguntaba ya se me escaparía el momento y ya no sé si abuela me lo diría. Solo recordaba el colibrí picoteando una frutita anaranjanda que nacía en una enredadera cuando íbamos de vuelta a la casa.

¿Qué se come el colibrí abuelita?

—Se llama cundeamor

—¿Y para qué sirve?

Abuela sonrió, cómo habitada por secretos e historias, no sé si ajenas o propias.

—Para muchas cosas sirve el cundeamor, cuando se te cure el oído, ya sabrás.

Así me encontraba, casi dormida, entre la yerba bruja sanando las palabras en mi oído y con la prisa de sanarlo para saber del cundeamor.


Miriam Damaris Maldonado (Puerto Rico). Estudió Psicología, Trabajo Social y Estudios del género; trabaja con sobrevivientes de Violencia doméstica, tráfico sexual y abuso sexual. Poeta, ensayista, narradora. Primer lugar en el Festival literario de la Universidad Interamericana de Puerto Rico (2009 / 2010). Su trabajo ha sido publicado en diferentes medios en Argentina, Italia, México, Puerto Rico, España y Estados Unidos. Libros: Outrage, Texas (2015); Antología de Nuevos Poetas de Hispanoamérica, España (2014); Fuego del Aire (2014);  Anthology FEIPOL (2016 & 2018) y Textos Desgenerados (2019).

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