::: En ésta, su columna regular La Terraza, Rebecca Bowman deambula sabiamente por el confuso laberinto de la desorientación, sus confusiones y consecuencias.

Estoy pensando en la orientación, en esa posibilidad de tener en la mente un mapa de una localidad, de saber hacia dónde ir, de reconocer los signos que indican el camino a un lugar, de estar confiado en que uno no se va a perder. Hay quienes tienen un gran sentido de la orientación y otros que, como yo, casi no saben ni llegar a su propia casa.

No tener esa habilidad hace que uno se sienta perdido en la vida, vulnerable, apenado, poco adulto. Hace que uno no quiera explorar, ni siquiera aventurarse a otros lugares. Sí tengo mapas mentales de ciertos lugares. Por ejemplo, puedo imaginar la calle donde pasé la infancia. Puedo incluso ir casa por casa pensando en los jardines, las plantas, los hidrantes, unas marcas que había en las banquetas para mostrar los cambios de propiedad. De hecho, usé esas memorias para escribir una colección de cuentos. Otros sitios que tengo grabados en la memoria son las partes de la colonia donde vivo por las que caminaba durante la pandemia y mis rutas a mi trabajo y a la biblioteca. Pero de mi ciudad no tengo el mapa completo.

Mi esposo, al contrario, puede llegar a una ciudad y dentro de unas horas ya ubicarse, saber dónde está el centro, cuáles son las autopistas importantes, cómo llegar al hotel: no se pierde nunca. Desafortunadamente mis hijos heredaron mis habilidades y no las de mi esposo. Miento. Uno de ellos aún a los dos años reconocía los caminos a la casa de su abuela, al súper. Pero los demás…dejé una vez a un hijo a que se cortara el pelo en una peluquería apenas a tres cuadras de mi casa; le dije que se viniera caminando de regreso y no supo hacerlo. Y si lo mandaba por leche tampoco pudo dar ni con la tienda ni con la casa de regreso.

Pienso que esas desorientaciones también hay en otros campos. Malísima soy para la geografía y siendo un caso perdido para calcular distancias (y entonces) el mundo para mí es dificultoso. Pero si empiezan a platicarme de un tema académico me siento a mis anchas, me ubico fácilmente, entiendo casi todo. Es otro tipo de orientación poder hacer conexiones entre un tema y otro; no se me hace nada difícil, pero en el mundo físico me pierdo por completo.

Los científicos explican que el sentido de la ubicación tiene que ver con unas células de lugar que tenemos en el hipocampo, y una hermana me dijo que hay quienes tienen más hierro en el cráneo y por lo tanto sienten el campo magnético de la Tierra, saben intuitivamente por dónde está el norte. Cuando uno está perdido decimos en México que “está norteado”, o sea que, de alguna manera, ya en el lenguaje se nota que supimos de ese fenómeno. Yo, por ser de California, siempre usaba el oeste como mi punto de orientación porque ahí estaba el mar y por allí se ponía el sol. Ahora que vivo tierra adentro no me ubico tan fácilmente. Cuando el mapa del GPS en mi teléfono muestra el mundo con el sur en la parte de arriba de la pantalla me desorienta enormemente. Sin embargo, con el GPS puedo viajar con mayor seguridad. Antes, si salía de mis zonas conocidas, el temor era enorme, un temor de perderme y de que nadie me ayudara y me quedara perdida para siempre, sin casa, sin familia, sin sustento, vulnerable y desamparada. No sé si es eso la agorafobia, pero hagamos cuenta que lo es. Ahora, blandiendo mi teléfono con Google Maps activado, puedo andar dónde sea.

Me siento más a gusto en Europa donde hay transporte público y las zonas son más chicas. En Texas, donde las distancias son mayores y uno puede estar obligado a manejar millas y millas antes de poder encontrar una nueva ruta, salir a la carretera me da miedo.

La misma palabra orientación indica una mirada hacia donde se levanta el sol y no a su ocaso. Sera quizá porque al comenzar un viaje, que casi siempre se emprende por la mañana, ésa sería la señal más segura para ubicarse.

