Cuento Revista

“Parábola del retorno”, un cuento de Santiago Daydí-Tolson

::: Este texto de maravillosa hechura forma parte de la colección de cuentos Las edades del enigma (Literatura Letras en la Frontera, 2021).


Subía el cerro con dificultad, entrecortada la respiración y las piernas adoloridas del esfuerzo. Su antigua calle, que tantas veces había caminado de arriba abajo sin ninguna dificultad, lo sorprendía ahora con un declive que no recordaba tan empinado ni exigente. Lo obligaba a demorarse, vencido casi a mitad del trayecto, la casa todavía demasiado lejos, más arriba. Subía apenas, atrasado para el almuerzo.


Unos muchachos lo dejaron atrás al pasar caminando sin esfuerzo, ágiles en su paso largo, acompasado de energía, tan diferente al suyo, corto y arrítmico en la lentitud del cansancio. Pero alguna vez –ayer no más– había trepado esas calles encaramadas con la misma gracia corporal, la misma bellísima acción de la juventud. Ahora tuvo que detenerse a descansar. La respiración entrecortada y las palpitaciones en el pecho y la sien le permitieron apenas una sonrisa irónica, rendida. Se daba muy bien cuenta de lo ridículo de su aspecto: apoyado contra un muro, un paquete de empanadas pesándole insoportablemente en la mano, el cuerpo medio corvo sobre su respiración dificultosa, el pelo desordenado. Era la imagen perfecta del agotamiento. Jadeante y sudoroso, estaba a punto del desmayo.

Los muchachos se habían perdido de vista más arriba al volver una esquina, pero los siguió oyendo hablar mientras se alejaban. La calle quedó vacía; no venía nadie y decidió sentarse en la escalinata de una casa. Puso el paquete en el escalón, a su lado, y se tomó el pulso, como si con eso hubiera podido controlar los martillazos en el pecho. El amplio panorama de la ciudad y la bahía tenían la magnífica belleza de siempre, un espectáculo en el que se combinaban perfectamente la enormidad de la naturaleza con la variedad compleja de la ciudad de humildes y caprichosas construcciones encaramadas en todas direcciones.


Fue poco a poco recuperando la respiración. A su alrededor el barrio tan conocido tenía la belleza simple de lo propio. Lo reconocía con agrado, recuperando del recuerdo las imágenes y sonidos, los tactos y aromas del pasado, cuando en momentos como ése volvía del colegio a casa y se encantaba, sin darse cuenta siquiera, con todo lo que lo rodeaba. Y hubo de aceptar el toque infinito de la nostalgia, ese deseo indefinido y persistente que se le confundía con el hambre del mediodía, recuerdo de sabores que el aroma de las cocinas de esa calle de tanta casa familiar evocaba como otro reconocimiento de algo largamente perdido que se recobra.


Algunos niños que no podía ver jugaban cerca y sus voces eran familiares como ese apetito de otro tiempo. Apetito de lo cocinado en casa, anticipo de sabores del guiso consabido, el que preparan para esos niños que juegan pensando a esa hora en lo que en un rato más habrá en la mesa: el pan recién comprado, a lo mejor por ellos mismos, en la panadería de la esquina –junto a él las empanadas tibias
dejaban sentir a través del papel un leve olor a entonces, el mismo que lo había tentado a comprarlas en el plan cuando ya volvía a casa, un poco atrasado para el almuerzo–, la cazuela, sin más aspiraciones que alimentar dignamente con el sabor exacto, caldo ancestral en que a cada sorbo se funda el hogar, como si la sal que lo sala y el simple orégano recogido en el rincón soleado del jardín menor de la cocina fueran la misma yerba y sal que usara, en un principio, la primera abuela.


