Crónica Ensayo Revista

En el País del Sol

Por Amélie Olaiz

::: Presentamos aquí un texto que es crónica de viaje pero también estudio sobre Juan José Tablada, escrito por una colega muy querida de Letras en la Frontera radicada en la Ciudad de México. Las imágenes que acompañan al texto son de Hiroshige, un pintor japonés del siglo XIX.

Hace tiempo me invitaron a Bellas Artes para hablar de Tablada. Esto casualmente, como ha ocurrido todo en mi relación con Tablada, se unió con un viaje que tenía que hacer a Japón. Gracias a Rodolfo Mata, experto en el tema, conseguí el libro En el país del sol en PDF. El único testimonio que queda de la estancia de Tablada en Japón. Está compuesto, en su mayoría, por los artículos que Tablada mandaba a la Revista Moderna desde Yokohama en 1900.

Desde la sala de espera en el aeropuerto leía mientras gracias a este cuerno de la abundancia informativa que nos ha dado internet resolvía las dudas provocadas por muchos términos y palabras que desconocía.

Desde ahí empecé a darme cuenta de que Octavio Paz tenía razón. Cito:

La obra de José Juan Tablada es una pequeña caja de sorpresas, de la que surgen en aparente desorden plumas de avestruz, diamantes modernistas, marfiles chinos, idolillos aztecas, dibujos japoneses, una calavera de azúcar, una baraja para decir la buena ventura, un grabado de “La moda en 1900”, el retrato de Lupe Vélez cuando bailaba en el teatro lírico, un lampadario, una receta de las monjas de San Jerónimo que declara cómo se hace la conserva de tejocotes, el arco de Arjuna…fragmentos de ciudades, de paisajes, de cielos, de mares, de época…

Tan fascinante me pareció el universo de Tablada en 1900 que al bajar del avión me incomodó ver a mujeres vestidas a la manera occidental y no en kimonos de colores como las vio Tablada al llegar al puerto de Yokohama. Conforme me iba adentrando en la narración y en la vida de Tokio me di cuenta de que las descripciones de Tablada, aunque muy retóricas, provenían de un contacto real con la civilización japonesa. Es importante notar que estamos hablando de casi 120 años entre el Tokio de Tablada y el mío. Cito a Tablada: Y entre aquellas multitudes sentíamos un mareo y la noción abrumadora de las excesivas poblaciones asiáticas que se reproducen y hormiguean como un fermento bajo el cristal del microscopio…

También me sentí abrumada como él, no por los 2 millones de habitantes que había en 1900, sino por los 40 millones de hoy en día.

Conforme leía las crónicas de En el país del sol, confirmaba la influencia francesa de la que hablan Seiko Ota y Atsuko Tanabe, estudiosas de la obra tabladiana. Pensé que Tablada, como cualquier viajero, debió llevar una guía que le fuera traduciendo la cultura a la que se enfrentaba. Tengo la certeza de que esa guía provenía de los hermanos de Goncourt, porque Tablada sentía una profunda admiración por ellos, especialmente por Edmond. Los Goncourt eran franceses (este simple hecho embrujaba a Tablada por la tendencia de su época). Además eran coleccionistas de antigüedades asiáticas y escritores. La lectura de sus libros alimentó sin duda el japonismo de Tablada. Curiosamente los datos que tenían estos coleccionistas procedían de un japonés que les conseguía objetos preciosos y de las lecturas que habían hecho sobre Asia. Esta información pertenecía a una época quizá 100 años anterior a los Goncourt. Con ese bagaje llegó Tablada a Yokohama.

Yo en cambio llegaba a Japón conociendo la investigación de los Goncourt y las crónicas de Tablada. Esta información le dio a mi viaje otro matiz: las crónicas se convirtieron en un viaje en el tiempo y en la imaginación. Me desplazaba constantemente entre el Japón actual, las crónicas de Tablada de 1900, la imaginación de un artista y la influencia de los Goncourt.

Cuando tuvimos oportunidad mi familia y yo tratamos de seguir las huellas de Tablada. Viajamos de Tokio a Yokohama —puerto a dónde Tablada llegó a instalarse—, no en el pequeño tren que hacía esta ruta en 1900 y que por supuesto ya no existe, sino en el Shikasen o tren bala. Creo que en mi fantasía esperaba ver los arrozales esmeralda, los pequeños estanques de donde emergen las anchas hojas de loto, las cuestas de bambúes de agudas hojas. Pero, hoy, viajar de Tokio a Yokohama es otra cosa. Todo está lleno de edificios, casas, fábricas. Sin embargo, en el trayecto de Yokohama a Kamakura y de Tokio a Kioto aún se pueden tener atisbos de ese paisaje que despliega una gama completa de verdes.