¿Cómo sería vivir en otro siglo, cuando no hubo mapas y cuando uno tenía que utilizar sus sentidos para adivinar el camino a casa? Yo misma, si estoy con otros, en lugar de orientarme me pongo a mirar el paisaje y a soñar despierta. Confío en que los demás sabrán el camino y no lo registro. Cuando me quedo sola en un poblado dibujo esos mapas y sé perfectamente bien dónde queda la catedral, el hotel, el puente y el mercado. No me permito el lujo de dejar de concentrarme. Me ha ocurrido, al caminar con otras personas como yo, que cada quien supone que las otras están marcando el camino, nos despistamos por completo y no es hasta muy tarde que nos damos cuenta de que hemos caminado en la dirección opuesta a la que debíamos haber seguido.

Pensando en la literatura, hay novelas que son mapas. Ulises es un mapa de la ciudad de Dublín. Dicen que Rayuela dibuja bien a París.  Conocí la Casa de los Azulejos de Sanborns en la Ciudad de México primero por la novela de Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. Qué interesante que una secuencia de palabras pueda servir de mapa. Pienso en Borges y su Buenos Aires, que es un Buenos Aires muy suyo; o en la Nueva York de Edith Wharton y, sobre todo, en la Ciudad de México, que tan bien retrata María Luisa Puga en su novela Pánico o peligro. Pensemos en el paseo de la señora Dalloway por la calle Bond para comprar las flores para su fiesta. Qué hermoso es alabar una ciudad y conocerla a fondo. Y para eso qué bueno es tener un sentido de ubicación.

Pasé muchos años en un pueblo en las montañas donde no había una cuadrícula de calles y para ir de una parte de la ciudad a otra uno se dirigía más bien no girando a la izquierda ni a la derecha en intersecciones sino pasando aquella casa con el pino de enfrente hasta otra casa color rojo ladrillo hasta un cruce con tres abetos, o sea guiándose por los hitos del lugar.  Entonces mis mapas mentales los construyo a partir de los objetos en el camino que sirven de señales y no por los puntos cardinales o las intersecciones al desplazarse por un espacio cuadriculado. Creo que como en una ciudad grande los negocios y el aspecto de los edificios cambian más rápidamente no puede uno confiar en tales objetos y tiene que ubicarse en el espacio, sentir dónde está con relación al espacio entero. Dicen que, como con toda habilidad, la práctica la mejora. Si uno vive en una ciudad grande tiene más lugares a donde ir y entonces desarrolla esa capacidad.

Con la edad muchos pierden su sentido de orientación. Un signo de la enfermedad de Alzheimer es que de repente una persona de mayor edad se pierda. Es una sensación horrible no saber hacia dónde ir y no saber cómo llegar a lo conocido; espantosa y con razón porque si uno no sabe cómo llegar a casa y no puede encontrar refugio es vulnerable. Cuando alguien se porta mal muchas veces le dicen “ubícate”, o cuando tenemos una idea equivocada se nos pide que veamos el contexto, o sea que lo que nos rodea importa mucho. Y si uno tiende a estar en un estado de ensoñamiento no presta atención a sus alrededores y es más probable que se pierda. Asimismo, pienso en el temor a la oscuridad, que es un temor natural y explicable, que tiene mucho que ver con la incapacidad de orientarse que no poder ver implica.

Cada quien tiene su debilidad. Si uno sabe ubicarse en el espacio quizás no lo pueda hacer en el lenguaje; otros se pierden con las matemáticas o con las finanzas. Al sentirse perdido casi siempre entra algo de pánico y no se puede pensar bien, es difícil llegar a un estado de serenidad suficiente para alcanzar la habilidad o capacidad de orientación.

Pero hay una ventaja en la desorientacion. Al carecer de una habilidad, al depender de otro, nos damos cuenta de que apreciamos aún más a los demás. Mi suegro me ganó por completo con tenerme paciencia mientras perdimos más de una hora buscando una vez un restaurante al que yo quería ir. Y aprecio tanto las muchas veces que me han llevado a un lugar mis amigos, ofreciéndome su ayuda. Creo que a fin de cuentas esta discapacidad mía en lugar de ser un estorbo ha sido una bendición.

Necesitamos a veces de un lazarillo como los que guiaban a los ciegos, y necesitamos también que alguien necesite de nosotros, que tengamos una oportunidad para dar la mano al confundido, o para detenerse y darle direcciones a un turista desorientado en una ciudad ajena. Nos necesitamos el uno al otro.

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Isaura
Isaura
2 days ago

Qué buena manera de reflexionar sobre de la desorientación (que es en apariencia una desconexión) hasta la conexión con el otro.

Last edited 2 days ago by Isaura
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