No hay hambre –pensó, evocando comidas memorables– como la que satisface la cocina familiar. No hay bocado que sepa como el pan que el padre también come, apenas sazonado con lo perfecto de una salsa casera en que cayeron, a su debido tiempo y en debida forma, las pizcas de aquello que la vuelve propia, intransferible. Salsas en que el labio besa al beso, materias de la caricia y el cariño. Delicioso encuentro cuando el acto cotidiano de comer –diaria obligación que exige tanto y tanto aporta– es ceremonia y placer sin aspavientos. Cada gesto se carga de sentido: el de servir, el de llevarse algo a la boca, el de levantar el vaso o de admirarse sin decir nada cuando un plato exacto se posa frente a cada comensal y desde el círculo de la mesa se levanta el acorde del aroma repartido.


Como el que sube desde el recuerdo donde frente a frente los padres se comunican comiendo y los hijos sienten, sin saberlo, la presencia de una sensualidad todavía invisible para ellos y desconocida, nervio interior del cariño, el ser mismo de la carne que en la carne se genera y en el comer se nutre sensual y amoroso. Hasta que un día –lo recuerda bien– hay un sorpresivo darse cuenta de algo urgente y se rompe inexplicablemente el hechizo en rechazos y discordias. El día en que se inicia la obsesión de la partida.


Ahora está en su calle de nuevo, a sólo unos pasos del comedor donde sus padres lo esperan. La llamada desde una de las casas a uno de los niños que juegan cerca le recuerda el apuro de llegar a tiempo: hay que seguir subiendo. Ya es la hora de almorzar y los demás esperan, la mesa puesta. Pasa un chiquillo corriendo calle abajo. El niño de siempre, acalorado apetito, vida nerviosa a la carrera. El tiempo se le vuelve de pronto fantasía, un juego. Todo parece estar igual, incluso él mismo allí como invisible –el niño le pasa al lado sin verlo– reconociendo los más mínimos detalles del barrio de la que alguna vez fuera su casa: las irregularidades del pavimento, lo idéntico de las construcciones, el color borroso del almacén de la esquina, la luz de invierno.


Había vuelto apenas ayer a recuperar, creía, lo perdido. Pero presintiendo –incluso en el momento de mayor ilusión, al cruzar otra vez el umbral paterno– la imposibilidad de conseguirlo. En el ajetreo desordenado del llegar no había tenido la tranquilidad para observar a su alrededor, para darse realmente cuenta de que no era ése un viaje más de tantos, sino la vuelta, el único viaje que importaba. El largamente preparado en los años de ausencia. Ya el vuelo de llegada había insinuado el desengaño, como el mal augurio que en las grandes aventuras profetiza el desastre. No sólo no había podido conseguir el asiento de ventana desde el que esperaba contemplar el lento aproximarse de la tierra recobrada, sino que además habían descendido a ciegas en la niebla y apenas pudo vislumbrar, al último momento, las luces incoherentes del aeropuerto, el mismo confuso iluminado de tantas pistas de aterrizajes extranjeros.


Nadie esperaba su llegada porque no la había anunciado. Varias horas después, y todavía incapaz de tomar plena conciencia de su estar de vuelta, había llegado a casa para sorpresa de sus padres. Tuvo que reconocer el error de no haberlos prevenido de su viaje cuando la emoción del encuentro los alteró demasiado. Qué viejos estaban. Por un momento creyó que no lo reconocían, que no podían aceptar que estaba allí con ellos.

A la mañana siguiente se había levantado tempranísimo porque no podía esperar más para bajar al plan y salió antes del desayuno sin que lo sintieran. Quería reconocer a solas la ciudad. Volvería a almorzar; la noche anterior habían quedado en que su madre le tendría sus platos favoritos. Pero ahora se le ha hecho tarde. Se había demorado demasiado en ver la ciudad de nuevo. A último minuto, antes de subir, les había comprado unas empanadas para el almuerzo; como no recordaba los gustos preferidos de sus padres se había decidido por satisfacer con el regalo el suyo. Con el paquete en la mano se le hace aun más pesada la subida y, a pesar de haber descansado un rato, se demora demasiado. Tendrán que esperar un poco más para el almuerzo. Siempre lo habían esperado.