En las crónicas de En el país del sol, Tablada busca con frecuencia el solaz que le da la naturaleza. Por eso gusta de internarse en el parque de la Shiba y en otros bosques donde la naturaleza es pródiga. Al poco tiempo de entrar en ellos, invariablemente, se escucha un ruido agradable que podría compararse con centenares de sonajas: las cigarras, esos insectos amados por Tablada que merecieron no sólo sus dibujos, sino uno de los haikus más hermosos:

Las cigarras agitan
sus menudas sonajas
llenas de piedrecitas…

José Juan Tablada llega a Japón en verano y goza de él plenamente, aunque por momentos se lamenta del sofocante calor y los bochornos. Al caer el otoño nos habla en la crónica llamada “Bucólica” de la perdida de esta naturaleza que él describe como paisajes feéricos y paradisíacos. El otoño traerá la muerte de sus amadas chicharras… encontrar el cadáver de una cigarra, intacto y puro en la muerte, como la pequeña momia de una hada… Estas palabras de Tablada casi son un haiku. Cadáver de cigarra/intacto y puro en la muerte/ momia de hada.

A pesar de estas hermosas descripciones persistía la duda entre muchos estudiosos de Tablada de que realmente como él lo aseguraba, hubiera viajado a Japón, y que no fuera otra fanfarronería del escritor que se deleitaba con impresionar a sus conocidos. Hoy sabemos, gracias a la investigación de Matín Camps, que este viaje fue real, porque en las listas de pasajeros del barco mercante América Mauru (ruta Japón- San Francisco) estaba registrado un hombre llamado José Juan Tablada, embarcado en Yokohama el día 5 de diciembre de 1900.

Cuando pienso en el regreso de Tablada a México tengo la sensación de que no sólo volvió por el frío de su cuerpo y de su corazón, que añoraba a su amada, sino también por la falta de esta naturaleza tan pródiga a la que pertenecían el universo de los insectos y las cigarras.

Sobre el arte culinario de Japón

Comer a buen precio y sabroso es fundamental en un viaje. Yo tenía la curiosidad de ver los manjares que describe Tablada en la crónica de la “Ceremonia del té”. Sin saber lo que costaría, entramos a un restaurante donde servían la comida tal y como está descrita en el fastuoso banquete en casa de Miyabito-San. Cito:

Yo he visto un pescado en salsa blanca, dispuesto de tal manera, que se veía el pez como vivo, dando golpes de cauda y aletas entre la salsa que imitaba en la copa de laca el movimiento de un menudo oleaje… Hay verduras que se añaden al manjar teniendo en cuenta no sólo el sabor adecuado, sino la armonía del colorido. Y por todo esto la cocina japonesa es increíblemente dispendiosa y un ricohome nipón dilapida en banquetes tanto como un clubman europeo en el Derby o en la mesa de Bac… Un miembro de la aristocracia de Tokio puede arruinarse en el restaurant a la moda, en el “Koyo-Kwan”, pronunciado “Coyoacan” como nombrando el hermoso pueblo para mí tan amado, que está a orillas de México…

Esta descripción podría situarse en el Japón de hoy, nosotros lo vimos tal y como lo describe, lo comimos, nos deleitamos y tendremos que pagar a meses sin intereses una cuenta descomunal.

Sobre la arquitectura japonesa

Tablada dice:

Todos los departamentos de la vasta mansión tenían la sencillez característica de los interiores japoneses; esteras albeantes y acolchadas que hollábamos descalzos; maderas preciosas y purísimas cuya fresca virginidad ningún barniz había ultrajado y aquellos ensambles, aquellas junturas de artesones y cornisas sin un solo clavo engarzándose unas en otras por una maravilla de carpintería. (Las letras negritas son mías).

Estas características arquitectónicas y estos ensambles, si uno tiene un poco de curiosidad, pueden verse hoy mismo en muchas estructuras niponas, incluso en algunas tan simples como una estructura al aire libre, hecha para que las plantas se enreden en ella.

