::: En estos tres poemas de tersa factura se oye la voz irónica y dura de un poeta que no tanto canta como cuestiona desde la duda de lo evidente. Pertenecen al libro Una lucidez aturdida (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022).
INQUISICIONES
Como todos, o por lo menos la mayoría,
de Dios sé
muy poco pero lo disimulo
hablando de él: le gustan las mayúsculas,
las vírgenes, la sangre,
la holgura con que el color negro
maniata su niñez.
No sabe que también deja de existir
como la última gota de lluvia
que cae.
O quizá es tan enorme, que ignora
otras existencias.
Creo que no le teme a nada
porque está en todas partes: en el clóset
y debajo
de la cama al mismo tiempo que se acuesta
a nuestro lado mientras le pedimos
ese aumento, la salud
de los vecinos o la capacidad de teletransportarnos.
Quién podría creerle a estas alturas.
Ignora del calendario.
Tampoco ha sido el mismo nunca y con eso
basta, es suficiente.
Lo que nos ahorraríamos en madera,
en agua, en relojes, en la invención del prójimo
y la del pensamiento del prójimo.
En esto, mi voz
no tiene duda: sin Dios, la posteridad del mundo
sería más promisoria.
≈
IRSE ASÍ
Lo mejor sería que nadie
se enterara de la muerte
de ninguno de nosotros,
ni un mensaje, nada;
así como cuando
tampoco a nadie le comentas
que te comprarás un cartón
de cheves o de huevos
y una yoga de leche
para el café cargado
al día siguiente.
Irse así
como emborracharse
los domingos
por la tarde. Morir
entre los trámites
del lunes o en una tarde
que nomás
no se acabó,
que se quedó volando sin volar,
como una pluma
arruinada por el lodo
de la última humedad
de un charco
(ningún niño brincoteó
en esa agua estancada y la gente
que pasa tras la lluvia
pisa indiferente
sobre el árido recuerdo
que el mar de sol se ha ido
llevando).
Ahora mismo habrá
niños que celebran un año
más de aún no ser islas
aunque sí huérfano espejismo.
La distancia
entre una mano que soltó
un listón y el azul
destino del globo liberado.
Morirse así
como la lluvia.
Llover como si nada
o no llover porque tampoco la sequía
nos convoca
a hacer algo distinto, a pedir
perdón, a dar las gracias.
Nada nos prepara
ante lo indudable, ni el valor,
la cobardía. Solo la indiferencia
con que otra vez el sol
nos descubre
de improviso aun aquí, todavía
pensando en no querer
morirnos o hacerlo
sin que nadie
se dé cuenta
≈
EL MAL MAESTRO
Al despertar,
el mal maestro se encamisa
desfajado, sirve
su café con leche y miel y echa
a su mochila libros de Rousseau,
de Rimbaud, de Rulfo
para leerlos como abriendo
una sombrilla en el aula.
Tiene frente a sí seiscientos ojos
y oídos que nadie ve
ni escucha.
Pero el mal maestro
no culpa
a ningún padre; hace mucho
que el salario desierto de los días
le erosionó el dedo índice. Él quisiera
hablarles cerquita
de sus tímpanos de plástico;
lavarles la cabeza, los pies,
quitarles el grito al cuello
atado al dintel sin puerta de sus casas.
Pero la voz del mal
maestro se hunde en una repentina
cápsula de aire, se nubla
y vuelve trémula.
Tendría que sentarse el mal
maestro sobre el polvo de sus niños,
viajar en sus improvisados transportes
escolares, reírse en las esquinas
con el halcón de turno.
Tendría que escupir como sus padres
por el bache, el agua encima
y debajo de mañana,
que ya es otoño.
Saber es habitar otro desierto,
resuelve el mal
maestro, ebrio cualquier viernes
por la noche, viéndose a sí mismo
beber de otro espejismo
acaso más amargo.
