Ensayo Revista

El olor del porvenir

Con este ensayo el escritor mexicano Sealtiel Enciso Pérez obtuvo primera mención de honor en el Concurso Internacional Revista Digital Letras en la Frontera.

La humanidad avanza como quien corre sobre un espejo: cree ir hacia adelante, pero solo multiplica su propia imagen hasta el vértigo. Nunca supimos tanto ni tuvimos tanto, y sin embargo, rara vez estuvimos tan cerca del abismo. El progreso —esa palabra que en otros siglos fue promesa— hoy suena a coartada. Hemos conquistado la velocidad, la información, la materia misma, pero no hemos aprendido a detenernos. Y detenerse, en este tiempo, es un acto revolucionario. Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad que el hombre moderno es “un ser escindido”, separado de sí mismo y del mundo. Esa escisión hoy se ha vuelto norma. Vivimos rodeados de advertencias: científicos que anuncian el colapso climático, filósofos que señalan la alienación, poetas que presienten la catástrofe. Todo está dicho, repetido, demostrado. Y aun así, elegimos no escuchar. No por ignorancia, sino por conveniencia. La tecnología, que pudo ser puente, se ha vuelto velo. Nos promete control mientras nos dispersa; nos ofrece conexión mientras nos fragmenta. Marshall McLuhan advirtió en Understanding Media que “el medio es el mensaje”, y ese mensaje hoy es claro: la forma en que vivimos importa más que lo que creemos pensar. El algoritmo ha reemplazado a la conciencia, y la eficiencia ha suplantado a la ética.

En esta lógica, el dinero no es ya un medio sino un dios. No se le cuestiona: se le obedece. Karl Marx señaló en El capital que el fetichismo convierte a las relaciones humanas en relaciones entre cosas. Hemos ido más lejos: ahora las cosas dictan el sentido de lo humano. El valor se mide en rentabilidad, la vida en productividad, la naturaleza en recursos explotables. El bosque ya no es bosque: es madera futura. El río ya no es río: es energía pendiente. Sabemos que este camino conduce al agotamiento. Hannah Arendt escribió en La condición humana que la incapacidad de pensar es una de las grandes amenazas del mundo moderno. Pensar, hoy, implica aceptar límites. Pero el mercado no cree en límites; solo en expansión. Y así, mientras celebramos cada avance, el aire se vuelve irrespirable, el agua escasea y el tiempo se acelera hacia un futuro que huele, cada vez más, al tufo de la catástrofe.

El drama no reside en la falta de conocimiento, sino en su esterilidad moral. Sabemos —con precisión estadística— cuánto aumentará la temperatura del planeta, cuántas especies desaparecerán, cuántas ciudades quedarán bajo el agua. Sin embargo, ese saber no se traduce en acción transformadora. Como señaló Albert Camus en El mito de Sísifo, el absurdo no nace del mundo sino del enfrentamiento entre el deseo humano de sentido y el silencio de la realidad. Hoy, ese silencio es cómplice: la información grita, pero la voluntad calla. Octavio Paz, en Los hijos del limo, advertía que la modernidad rompió con la tradición sin crear un centro nuevo. Vivimos en una intemperie espiritual donde todo circula y nada arraiga. Esa falta de raíz explica por qué el daño ecológico se percibe como una estadística lejana y no como una herida íntima. La naturaleza, al dejar de ser madre o misterio, se volvió inventario. Y lo inventariado se agota sin duelo.

El pensamiento crítico existe, pero es relegado al margen. Martin Heidegger advirtió en La pregunta por la técnica que el peligro no está en las máquinas, sino en una forma de pensar que reduce el mundo a “fondo disponible”. Cuando todo es disponible, nada es sagrado. La montaña es cantera, el mar es ruta, el ser humano es recurso humano. La palabra misma delata la cosificación: ya no somos sujetos, sino unidades de rendimiento. En esta economía del rendimiento, el tiempo se convierte en mercancía. Byung-Chul Han —siguiendo una estela que ya estaba en Nietzsche— señala en La sociedad del cansancio que el sujeto contemporáneo se explota a sí mismo creyéndose libre. No hay látigo externo: hay autoexigencia. La autodestrucción se disfraza de éxito, y el agotamiento se celebra como compromiso.

Mientras tanto, el dinero asciende al altar mayor. Georg Simmel escribió en Filosofía del dinero que el dinero es el medio más puro y, por ello, el más vacío. Su neutralidad le permite ocupar el lugar del sentido. Todo se traduce a su lenguaje porque ese lenguaje parece universal. Pero lo universal, cuando carece de ética, se vuelve totalitario. El futuro, entonces, no se presenta como promesa sino como interrogación inquietante. No porque falten soluciones, sino porque falta el coraje de elegirlas. Elegir implica renunciar, y renunciar es hoy una palabra obscena. Así avanzamos: informados, conectados, y peligrosamente indiferentes, como quien reconoce el incendio pero no suelta el oro que lleva en las manos. 

La indiferencia no es ausencia de valores, sino su perversión. Hemos aprendido a convivir con la catástrofe como con un ruido de fondo. El desastre se vuelve paisaje, y el paisaje, costumbre. Walter Benjamin advertía en Tesis sobre la filosofía de la historia que “el estado de excepción en que vivimos es la regla”. Hoy esa regla se normaliza mediante gráficos, comunicados y discursos que prometen correcciones futuras mientras perpetúan el daño presente.