Tablada tiene una relación profundamente visual con Japón

Al entrar a una tienda, ya sea de un coleccionista o de un vendedor de abolengo, hay que hacerlo con sumo cuidado, porque uno se topa en verdad con abanicos finísimos o exquisiteces de laca o con un pez de esmalte rosa aplicado a un prendedor donde se distingue el brillo húmedo del agua, una libélula de plata y nácar parece que agoniza y aletea temblorosa clavada en su alfiler de oro. Y en verdad: Se siente uno cansado al fin ante aquella ostentación de prodigios, y la admiración se embota al extremo de que los últimos objetos que se nos muestran pasan casi inadvertidos.

Todavía hoy: el japonés bibeloteur y coleccionador de arte nunca muestra sus tesoros en conjunto, sino que los guarda y los va exhibiendo poco a poco, buscándoles el fondo apropiado, la luz conveniente, y contemplándolos aisladamente en el tokonoma, especie de altar que este pueblo fanático por lo bello ha creado para sus devociones artísticas. Aunque siento que en estas descripciones se nota la influencia del coleccionista Edmond de Goncourt.

Yo tuve una experiencia similar con un vendedor de reproducciones pictóricas y libros antiguos. Cuando le pregunté por el pintor Yosai, el hombre me vio con sorpresa y sacó de un cajón de su mueble personal, unas reproducciones pequeñas Mientras las admiraba, me revisó con cierta discreción y, casi arrebatándomelas, dijo: Estas son muy caras.

Sobre pintura japonesa, no hay mejor guía que En el país del sol. Las estampas japonesas y las pinturas de Hokusai, Hiroshigue, Utamaro, Yosai, Hon Kan y otros se despliegan a lo largo de toda la obra. Las crónicas de Tablada son una invaluable introducción a estos portentos del arte asiático.

Sobre la historia de Japón

Me llamó la atención que Tablada mencionara en la crónica de San Felipe de Jesús su viaje a Osaka y Nagasaki, y que en dicho viaje no se haya detenido en Kioto. Tablada era también un admirador de los templos, los toris y los suntuosos palacios nipones, como el Castillo del Nijo, que es donde se hizo el cambio de poderes del shogunato al Mikado, 30 años antes de que Tablada llegara a Japón. Kioto es la antigua capital nipona, ahí se encuentran innumerables joyas de este glorioso shogunato, gobierno de los samuráis, en el periodo Edo en el que se produjeron grandes maravillas en las artes y la arquitectura.

Según nos dice en su crónica “Los funerales de un noble”, Tablada conoció al último jefe Shogún, ¿podría yo decir el último samurái? Cito:

Los personajes más encumbrados tomaron asiento, el Marqués de Yamagata, que ha sido elevado al rango de Príncipe; el Marqués de Ito, reformador del Japón; el de Nagasaki, el de Aoki, el Conde Enomoto, lejano amigo de nuestro presidente Díaz y por fin, como una gloria eclipsada, el antes poderoso Shogún, supremo jefe militar vencido por el actual Mikado… Al ver aquel digno anciano, un Tokugawa cuyo blasón es un astro en el armorial japonés, no pude menos que pensar en la “vanidad de todo” que el budismo proclama con más amargura aún que el texto bíblico… (Letras negritas son mías)

Percibo la nostalgia y admiración de Tablada por este hombre. Kioto era la cuna de la aristocracia japonesa. ¿Por qué Tablada no fue a Kioto? ¿Por falta de recursos? ¿Porque no hablaba japonés?

Sobre la mujer japonesa

Tablada admiraba mucho las pinturas de Utamaro, pintor de la mujer nipona. También habla de las musmés, mujeres jóvenes japonesas que, con coquetería,  le roban constantemente la atención: las fascinantes geishas, que son —como Tablada lo dice— la más alta expresión estética del encanto de la mujer… Tengo la certeza de que así es, porque las he perseguido para tomarles fotografías, las he visto esconderse en las noches al salir de la okia o de algún restaurante, y me queda la certeza de que encierran un profundo misterio.

En las dos crónicas sobre la mujer que Tablada envió a la Revista Moderna desde Japón, y que después formaron parte del libro En el país del sol, es notorio que el poetase cuida mucho de qué y cómo habla de su contacto con las mujeres, sean musmés, o geishas o prostitutas. En todas las crónicas menciona a su amada, esa amada efímera de quien no conocemos nombre, y que gracias a la investigación de Rodolfo Mata se cree que posiblemente se refería a Nina, Evangelina Sierra González, quien, además de ser sobrina de Justo Sierra, era su ahijada. Si Tablada deseaba, a su regreso, formalizar su relación con Nina, su libertad literaria en sus crónicas debió estar irremediablemente inhibida. El matrimonio con Nina resultaba muy conveniente para las aspiraciones literarias de Tablada y no podía ponerlo en riesgo con ningún comentario fuera de lugar. A pesar de eso nos da en sus crónicas detalles deliciosos sobre la mujer japonesa.

