Por Rebecca Bowman
“La Terraza” es el lugar desde el que Rebecca Bowman escribe su columna regular y donde espera entablar conversación con sus lectores.
Lo repetitivo en el arte es fenómeno y tema común, sobre todo en este período moderno, con lo de Warhol y The Factory, con el uso y reuso de tropos en el posmodernismo, con que se resalta el hecho de que vivimos en un mundo de objetos fabricados en masa; pero también desde la época renacentista con su característico refacimento y con la costumbre en el mundo cristiano anterior a la Ilustración de enfocarse en ciertos temas, ciertos íconos de las iglesias tales como las Madonas y los Cristos crucificados.

He aquí algunos ejemplos de una vasta colección de dibujos, más de cien, de Veronique Hahn —artista de origen suizo, nacida en Marruecos, residente durante muchos años en Tejas— que tiene todo lo de repetitivo, pero en la que cada imagen es original, evocadora de una diferente emoción. Son imágenes intrigantes, dolorosas, que en su mayoría producen un sentimiento de opresión y ansiedad.

Esta colección tiene algo de ese duende del que habla García Lorca, que se relaciona con las raíces orgánicas de la creación poética, del arte. Los dibujos reflejan experiencias comunes, con figuras que parecen representar conjuntos familiares: una madre con su hija, un pariente observando a los demás de la familia, grupos de mujeres que recuerdan a las de Yerma, a las de La casa de Bernarda Alba. Pero no son imágenes tan específicas como para que no puedan ser de muchas otras sociedades, quizá del África o del Medio Oriente, que es, recordémoslo, cuna de la cultura judeocristiana y por ende de la occidental.

Estos diseños no tan locales ni tan apegados a una cierta región son, sin embargo, fronterizos en cuanto abordan no sólo varias culturas sino también esos deslindes entre un estado y otro: lo no nombrado, o mal nombrado, de emociones que son demasiado peculiares como, por ejemplo, los intersticios entre el miedo y la fascinación, o entre el amor y el desprecio, o entre la sensación de pertenecer y el leve deseo de escaparse.

Es un registro de estados emocionales, de un universo de figuras distorsionadas, que se reconocen como humanas pero que carecen de ojos o de bocas. Varios elementos crean una sensación de encierro y claustrofobia, sobre todo el círculo de picos que rodea cada imagen, lo oscuro del fondo, el poco espacio que hay entre una figura y otra, el mayor tamaño de las figuras más grandes, la vulnerabilidad de las más chicas. Los mismos ojos, que son más bien espirales o violentos garabatos, expresan alarma o, al contrario, desaprobación, condena y agresividad. Perturban. No son figuras góticas en las que el cuerpo no importaba, sino figuras con peso y volumen corporal y con el poder que da tener ese peso, esa materialidad. Los brazos y manos, las piernas y pies, no son visibles: es una especie de gravitas lo que reina, lo que decide. Algunas figuras se imponen, otras se agachan, y en la repetición de imágenes no se ve un solo grupo retratado una y otra vez sino grupos diferentes que aun así sufren dinámicas similares.

Lo circular del marco que rodea las figuras, la sugerencia de una profunda oscuridad, algo en estos dibujos parece referirse al vientre, a ese espacio que es nuestro origen común, el espacio en que todos estuvimos encerrados y del cual todos surgimos; pero en estos dibujos no hay sensación ni de seguridad ni de amor sino de una presencia familiar y aun así ajena.

Santiago Daydí Tolson señala que el marco de los dibujos recuerda a “la mandarla, figura tradicional y simbólica de la iconografía ortodoxa” y los diseños a aquellos objetos mágicos presentes en muchas culturas: los exvotos, los muñecos del vudú, y el imbuche (un ser sin boca ni ojos de los mapuches del sur de Chile). También, su forma evoca la de las matrioshkas rusas y, aunque no tienen una fuerza sexual, a las venus paleolíticas como la de Willendorf.

Será que estas imágenes representan un matriarcado o, más bien, un patriarcado en el que la mujer es quien inflige el poder sobre los débiles, pero siempre para evitar un castigo del macho. Será que reflejan los recuerdos de uno mismo o lo que sucede dentro de nosotros cuando incorporamos las voces del pasado como juicios propios. Será simplemente una alusión a lo que es nuestra sociedad, no importa en qué lugar del planeta vivamos. Cada observador decidirá qué son. Lo que es cierto es que repasar esta colección de dibujos en tinta es entrar en un mundo inquietante que dejará en quien los contemple una marca indeleble.
Los dibujos me parecen impresionantes y totalmente abstractos, pero la apreciación de Rebecca y todas la aportaciones historicas fueron muy acertadas y me ayudaron a acercarme a la visión de Veronique.