::: Habla esta columna de J. P. Dávila de un asunto esencial relacionado con la creación y su valor en las presentes circunstancias.
Hoy, si me permiten, seré más dramático que lo que un hombre que se considera serio debería ser. Le iba contando, muy de noche, a mi esposa de cuánto tiempo había pasado desde que toqué la guitarra o le agregué una nueva página a la novela, ni hablar de mi proyecto de baile interpretativo. Sentía, le dije, que con el tiempo me iba alejando de la creatividad y, más preocupante todavía, que no me sentía menos por ello. Mi temor creciente era que, sencillamente, me dejarían de importar la música, escribir, bailar… Mi media naranja contestó esta nueva inquietud con un suave, casi dulce, ronquido. “Well, how do you like that?”, pensé. Qué desperdicio de vulnerabilidad. Por lo menos me tocaba el preferido pasatiempo del engreído: exagerar la más insignificante injusticia y cobijarme de autocompasión. Dramáticamente iba juntando mi frustración creativa con mi aislamiento reciente cuando recordé que no importaba. No importaba que nadie me escuchara porque no importaba la novela. No importaba la guitarra ni mis canciones de diputados estadounidenses al estilo narcocorrido. No importaban mis acuarelas de payasos ni mi boceto de autorretratos de muecas. Bajándose un poco mi fervor dramático, empecé a reflexionar y noté un hábito o detalle que acompaña a mi arte barato, que ya no me llenaba: un sentido de humor hostil contra el arte.
Antes de seguir, es importarte dejar en claro que no pienso condenar el sentido de humor en la literatura, algo que ha sido vital desde Los cuentos de Canterbury (si no desde Beowulf) hasta hoy en día. A lo que me refiero es a una especie de humor dañino, que minimiza el genio poético. No sé si esta tendencia es llevar el buen consejo de no tomarse muy en serio como artista al extremo, o es una humildad perversa o, tal vez, un razonable rebajamiento del ego después del poco interés mostrado por las editoriales y por los lectores de las redes sociales. Más interesante todavía sería considerar la influencia que podrá tener, quizás subconscientemente, el fenómeno de la cultura digital conocido como el cacapostear (shitposting en inglés). Si bien lo entiendo, el cacaposteo consiste en producir algo (una imagen, un mensaje, etc.) sin sentido, de baja calidad, absurdo, irónico, provocativo o chistoso usualmente en el contexto de una discusión. ¿Será que esta práctica tiene una dimensión política o psicológica? Quizá. Por lo menos parece ser una forma de incorporarte en algún espacio digital sin que se rechace el contenido de tu mensaje —abiertamente absurdo— por falta de familiarización con el tema. Es una manera de ser contado en el vacío digital, de alzar tu voz y hacer que te vean. Lo absurdo es la armadura del cacapostero y su humor lo escuda. Ninguna crítica te podrá lastimar si nunca te importaba tu aporte… y aquí se encuentra el vínculo con el humor hostil al arte que mencioné antes.
No tengo nombre para el tipo de alejamiento entre el cacapostero y sus comentarios públicos, pero imagino que semejante distancia entre el artista y su arte dañaría el producto final por la intención de degradarlo porque sí: un nihilismo pesimista que va más allá de Warhol (crítica del consumismo), del dadaísmo (protesta de la guerra y representante del caos de la época) y el absurdismo (búsqueda infructuosa del significado de la vida). ¿O me equivoco? ¿Será que aún no entiendo o no se revela bien el punto de esta táctica locucionaria en un mundo donde las masas no se sientan escuchadas ni representadas por sus líderes? No sé. Pero pienso que en cuanto se extiende al campo de la creatividad y encontramos un cacapoeta, por ejemplo, nos topamos con un escritor que se niega a comprometerse, por miedo del rechazo y la crítica, con el trabajo que buscó. Minimiza, bromea, escribe mal y sin editar, dejándonos algo irreprochable por su fachada experimental, surreal o chistosa.
En mi búsqueda de una novedad estilística he visto señales de este humor nihilista en mis borradores de poemas recientes sin saber cómo ni por qué comenzó. Lo rechazo. Aunque no estoy listo para admitir que el poeta es el nuevo chamán de su comunidad, o que hereda una vocación mítica, espléndida, de la humanidad. Siento que hay algo especial en la experiencia que otorga leer un poema, y que es algo que se debe pulir más que cualquier cacaposteo. Aun siendo solamente unas palabras, ascienden a la labor del corazón y la memoria, el plano arquitectónico de una experiencia habitable. El poema no se hace para los foros.