::: La brevedad se hace admirar en estos textos de un libro admirable por sorpresivo, delicadamente irónico y sugerente.
Dualidad
Entre noche y día, Bien y Mal se amaron con
descaro.
El Creador, inquieto por el incesto, los separó para siempre.
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Apodo de mujer
La apodaron Muñeca por su belleza y la hicieron participe del juego. Ella desempeñó el papel con temple de porcelana. Cuando sus ojos se volvieron vidriosos y su piel perdió el lustre, la expulsaron del juguetero.
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El Otro
Prendió un cigarrillo oscuro. El humo, al desvanecerse, le recordó esa antigua sensación de hastío que colmaba sus últimos años de matrimonio con Beto. ¿Quién iba a imaginar que su vida sexual cambiaría tanto después del divorcio? Sonrió con sorna sintiéndose perversa. La venganza incrementaba sus orgasmos. A su lado, entre sábanas, con el cuerpo laxo y el deseo satisfecho estaba Beto, hoy el esposo de la otra, y ella, simplemente la amante.
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Cavilaciones
¡A la mesa…! dispuesta con mantelitos de flores, cuchillería de plata y vajilla blanca para que la comida luzca. ¡A la mesa…! para que eI pan caliente, el olor y el sabor del guiso no pierdan el mejor momento para degustarlos. ¡Y a la cama…! por supuesto, al terminar la cena. ¡A la cama! con camisón de encaje, sábanas recién planchadas, para que la mujer se antoje. ¡A la cama! perfumada y suavecita, con la piel y el deseo excitados de tanto pensar en él. En él, que nunca escuchará la mente parlanchina de esta muda que no puede gritar: ¡A la mesa y la cama una sola vez se llama!
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La dueña
Doña Amelia era Ia mujer más poderosa del pueblo. No era propietaria de ninguna casa, no tenía terrenos ni animales ni dinero. Era simplemente la dueña y señora de sus emociones.