Novela Reseña Revista

Una peregrina en la niebla: memoria y extranjería en “La dama errante en la ciudad del fin del mundo”

por Julio César Aguilar

::: En esta reseña el crítico ofrece un análisis y comentario que motiva a “una experiencia de lectura tan inquietante como luminosa”.

La novela La dama errante en la ciudad del fin del mundo de Gabriel González Núñez se inscribe en una línea de narrativa fantástica contemporánea difícil de encasillar, que combina fábula filosófica, crónica de viaje y exploración identitaria en un espacio distópico, helado y brumoso. A través de una protagonista que deambula desde el siglo XVI hasta una ciudad gris situada literalmente en el límite del mundo, el libro propone una reflexión poética sobre la memoria, la extranjería, el poder y el paso del tiempo. La acción se sitúa en la llamada “ciudad del fin del mundo”, un enclave urbano que termina en un muro de nubes o niebla impenetrable, del que nadie vuelve una vez lo cruza y que parece custodiar una dimensión más allá de la vida. En este espacio siempre nublado, de plazas vacías y edificios monumentales, las personas viven bajo una rutina gris y un lenguaje casi ininteligible que subraya la sensación de extrañeza y desarraigo.

A ese lugar llega la Dama Errante, una mujer que lleva quinientos años vagando, vestida con ropas desparejadas y cargando una maleta y una mochila repleta de escritos, uno de ellos fechado en 1541, de modo que su propia biografía desborda los límites del tiempo histórico. Su propósito declarado es escribir un nuevo libro en esa ciudad límite, pero en el proceso se ve arrastrada a una búsqueda más profunda que cuestiona su identidad, sus recuerdos y el sentido mismo de su peregrinación secular.

          La novela articula gran parte de su tensión en la relación entre la Dama Errante y un fabricante de pizzas apático que ha buscado refugio en la ciudad por motivos que se revelan gradualmente. La figura de este pizzero introduce una cotidianidad modesta dentro de un entorno extraordinario, creando un contrapunto entre lo doméstico y lo metafísico que humaniza la trama. En los diálogos entre ambos personajes se despliegan las capas temáticas del libro: se discuten pérdidas, exilios, silencios políticos y afectivos, mientras la ciudad misma se vuelve un espejo de lo que se ha perdido y de lo que aún puede encontrarse. Esta dinámica relacional se sostiene en una prosa contenida, sin grandes explosiones melodramáticas, lo que acentúa el tono de extrañeza fría que define la obra.

          El propio editor de la novela propuso para este texto la etiqueta de lo fantástico frío, definida por la presencia de escenarios desolados, la naturalización de lo inexplicable y una alienación cotidiana que tiñe cada escena. No se trata de fantasía de sistema mágico ni de un realismo mágico basado en exageraciones de lo real, sino de una irrupción de “lo de más allá” en el mundo narrado y de la capacidad de la protagonista para ver las cosas “como realmente son”. La prosa se caracteriza por su elegancia y por una fuerte carga imagística, con pasajes que recuerdan tanto a la tradición de Borges como a ciertos gestos oníricos de Mircea Cărtărescu, según se ha señalado en lecturas críticas. La estructura fragmentada y poética de la narración, más cercana al collage de estampas que al relato lineal clásico, refuerza la idea de un viaje interior donde los episodios funcionan como destellos de memoria y de revelación.

          Entre los ejes temáticos destacan la memoria, entendida no como archivo fijo sino como territorio movedizo en el que se reescriben continuamente las pérdidas y los hallazgos. La ciudad del fin del mundo se configura así como metáfora de una frontera última, no solo geográfica sino existencial, donde se condensan duelos personales e históricos. Otro tema clave es la extranjería: la Dama Errante es siempre forastera, incluso después de siglos, y la comunidad gris de la ciudad está atravesada por una lengua casi incomprensible que dramatiza la dificultad de habitar plenamente ningún lugar. Esta sensación de no pertenecer del todo se enlaza con reflexiones sobre el poder y las estructuras que regulan el acceso a la niebla y al “más allá”, encarnadas en las figuras de los vigilantes y en las pruebas que exigen a quien intenta cruzar.

          La dama errante en la ciudad del fin del mundo se sostiene como una propuesta sólida y sugerente dentro de la narrativa fantástica hispana contemporánea, especialmente por su negativa a encasillarse en géneros prefabricados. La combinación de atmósfera gélida, mirada filosófica y una protagonista que encarna siglos de errancia construye una lectura que invita a avanzar lentamente, atendiendo a los matices simbólicos de cada escena. Al mismo tiempo, el libro evita el pesimismo absoluto: en medio de la niebla, las plazas vacías y las ruinas íntimas, se abre un horizonte de esperanza ligado a los vínculos humanos y a la posibilidad de seguir escribiendo la propia historia, incluso al borde del mundo. En conjunto, la novela deja la impresión de un viaje introspectivo que interpela al lector sobre sus propias pérdidas y hallazgos, ofreciendo una experiencia de lectura tan inquietante como luminosa.

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Alejandro Seta
Alejandro Seta
3 months ago

He leído la novela de Gabriel González Núñez, y en este estudio de Julio César Aguilar, descubro nuevas resonancias de mi propia experiencia como lector. Fue una aventura fascinante, que deja un gusto entrañable como las cosas que, luego que se terminan se extrañan. Gracias a ambos por festejar la literatura.

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