Poesía Revista

Cinco poemas de Ramiro Rodríguez

::: Son estos cinco poemas una breve muestra del libro Angahuan (ALJA, 2014), dedicado a un lugar y una tradición, para el poeta, sagrados.

XXXVI

Luciérnagas en la inminencia de la noche,
pobladoras de sombras que buscaban el calor
                                                                  [de las manos,

navegantes de silencios;
salimos del asombro para continuar los pasos,
contemplación del arte.

Abrimos los ojos hacia adentro
como cuando se abren para llenar los pulmones de aire,
en parpadeos para ajustar la visión de los ojos,
conclusión en el sueño.

Rompimos
—no sin la mordedura que deja la nostalgia—
las palabras de agua, el bálsamo detrás de los labios,
la inquietud de nuestros cuerpos.

Callamos como para oírnos en el silencio
y nos abrimos
y trazamos figuras geométricas detrás de los párpados
y fuimos entonces lo que otros no
en el Pueblo Enterrado.

XXXVII

El camino hacia el volcán era delgado
como línea imaginaria de un horizonte imaginario
—estatuas de sueños en la tarde,
espectáculo para algunos—,
decantación de palabras en la pira memorable de la luna,
procesión hacia el destierro.

Nuestros pies descalzos en el ascenso
y aventamos piedras que cayeron sobre otras piedras
y reímos como niños,
nada para esconder en el rencor del olvido, nada,
—el privilegio habita en la memoria,
se tatúa detrás de los ojos—,
montamos caballos alados en espejos de polvo,
suspiro apenas perceptible.

XXXVIII

Supimos que nuestros nombres
quedarían como musgo en arbustos con raíces de ceniza,
con venas sobre las piedras, antes fuego
arrasando las cosas.

Lustros derretidos en los labios,
regocijo de entidades en las piedras del Pueblo Enterrado.

Nos vimos en el reflejo luminoso de ojos bellísimos,
obsidiana deslumbrante en la mirada,
mujeres de trenzas largas —negras como la noche—,
rostros con rebozos tejidos de arco iris,
madres de hijos adoptivos.

XXXIX

Llegamos al sepulcro de la iglesia
con sus brazos tatuados en la geografía del viento,
rodeada de oleajes pétreos como dibujo
surrealista en el lienzo.

Nos condujimos por caminos sin nombre,
naves extenuadas a la orilla de sueños compasivos,
nos derrumbamos como muertos,
piedras en la sombra.

Abrimos la superficie intacta del cuerpo,
nos desgajamos las palabras en sabores agridulces;
el mito se abrió como milagro.

XL

Ahí quedamos en el polvo de la tarde
—cuerpos desgajados sobre la piedra adormecida,
expuestos a la intemperie—,
desnudos de nombre y de ojos y de palabras,
nosotros desprovistos de párpados para atrapar imágenes,
desgastada la lengua en el dulzor de la memoria
de acontecimientos únicos.

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Moreno José Luis
Moreno José Luis
6 months ago

Siempre es un placer aprender de usted mi amigo y maestro.

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