Le queda muy poco por llegar, pero tiene que detenerse otra vez a recobrar las fuerzas. Está visto que el tiempo no se ha detenido ni ha pasado en vano: ya no puede subir su calle a paso largo y sin cansancios. La ciudad no puede ser tampoco la misma de antes. Esta realidad de la calle presente –queridísima pero ya un poco esquiva– se le confunde con la imagen de la misma idealizada en las interminables vueltas de la memoria. Algo ha cambiado, aunque todo parezca igual a como era. La visión de la ciudad desde esa amplia perspectiva tampoco es la misma: le faltaba al horizonte la ilusoria tentación de la distancia.


En casa, los padres estarán esperando que llegue. Ella en la cocina, lenta y hasta torpe en sus movimientos de anciana; él sentado en su sillón leyendo o mirando hacia afuera el minúsculo jardín ya venido a menos y la calle inclinada, que vería borrosamente. Viejos, lo están esperando que llegue a almorzar. Pero se ha hecho demasiado tarde y seguramente las empanadas que les ha comprado no les interesen, incapaces como son por su edad de comer como comían. La noche anterior, cuando se sentaron a la mesa otra vez juntos, se habían servido apenas una taza de té y unas galletas de soda, sin apetencia, sólo por costumbre. La mesa vacía le había parecido tan ajena que la loza y los cubiertos de tantas comidas le produjeron una decepción nueva entre las emociones de la llegada. Se había ido a acostar con hambre, pero inapetente, y ya en su cama se había obligado a pensar en lo que comería al día siguiente.


Ya ha llegado, al fin, y en poco rato estarán juntos sentados a la mesa almorzando. Los últimos pasos hasta la verja del jardín son de dudas, de creciente preocupación indefinida. Ahí está el antejardín, empobrecido y mustio, invadido de malezas que malamente tratan de alegrarlo con un florecer sin gracia. Había sido un lindo jardín, con magníficas rosas, una en particular trepando la reja de la ventana, estupenda en sus grandes manojos de amarillo. Esa ventana, ahora severa en su desnudez. El padre no mira desde dentro, como había esperado que lo hiciera. A través de los visillos puede entrever que se han sentado a almorzar.


La reja está cerrada con candado o el paquete le imposibilita accionar adecuadamente el mecanismo del picaporte. Cree reconocer en el aire el aroma del plato favorito imaginado esa mañana. Toca el timbre reconociendo el sonido de la campanilla en la cocina.


No abren. Vuelve a tocar. De nuevo.


No pueden no haber oído. Cree ver que su madre por fin se levanta de la mesa y se acerca a la ventana a atisbar. Le hace señas para que le abra, pero ella vuelve al comedor y su imagen se confunde con los reflejos de la ventana y los esfuminos del visillo. Piensa que dará la vuelta por la cocina. Pero pasa el tiempo y no viene a abrir.


Lleva la mano al timbre para llamar de nuevo, pero duda: tal vez ya no lo esperan. Como todos los días, se han sentado a almorzar temprano, su puesto en la mesa, vacío, inexistente. Sobre la grata sensación del hambre que traía se impone intenso el ardiente puño de la certeza. Retira la mano sin alcanzar a tocar de nuevo. Un cansancio insoportable lo obliga a dejarse caer en el escalón más alto de la entrada, el paquete de las empanadas pesándole incómodo, en precario equilibrio, en la mano. Sentado allí sin saber qué hacer, el hambre una insistencia de lo presente, rasga el papel del paquete, dejando abrirse al aire fresco de la tarde el aroma tibio de las empanadas que se han ido, también, enfriando. Toma una, y sin darle importancia a las gotas de jugo que le corren por la mano y la muñeca manchándole la ropa, se entrega a la voraz satisfacción de ese deseo que le ha venido hurgando el alma desde no sabe cuándo.


Suspira satisfecho y resignado. Ya los llamará por teléfono desde el almacén de la esquina para contarles lo bien que está y saber de ellos.

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