Cuento Revista

Selfie con Todd Blinquet en el tianguis

::: Con este relato su autor obtuvo en nuestro concurso internacional Primera Mención Honrosa en Narrativa.

por Roberto González Elizalde

Desde que empezó el rodaje la gente se ha puesto muy estúpida. El fin pasado fui con Yesi al bazarcito del sábado. Iba por mis jabones veganos, porque yo no sé andar sin las manos frescas y olorosas a lavanda o a gardenias. Luego nos pusimos a pendejear. Yo me cagué de risa viendo a un par de gringos regatear trapos de la paca. Dejé a Yesi en el puesto de vinilos porque siempre anda buscando grabaciones raras de punk y le dije que iba al baño. Obvio me fui a lavar: no podía seguir en la calle tocando cosas que quién sabe si no las agarró alguien después de rascarse las verijas.

Me vi en el espejo y me arreglé el cabello y me tomé una foto que pronto se llenó de corazoncitos y fueguitos y que me dejaría buenas métricas en mis redes sociales. Con mejor ánimo y perfumado salí a buscar a la Yesi.

Y entonces, caminando entre los puestos, lo vi. Era Todd Blinquet.

Iba con un par de personas que no reconocí, quizá de la producción, pero era él: las arrugas, el pelo ralo. Vestía una chamarra algo gruesa para el calor que hacía, pero sin perder ese andar como de quien sabe que no existe nadie más como él. Y más me emputaba que parecía que nadie lo notaba. 

No me culpes, cuando era adolescente quedé fascinado al ver su actuación en Mar inmenso como el cielo. Era todo actitud. Y todos queríamos ser él. Tenía que acercarme, decirle cuánto lo quería y lo importante que había sido para mí. Avancé hacia él y el corazón me palpitaba en la cabeza. Le dije lo primero que se me ocurrió. «Sé quién eres», o algo así, ni supe bien. Él me miró con una como ternura y paciencia de quien ha vivido miles de veces esa incomodísima interacción y exclamó un: «¡Oh!». Me extendió la mano. Yo tenía los ojos hechos agua. Pero entonces no pude evitar mirar. 

En su otra mano y como protegiéndola, sostenía una réplica de una pirámide prehispánica. Era así medianona, pero cubierta con polvo y manchas de humedad. 

Y ahí estábamos, yo con mis manecitas recién lavadas y él agarrando eso, pasando sus dedos por los recovecos falsamente ancestrales. No mames, Todd, aquí ni ruinas hay. Él me miraba calmado. El olor a incienso proveniente del puesto de antigüedades comenzó a sentirse incómodo y a mí me sudaba la parte superior del labio. Justo ahí sentí algo feo, como si el estómago se me hiciera una bola de papel mojado, de esas que se deshacen antes de secarte bien.

Me di la vuelta. Lo dejé con la mano extendida.

Sentía los cachetes calientes y no encontraba a Yesi para largarnos de una vez. La encontré en el puesto de tablas de skate. «Ni empieces; casi tenemos 40», le dije mientras me mostraba una patineta verde fosforescente. Aunque me reí la terminó comprando. De camino a la camioneta, cargando su más reciente capricho, le conté lo ocurrido. No me bajó de pendejo. «No tardas en dejarme con la mano en el aire a mí», me dijo cuando arrancaba el motor. No dije nada, me puse a revisar mis notificaciones; me quedé un buen rato ahí con la cara pegada al celular. Luego dijo que iba a buscar quién le podría enseñar a andar de skate. Como seguí sin soltar palabra, me dio el tiro mortal: «¿Te tomaste foto?».

Claro que no. Ni me pasó por la mente. Le pedí a Yesi que manejara porque yo nomás no podía, estaba más tieso que la tabla recargada en mis piernas. «Vas a sufrir esto por semanas…», me dijo al llegar al depa para luego encerrarse en el cuartito de la compu. Me di el segundo regaderazo del día, me puse la bata, me acosté en la recámara. Me agarré a ver fotos en el feis y estaba lleno de gente escribiendo: «Todd Blinquet en SMA!!! Es un encanto!!!». Aventé el celular a un lado de la cama, me puse una almohada en la cara pero no me morí, solo me quedé dormido.

Un mensaje de Yesi, que siguió enmuinada por horas, me despertó. Preguntaba si íbamos a ir a la fiesta de una amiga suya. Le dije que sí. En el camino no dejé que pusiera su ruidazo punk y mejor puse la estación de rock clásico, que siempre me recuerda a cuando iba a la secundaria; veía muchas pelis en páginas pirata y me eché completa la filmografía de Todd. Así estuvimos un buen rato pero entonces Yesi dijo: «Se van a poner muy caras las rentas si siguen grabando películas aquí». Un centenar de luces cubrían la noche y se deformaban detrás de la ventanilla. Le respondí que eso era verdad. «Quizá sea el momento de mudarnos; irnos de aquí», dijo. La miré de reojo. Tenía la misma mirada con la que veía sus cosas de skate. 

En la fiesta todos hablaban de la película. Yesi se encontró con su amiga y se largó con ella. Quizá iban a recomendarse parques en los que podrían ser ridículas en patineta, o páginas para buscar depas. Yo en cambio hacía como que escuchaba a los que se me acercaban para pedirme una foto. Y nadie fue para invitarme al rodaje, ni siquiera para subir una pinche historia. Comencé a sentir un agrio picor en la boca. Busqué a Yesi, estaba bailando descalza y brincaba de un lado a otro junto con su amiga. Pensé que si me salía en ese momento, tardaría en notarlo. O no lo notaría. 

Necesitaba irme a casa. Estaba pedo. No iba a manejar y ni en broma me subiría a un taxi. Salí a la calle. El aire me estremeció y caminé, y caminé, y me fui topando con calles cerradas o bloqueadas por camionetas con utilería. Y al pasar por un lado de un enorme set de luces, ni noté a la persona que venía hacía mí. Cuando me di cuenta me había ido a estrellar contra la banqueta. «Oh, I’m so sorry, please let me…», le escuché decir. Puta madre con estos gringos pendejos. Sin dudarlo mucho tomé la mano que extendió para ayudar a levantarme. Pero entonces lo reconocí. 

Así de cerca sentí su aroma dulzón a cigarro y whisky y podía apostar que seguía sin lavarse las manos, con tierrita de esta perra ciudad en las uñas. Me iba a caer otra vez, así que me aferré a él.

«Oh, shit, man», dijo cuando le salpicó una arcada de vodka mango. Me ardía la garganta y dentro de la nariz, las piernas flojas, la calle se volvió muy ancha de repente. Comenzó a decir algo en inglés que ya no entendí. La mano comenzaba a sentirse tibia, pegajosa. Intentó zafarse una vez. Luego otra. Torció la boca en un gesto que nunca le había visto, ni cuando a los 12 años lo imitaba frente al espejo. Entonces le dije: «Conozco unos jabones muy buenos, Todd». Ojalá Yesi hubiera estado ahí, para tomarnos una pinche foto. 

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