por Alfredo Ávalos
::: En esta ocasión es Caracol quien habla en esta columna regular—lo hace con la intensa voz del maestro, del que sabe—de la condición de escritor, que Caracol y Paguro comparten.
El paguro emerge del mar: una criatura blanda, expuesta, sin más pertenencia que su miedo. Apenas toca la orilla, busca con urgencia una caracola ajena, un hogar que no le pertenece. Se mete en ella sin pedir permiso, se la apropia con un acto puro de necesidad, de instinto, de invasión y despojo.
Así, nace el escritor.
La vida que le entregan al nacer no le basta. Le queda corta, le parece una camisa heredada. Y a temprana edad empieza el tanteo, el asomo, el deseo de otras vidas. Roba lo que puede: un gesto, una historia escuchada al pasar, una herida que no es suya pero que lo llama. Se mete en la existencia de los otros como el paguro en la caracola abandonada: la toma, la pule, la acomoda a su medida y la declara su casa.
El escritor vive en vidas prestadas. Un andamiaje de experiencias ajenas que coloca una sobre otra hasta formar un cuerpo donde habitar. Cada vez que nos extiende la mano, estrechamos la de muchos: la del niño que fue, la de la mujer que imaginó, la del anciano que observó desde lejos; una multitud respira dentro de él. Cada vez que nos mira a los ojos, nos alcanza un prisma de miradas.
El escritor miente. Y su mentira no es vergüenza, sino oficio. Debe mentir para poder decir la verdad. Debe torcer la realidad para aliviar su filo. Aun cuando escribe desde el dolor, se afana por arrancarle belleza, como quien lija una piedra áspera esperando encontrar brillo debajo. Escribe para no olvidar, para desafiar a Dios, para rozarlo. Escribe para ser el dios de un instante.
El que se sabe escritor se probará todas las máscaras, se calará todas las vidas, caminará con pies que no son los suyos.
Caracol