Poesía

Desoír

Tres poemas de Orlando Mondragón


I

Llegar con el labio partido
puede significar que tus compañeros
te hagan su presa con los ojos.
Puede significar también que tu padre
ha descubierto lo que dicen de ti en la escuela
y te ha dado una paliza
para que aprendas a defenderte.
Pero ¿cómo se defiende uno de las palabras?
¿Dónde se aprende a darles la vuelta,
a desoírlas
para que no te despierten en la noche
ladrando los mismos insultos?
¿Dónde se esconde uno de ellas?
Si te descubren hasta en las paredes de los baños,
en las butacas del salón,
saben pegar tu nombre a un dibujo de penes,
a un dibujo de culos penetrados.
Si te persiguen
como un enjambre de abejas alborotadas,
correteándote por todo el camino
y se meten hasta tu cuarto
y se oyen por encima de la televisión,
por encima de la voz de mamá
preguntando cómo te fue en colegio,
y zumban,
zumban,
zumban.
Uno termina por creerles,
por voltear a ver cuando alguien grita: ¡joto!
en la calle.
Cuando ya es inútil disimular
ante la mirada incrédula de tu padre
porque lo ha visto todo.

II

Se quedaba callado, mi padre,
cuando alguien contaba un chiste de maricas.
Se rascaba el pelo, pasaba su mano por el bigote
y se acomodaba en su asiento.
No soportaba tenerme junto a él, observándolo,
increpándolo en silencio.
Rogándole con los ojos que me defendiera.
Entonces la impotencia se juntaba en el puño,
me hacía sudar las manos
y apretar todo el llanto en la garganta.
Era como si mi padre estuviera dándole la razón
a todos los chistes de maricas,
mirando cómo los otros muchachos imitaban
la forma en que mis manos se desatan,
adelgazando la voz cuando pasaba cerca,
dejándolos empujarme en el patio del colegio
hasta hacerme correr y esconderme;
cazándome a su lado
como una jauría de perros,
salivando,
olfateándome
hasta encontrarme en una esquina del baño de las niñas
y él sólo estuviera ahí mirando, incómodo,
cómo los niños me jalan del pelo,
me escupen su ponzoña y me tumban al piso.
Y yo no quiero darles el placer de que me vean llorar,
quiero frustrarlos, que se den por vencidos
y se vayan,
y que aprendan que el niño marica no llora.
Pero no puedo
y lloro.
Y ellos se ríen más fuerte.
Me cantan canciones.
Es como si mi padre estuviera ahí,
cómplice con su silencio,
esperando a que se hartaran de reírse.

III

Desearía regalarle a mi padre
un hijo que no esté roto.
Un hijo
sin defectos de fábrica,
con piezas de repuesto para sus enojos,
hábil con los balones o las distancias.
Un hijo que pueda presentarles
una muchacha hermosa en la cena,
sin esta cruz de soledades en la espalda.
Un hijo pared
en el que pueda apoyarse sin miedo.
Un hijo bonsái
que crezca bajo su sombra.
Un hijo gato que no pierda el camino a casa.
Un hijo con todos los ladrillos que planeaste, papá.
No este hijo de papel,
no este hijo de vidrio
que se corta con sus propios bordes.


Orlando Mondragón (Ciudad Altamirano, 1993). Es médico cirujano por la UAM-Xochimilco. Ganador del “IV Premio de Poesía Joven Alejandro Aura” por “Epicedio al padre”, su primer poemario. Premio del que fue jurado en 2018. Ha sido becario en diversos programas de creación literaria, entre ellos Interfaz ISSSTE-Cultura en 2017, Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico del estado de Guerrero (PECDAG) en 2018 y de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2019. Actualmente cursa la especialidad en psiquiatría.

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