::: Cada víspera de Año Nuevo celebramos, con muestras de exaltada alegría, al son de las diez campanadas de los últimos segundos del año que termina, el transcurso del tiempo y la esperanza de su continuación en los días futuros del nuevo calendario, el reanudado con el primer día de enero. Es esa continuidad del tiempo—la certeza del futuro—lo que celebramos ruidosamente exultantes con fuegos de esplendor artificial en el cielo de la última noche y la primera madrugada.
Esconde esa alegría el deseo de olvidar lo que ya fue y se ha perdido.
Hay en literatura un antiquísimo tópico que acude una y otra vez, constante a lo largo de los siglos, a la pregunta de dónde está lo que existió y la expresión de tristeza al ver cómo todo va cayendo en la erosión del olvido.
Aquí una selección de textos referentes a los tópicos clásicos—“ubi sunt” y “sic transit gloria mundi”— relacionados con la fugacidad de los años:
Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar
al acordarnos de Sión.
Sobre los sauces de la ciudad
colgamos nuestras arpas.
Los que nos capturaron, nos pedían que cantáramos.
Nuestros opresores nos pedían estar contentos.
Decían: «¡Canten algunos de sus cánticos de Sión!»
¿Y cómo podríamos cantarle al Señor en un país extranjero?
Jerusalén, si acaso llego a olvidarme de ti,
¡que la mano derecha se me tulla!
Jerusalén, ¡que la lengua se me pegue al paladar,
si acaso no llego a recordarte
ni te pongo por encima de mis alegrías!
***
iYo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso deveras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
***
De los sos ojos tan fuertemientre llorando
tornava la cabeça y estávalos catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcándaras vazías, sin pielles e sin mantos,
e sin falcones e sin adtores mudados.
Sospiró mio Cid, ca mucho avié grandes cuidados,
fabló mio Cid bien e tan mesurado
—¡Grado a ti, Señor, Padre que estás en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!-
***
Ozymandias
Conocí a un viajero de un antiguo pais
que dijo: “Dos enormes piernas de piedra se yerguen
sin su tronco en el desierto; junto a ellas, en la arena,
semihundido descansa un rostro hecho pedazos,
cuyo ceño fruncido y mueca en la boca,
y desdén de frío dominio cuentan que su escultor
comprendió bien esas pasiones que todavía sobreviven,
grabadas en la piedra inerte, a la mano que se mofó de ellas
y al corazón que las alimentó. Y en el pedestal
se leen estas palabras: “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
iContemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!”
No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden las solitarias y llanas arenas.
***
Muchos hay en el mundo que han llegado
A la engañosa alteza desta vida,
Que Fortuna los ha siempre ayudado
Y dádoles la mano a la subida,
Para después de haberlos levantado,
Derribarlos con mísera caída,
Cuando es mayor el golpe y sentimiento
Y menos el pensar que hay mudamiento.
No entienden con la próspera bonanza
Quel contento es principio de tristeza,
Ni miran en la súbita mudanza
Del consumidor tiempo y su presteza:
Mas con altiva y vana confianza
Quieren que en su fortuna haya firmeza;
La cual, de su aspereza no olvidada,
Revuelve con la vuelta acostumbrada.
Con un revés de todo se desquita,
Que no quiere que nadie se le atreva,
Y mucho más que da siempre les quita,
No perdonando cosa vieja y nueva:
De crédito y de honor los necesita,
Que en el fin de la vida está la prueba,
Por el cual han de ser todos juzgados,
Aunque lleven principios acertados.
Del bien perdido al cabo ¿qué nos queda
Sino pena, dolor y pesadumbre?
Pensar que en él Fortuna ha de estar queda,
Antes dejara el Sol de darnos lumbre:
Que no es su condición fijar la rueda,
Y es malo de mudar vieja costumbre:
El más seguro bien de la Fortuna
Es no haberla tenido vez alguna.
***
IX. Los álamos de Binsey – talados en 1879
Mis queridos álamos, cuyas aéreas prisiones atenuaban,
Atenuaban o apagaban en su fronda el sol danzante,
Todos talados, talados, talados estáis todos;
De una flamante, continua y ondulante hilera,
No se salvó siquiera uno
Que meciera su sombra asandaliada,
Que nadaba o se hundía en el prado y en el río
O en el enmarañado herbazal de la ribera,
Que el vagabundo viento recorría.
¡Oh, si al menos supiésemos qué hacemos
Cuando cavamos o tajamos.
***
MACDUFF — ¿Está Escocia donde estaba?
ROSS — ¡Ah, pobre patria! Apenas se conoce. Ya no puede llamarse
Nuestra madre, sino nuestra tumba, donde, salvo al ignorante, a nadie se ve
Sonreír; donde no se oyen los suspiros, ayes y gemidos que rasgan el aire;
Donde el dolor más violento parece un vulgar trastorno. Ya nadie pregunta por
Quién tocan a muerto, y los hombres de bien caen antes que la flor de su
Sombrero, muriendo sin enfermar.
***
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados son iguales,
los que viven por sus manos
e los ricos.
***
“¡Llora como mujer, desventurado,
La pérdida del reino que has debido
Cual hombre defender!… ¡Llora, menguado!”
Y, con desdén más fiero que el olvido
(¡tal vez con hondo amor desesperado!),
Apartóse del príncipe afligido,
Y, mirando colérica a Granada,
Huyó vencida, pero no domada.
***
Ante el espejo
Mide mil varas mi cabello cano.
Y mis tristezas miden otro tanto.
Me miro en el espejo cristalino,
Y no me explico por qué está escarchado.
***
Como á Ossian sus amigos han dejado?
Por qué agotar tu luz esplendorosa
Sobre Morven? Por qué, sublime astro?
Los heroes no contemplan ya tu lumbre,
Los ojos de los muertos se han cerrado
En una eterna noche, y solo brillas
Oh tibio sol, sobre sus huesos blancos.
Como se han estinguido tus fulgores,
Morven! Desvanecidos, apagados
Están, como la llama de la encina
Que al consumir los troncos con su abrazo,
Alumbraba radiante tus salones,
Hoy morada de sombras y de espanto
Lo mismo que tus huéspedes alegres
Se han hundido en la tierra tus palacios,
Y sobre el templo del placer, desplega
La muerte desolada el negro manto!
Témora y Tara caen en ruinas
Selma por el silencio está habitado,
El ruido de las copas no resuena
Ha mucho tiempo en sus desiertos ámbitos,
Ni los dulces acordes de las arpas,
Ni la voz armoniosa de los Bardos!
***
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;
vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Textos y fragmentos de textos tomados de Salmos, un poema de Nezahualcóyotl, Cantar del Mío Cid, un poema de Shelley, La Araucana, un poema de Gerard Manley Hopkins, Macbeth, Coplas a la muerte de su padre, El suspiro del moro, un poema de Li Bai, Gaul. Poema de Ossian y un soneto de Francisco de Quevedo. Imagen de Shanna Edberg.