Entender por qué por años los estudiosos dudaban de su viaje a Japón

A pesar de la fascinación que sentí ante la crónica de Tablada, me di cuenta de que había ciertas inconsistencias y cierta fanfarronería: 

En la excelente crónica “La gloría del Bambú”, Tablada asegura haber llevado consigo al parque el Manyōshū 106, que es la colección de poesía japonesa más antigua, y que data del siglo octavo. Un documento que a los japoneses ni siquiera les interesaba traducir, según afirmaba Atsuko Tanabe. Una de las primeras traducciones al inglés, y sólo de un poema, se hizo en 1834, y —según leí —es bastante defectuosa. Tablada habla de este poemario como si hubiera llevado un original al bosque, no una traducción ni una edición posterior.

En ese tiempo, su trabajo era de reportero, aún no iniciaba el negocio de vinos que le dio una mejor posición económica. ¿Cómo compró un documento que data del siglo octavo, si un libro de mediados del siglo veinte hoy fluctúa entre doscientos cincuenta y ocho mil yenes que son alrededor de cincuenta mil pesos y cincuenta y dos mil yenes que son más o menos nueve mil pesos? No creo que Luján, su jefe y mecenas, le haya autorizado esos gastos.

Pensando que hubiera conseguido una copia más reciente y de menor valor, ¿cómo entendió lo que decía? Tablada no hablaba ni leía japonés. Así como ese detalle, encontré otros en los que era evidente que Tablada fanfarroneaba. Este tipo de desplantes aunado a la falta de datos duros es a mi parecer lo que generó dudas en muchos de sus estudiosos. 

Sobre la contemplación

No encontré en las crónicas ningún dato budista que relacione a Tablada con la contemplación. Quizá uno que otro principio meramente intelectual pero nada que denote un acercamiento más profundo.

Contrario a lo que se piensa, Tablada no cultivó la contemplación; se sintió empático ante el animismo, la creencia del sintoísmo de que todas las cosas tienen alma. También era afín al principio de respeto a todo ser viviente, como él mismo lo dice en su libro Hiroshigué:

En ella como en el ciclo de los cuentos orientales, y no por milagro, pues a la fe budista todos los seres y las cosas tienen alma…

Este concepto no pertenece a ninguna de las sectas budistas mahayana o varyayana, que son las que se practican en Japón. El animismo es un principio sintoísta y el sintoísmo no es budismo, es la religión más antigua de Japón, eso sí, y quizá una de las más antiguas del mundo.

Tablada nunca profundizó en el budismo. El budismo zen, en el que se practica la contemplación, estaba reservado para las élites y Tablada se adhirió a las creencias populares que no distinguen entre el budismo y el sintoísmo. ¿De dónde proceden entonces los instantes de contemplación que podemos notar en sus haikus?

Sogyal Rimpoché dice que estados de contemplación se dan en el instante creativo de algunos poetas, pintores, músicos y artistas. Es fácil notarlo al acercarnos a algunas de sus obras. Aunque Tablada quizá no estaba consciente del todo, es en Colombia dónde escribe los haikus que conforman Un día, donde él puede tener instantes de contemplación. De alguna manera lo profetiza en la crónica “Bucólica”: …deliciosos retiros para una vida de amor o para una existencia de arte esas grutas de verdor fragante, esas casas de madera blanca y olorosa. Es ahí donde Tablada, enamorado y feliz, escribe:

Breve cortejo nupcial,
Las hormigas arrastran
Pétalos de azahar…

Estamos ante un artista de gran talla. Leer a Tablada no sólo es hacer un viaje a Japón y a la cultura de su tiempo, es viajar en su imaginación, en su curiosidad de bibelotour, y en su oficio de cronista y haijin. Poesía que incubó diecinueve años para introducirnos a través de ella a la fascinante cultura japonesa.

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Rojas
Rojas
6 months ago

Me encantó la narrativa y la comparación de épocas

Bertha
Bertha
5 months ago

Felicidades a Amélie y Letras en la Frontera por este articulo tan bien logrado. Es como caminar de forma alterna con la autora y con Tablada por el territorio y la cultura de Japón.

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