Columna: La Terraza Revista

Releer, reencontrar

Por Rebecca Bowman

“La Terraza” es el lugar desde el que Rebecca Bowman escribe su columna regular.

¿Qué revisitamos cuando abrimos un libro ya hojeado, ya conocido, quizá un libro querido, formativo? ¿Revisitamos el recuerdo mismo del libro o la experiencia de haberlo leído de la niña o adolescente o joven que por primera vez vio las letras de ese texto? ¿Revisitamos los personajes que construimos en aquel entonces o construimos de nuevo personajes diferentes, más profundos quizá en su saber, mejor comprendidos por nuestra mayor experiencia? ¿En la relectura agregamos a nuestra experiencia de lectores todo el vivir que ha transcurrido entre la primera lectura y la de ahora? ¿Al releer agregamos la memoria de todos los textos que hemos leído entre esta lectura y la anterior?

¿Será más pura la primera lectura por no conocer el desenlace de un argumento, o seremos más capaces de captar las intenciones del autor al conocer el final de la historia? Tantos libros que he releído y tantos libros que he apreciado más con la segunda, la tercera, la cuarta lectura… Ha habido también, lo admito, libros que me han decepcionado al volver a hojearlos, libros que yo pensaba eran muy astutos y que terminaron siendo insulsos, pedantes, incluso ridículos. Pero en general uno no relee un libro que no tenga mucho valor. Tendemos a retomar los clásicos, los libros más conmovedores, los libros con personajes memorables; volver a pensar en figuras como Jane Eyre, Madame Bovary, la Celestina o Becky Sharp es un deleite.

Me acuso de regresar a mis estantes una y otra vez a leer lo que ya he leído en lugar de intentar descubrir nuevas maravillas. Y es fácil hacerlo, porque esos estantes están llenos de libros ya pasados por el tamiz de los muchos años de lectura de millones de personas. Es como ver los cuadros en un museo y no en una exhibición en el parque o en un mercado de pulgas. Ya se ha evaluado la colección completa y las piezas de menor calidad ya se han descartado o relegado a un almacén.

Ahora bien, la lectura lenta, esta tendencia a leer despacio, a no tratar de tragar el libro como un consumidor empedernido, se ha vuelto ahora, con los años que tengo, en la preferida. Mi memoria ya no es tan buena y no siento entonces que me haga más sabia leer más libros. La experiencia de leer es diferente. Puedo detenerme en algunas páginas, en algunos párrafos, admirar la capacidad narrativa de un autor, cerrar el libro y no preocuparme por terminarlo ni sentir que devorar un libro me hace una persona mejor.

Releer un libro también es una manera de juzgar la propia vida porque al hacerlo me doy cuenta de que mi personalidad ha cambiado (aunque dicen que la esencia de uno no cambia). Ahora entiendo más a los personajes mayores mientras que antes los veía ajenos y no les perdonaba sus defectos. Ahora no siempre pienso que el joven de la historia, con sus principios firmes, casi intachables, tiene la razón y veo lo ridículos, lo absurdos, lo ingenuos que somos y entiendo que es normal, que no podemos ya exigir tanto, que las cosas no son tan en blanco y negro.

Releer un libro es casi como visitar un confesionario. Se da uno cuenta de los pecados de antes, de las fallas en el conocimiento, de la poca razón que tenemos, y se anticipa, aunque uno no lo quiera, que va a seguir habiendo error tras error tras error y entonces uno mismo aprende a perdonarse.

0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Oldest
Newest Most Voted
0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x