Por Rebecca Bowman
::: “La Terraza” es el lugar desde el que Rebecca Bowman escribe su columna regular y donde espera entablar conversación con sus lectores.
Hace unos años preparé unos queques para mi hijo, utilizando betún de azúcar glass para que cada queque tuviera en su superficie una carita de pato. Pero a la hora de comer estos postres sufrí una especie de vergüenza y remordimiento: Cada uno de los patitos me parecía real. Algo animado. Algo capaz de sufrir. Me detenía la idea de que mi apetito, o incluso el de mi hijo, fuera a destruir esos pequeños seres que yo misma había creado.
Igual me pasa con mis creaciones. Con mis cuadros. Con mis cuentos. Aun cuando no sirven, aun cuando son realmente testimonio de un fracaso, no los puedo echar a la basura. Pero en especial me llama la atención mi experiencia con los queques, pues me hicieron preguntarme: ¿qué sería lo que hacía que esos patitos parecieran reales y no fueran simplemente unos queques con un poco de betún? ¿Qué es lo que hace que una escultura, que una creación, tenga una personalidad, que sea una singularidad memorable?
Parece que tiene importancia el que no sea una obra en serie. Pero vemos a Mickey Mouse que, aún reproducido millones de veces, parece ser una personalidad que existe. Unamuno dijo que eran tan reales los personajes de Don Quijote como una persona, como un ser de verdad, pues habían tenido más influencia en el mundo que muchos individuos reales. Claro, mis queques con cara de pato no tuvieron influencia más que en mí. Y dándome solamente una especie de remordimiento junto con una abundancia de calorías. Pero sí, me causaban una emoción inexplicable.
Pienso en otros personajes. En los que creo yo, los personajes de quienes escribo. Muchas veces tan importantes para mí como lo son los seres reales. ¿Qué es lo que hace que uno de ellos tenga importancia y otros no tanto? ¿Por qué hay personajes planos y otros que realmente tuercen el corazón? ¿Qué les da vida? ¿Qué hace que un bulto de materia con ciertas formas o un conjunto de palabras parezca un ser real y sentiente? Por supuesto hay objetos hechos en serie que se sienten reales. Incluso tengo a mi lado un patito de goma chiquitito y no podría tirarlo a la basura. Igual me pasa con los muñecos de peluche. Se siente realmente feo pensar en uno de ellos en una papelera. Es nuestra imaginación la que le da vida. Pero también tienen que poseer ciertas características: unos ojos aparentemente humanos, un rostro con cierta inteligencia. Bueno, un gusano también me inspira cierto cariño, pero no un gusano de goma. Esta afinidad con las criaturas, sobre todo los mamíferos, los pájaros—y no tanto con los insectos—no sé qué función biológica tenga. Pero algo habrá ahí.
Estoy pensando ahora en unos pájaros creados por una artista plástica, Veronique Hahn, unas piezas de cerámica como las que adjunto aquí.






¿Qué son estas figuras? Primitivos en forma, recuerdan a los objetos de las cavernas o a algo hecho burdamente. Ah, pero cada uno tiene una fuerza vital y nos lamentaríamos si el pico de uno de estos pajaritos o la punta de un ala se quebraran. Son seres ya, aunque estén hechos de barro.
Walter Benjamin escribió del fenómeno del aura. De que un objeto reproducido no es lo mismo que el primer objeto creado. Y ahora hay que preguntar: ¿algo creado no por un ser humano sino por un algoritmo tendrá un aura? Si antes del Renacimiento el artista era casi siempre anónimo, de cierta manera inexistente, entonces tiene sentido que no importe quién origine una obra de arte. Y, sin embargo, si el arte surge como reacción a un tiempo y un lugar específicos ¿qué sucede entonces cuando su origen es electrónico? ¿Qué se pierde y qué se gana? Los algoritmos que ahora “crean” arte lo hacen tomando en cuenta todas las imágenes disponibles, lo que es, de cierta manera, una forma de seguimiento de la tradición. Si este retomar todas las versiones disponibles para formar una nueva creación aplana el producto, si lo hace más regular, más genérico, más de fórmula, entonces ¿no se perderá esta individualidad, esta singularidad que hace que un personaje sea memorable? Y si es así, ¿el concepto japonés de wabi-sabi, de apreciar las imperfecciones en la naturaleza y en el arte, se podrá incluir en un algoritmo?
Pienso en lo que llaman la voz de un poeta, esa particularidad en el estilo que hace que un escritor o poeta se identifique casi de inmediato, que hace reconocible un poema de Emily Dickinson, de García Lorca, de Miguel Hernández o de Rosario Castellanos. Y me pregunto si lo que hace cada uno se puede reproducir. Aparentemente, al usar Copilot logro pintar en el estilo de alguien en particular; pero también no sé si un producto de la inteligencia artificial puede incorporar casi a propósito esos detalles que dan verdadera vida a una creación. Hasta ahora ha habido algo que me indica cuando he creado una imagen usando Copilot; algo plano, demasiado perfecto, sin esas tembladeras del pulso que indican que una pieza está hecha a mano, sin una selección de colores no demasiado predecible. Es quizá lo que rompe con el patrón lo que hace que algo tenga una identidad. Ya sé que el arte es una combinación de lo familiar con lo novedoso, que es solo cuando nos salimos tantito de la tradición que una artesanía se vuelve arte. Tiene que ver con la intencionalidad. Pero no por eso no dejan de surgir nuevas preguntas cuando la tecnología también se pone a pintar. Cuando empezó a agarrar fuerza la fotografía surgieron nuevas ideas sobre el arte, y de ahí empezaron muchos movimientos que aún hoy tienen mucha fuerza. Veremos qué sucederá ahora, cuando el artista solo dirige al ordenador a que haga lo que le indique.