Columna: Notas de J. P. Dávila Ensayo Revista

Una época en llamas: perdido en los backrooms de la política

por J. P. Dávila

::: En ésta, su primera columna del año, nuestro ensayista observa y comenta desde una personal perspectiva una realidad que le preocupa de modo para nada exclusivo.

Seguramente hay un vínculo entre lo que lo predispone a uno a preocuparse de reflexionar al fin del año y las ansias que se sienten en el primer día de enero. Quizá, como quien emprende un viaje y se enfrenta a la vez a la emoción de ir y al miedo de lo desconocido, me sentí afligido por la ansiedad. No sé, pero el día de año nuevo me arranqué de la casa para reunirme con un amigo. A pesar de que los lugares que solíamos frecuentar estaban cerrados, dimos con un café que no observaba el día festivo, unos pasos detrás de un centro comercial que se veía abandonado. Después de unas tazas de café y una caminata grata nos encontramos cruzando, sin rumbo, por el estacionamiento vacío del Wonderland Mall, sorprendidos al ver a un joven ingresar. Tentados por la aventura, entramos. 

Abruptamente terminó nuestra conversación al presenciar tanta tienda cerrada y un silencio abrumador. Una pareja sin sonrisa caminaba sin hablar entre las luces fluorescentes. En la esquina, después de una fila de tiendas oscuras y sin comerciante, un joven peluquero, a solas, protegía de la tiniebla su salón. En otro piso, donde entraba la luz del sol, la única persona que vi, una niña, esperaba ante su plancha fría para cobrarte $16 por una hamburguesa. Todo era un poco triste. Me recordaba a esa nueva leyenda urbana que comenzó en la red, la de los backrooms[1]: ese espacio liminal, o realidad alternativa, que es básicamente un laberinto interminable compuesto de oficinas amarillentas, descuidadas y pasillos totalmente vacíos. Un monótono laberinto que reemplaza el minotauro con el silencio y el aislamiento. Pero, me consolaba que no estábamos totalmente solos. 

Sí, las pocas personas que vi amplificaban el sentido de soledad, pero no por miedo de los backrooms ni por esa ansiedad de la que intenté huir y que al parecer siempre cargo conmigo, sino por el contexto. Un centro comercial como cualquier otro lugar público tiene su función social. Seguramente no soy el primero que lo dice, pero ver a un sitio/edificio/lugar que se define por su función apartado de esa función te despierta la inquietud. Ver a una escuela sin estudiantes, un hospital sin pacientes, una cárcel sin presos, o, en este caso, un centro comercial sin consumidores, nos llama la atención. Si cada edificio y su función social son inextricables, nos inquieta ver su desuso o mal uso.  La fe que tenemos en el mundo, que requiere que todo esté en su debido lugar, que cada institución y servicio nos sirva de una manera confiable y familiar, está, para nosotros, tan incrustada e importante que al faltar nos inquieta. Somos seres sociales y socializados, creyentes del contrato social; ver que se abandona elementos del orden social nos horroriza; este es el punto a que viene mi rodeo de palabras. 

Hay algo profundamente inquietante al ver instituciones sociales como el gobierno y la prensa caer en la propaganda, la corrupción y la desinformación. Estas instituciones, entre otras, se apartan cada vez más de la función social para la que existen.  ¿Tendrá el premio Nobel algún valor serio en los próximos años[2]? ¿Tendremos, si aún hay, confianza en los medios de comunicación dentro de una generación? Pienso en el reportaje de 60 Minutes[3] que criticaba las condiciones horribles de CECOT que la nueva editora pro Bukele de CBS, Bari Weiss censuró cancelándola. Pienso en las estadísticas de trabajo de los EEUU, en la veracidad de la poca información que nos llega del genocidio en Gaza, en el misterio alrededor de los documentos de Epstein y me quedo, más que nunca, dudando, no de la información, sino del motivo y la manera de presentarla. Aunque hay que tomar en cuenta que la propaganda no es novedad, todavía siento que esta duda va más allá de ser, como siempre se aconseja, la de un pensador astuto y crítico. Y no solamente por las ultrafalsedades (deepfakes) o el poder de verificar con la tecnología las copiosas mentiras de la clase política que nos hace pensar que hay más charlatanes poderosos que nunca. Esto es distinto. Es una pérdida de control y de certeza. Una pérdida de confianza en el imperio, el sistema y la comunicación. Quizás, más que nada, es una afrenta a la mera idea de la verdad que cada vez más parece un inquietante laberinto de murallas vertiginosas y callejones sin salida. Estamos en los backrooms

[1] https://www.youtube.com/watch?v=bEJQBoQ3XVs&t=161s
[2] https://www.youtube.com/watch?v=e_-KpDC6eyI
[3] https://www.youtube.com/watch?v=PJlUPcEDq3c

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