Octavio Paz entendió que el tiempo moderno no es lineal sino fragmentado. En El arco y la lira señaló que la poesía —y por extensión la conciencia— es un acto de reconciliación con el instante. Sin esa reconciliación, el tiempo se acelera hasta volverse inhabitable. Vivimos adelantados a nosotros mismos: proyectamos futuros que no deseamos y olvidamos presentes que podríamos salvar. La prisa, aliada del mercado, es enemiga del cuidado. El ecocidio no es solo un problema técnico; es una crisis de imaginación moral. Aldo Leopold escribió en A Sand County Almanac que “algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica”. Hemos invertido esa ecuación: lo correcto es lo rentable, aunque erosione la estabilidad y aniquile la belleza. La ética se subordina al balance trimestral, y el planeta paga intereses compuestos. Esta subordinación se reproduce en la política. El poder habla el idioma del crecimiento perpetuo, aun cuando la finitud del mundo sea un hecho físico. Vaclav Havel recordaba en El poder de los sin poder que la vida en la mentira es la base de los sistemas que se sostienen por inercia. La mentira contemporánea no siempre es falsedad; es omisión. Sabemos, pero no decimos. Decimos, pero no actuamos.

La endiosación del dinero no solo desplaza a la naturaleza: desplaza al otro. Emmanuel Levinas sostuvo en Totalidad e infinito que la ética nace del rostro del otro que nos interpela. Cuando todo se cuantifica, el rostro se vuelve cifra y la interpelación se diluye. Migrantes, pobres, generaciones futuras: todos se convierten en variables ajustables. El cálculo suplanta a la responsabilidad. Así, el destino humano parece oscilar entre la lucidez y la negación. No estamos condenados por falta de alternativas, sino por la dificultad de abandonar una fe ciega en el beneficio inmediato. El porvenir se estrecha no porque no sepamos qué hacer, sino porque seguimos llamando progreso a lo que nos empuja al borde. El olor de la catástrofe no es súbito; es persistente. Y, como todo olor persistente, termina por anestesiar a quien se niega a ventilar la casa.

La catástrofe, cuando finalmente llegue —si es que ya no está aquí—, no tendrá el estruendo del apocalipsis bíblico, sino la monotonía de lo evitable. Será el resultado lógico de decisiones pequeñas, repetidas, justificadas. Günther Anders escribió en La obsolescencia del hombre que existe una brecha peligrosa entre lo que somos capaces de producir y lo que somos capaces de imaginar y asumir moralmente. Fabricamos un mundo que excede nuestra conciencia ética, y esa desproporción nos vuelve irresponsables por costumbre. Octavio Paz insistió en que la modernidad rompió los vínculos simbólicos que daban sentido a la existencia. En Conjunciones y disyunciones señaló que el cuerpo, la naturaleza y el deseo fueron separados del espíritu. Hoy esa separación se manifiesta en la devastación del entorno: explotamos la tierra como si no fuera extensión de nosotros mismos. El daño ecológico es, en el fondo, una forma de autonegación.

El discurso dominante propone soluciones técnicas para problemas que son, esencialmente, espirituales y culturales. Más eficiencia, más innovación, más control. Pero Ernst Schumacher advirtió en Small Is Beautiful que “lo pequeño” no es una limitación, sino una medida humana. Ignorar la escala adecuada conduce a monstruos productivos que no saben cuándo detenerse. El gigantismo económico es la enfermedad de una civilización que confunde grandeza con acumulación. La educación, que podría ser el espacio de resistencia, a menudo reproduce la lógica mercantil. Se enseña a competir antes que a comprender, a producir antes que a contemplar. Paulo Freire escribió en Pedagogía del oprimido que la deshumanización no es destino, sino resultado de un orden injusto que puede transformarse. Pero esa transformación exige una pedagogía del límite, del cuidado y de la responsabilidad intergeneracional. El futuro incierto no solo amenaza a los que vendrán: interpela a los que somos. Cada decisión presente escribe una línea del mañana. La humanidad se encuentra ante una encrucijada que no admite neutralidad. O seguimos adorando al dinero como divinidad indiscutible, o recuperamos la noción de valor que no se compra ni se vende. Como advirtió Simone Weil en La gravedad y la gracia, “la atención es la forma más rara y pura de generosidad”. Prestar atención al mundo es, quizá, el primer gesto para no destruirlo del todo.

Tal vez el mayor engaño de nuestra época sea creer que el destino de la humanidad es una abstracción futura y no una práctica cotidiana. El porvenir no se anuncia: se fabrica. El gesto de consumo, el silencio cómplice, la decisión política orientada al lucro inmediato va modelando un mañana que luego fingimos no haber elegido. Octavio Paz, en Tiempo nublado, advertía que las crisis no solo revelan fallas estructurales, sino vacíos de sentido. El nuestro es un vacío habitado por cifras.

El ser humano ha confundido libertad con opción de compra. Erich Fromm escribió en Tener o ser que una sociedad orientada al tener termina por vaciar al ser. Esta inversión ontológica explica por qué, aun rodeados de bienes, experimentamos una pobreza interior creciente. La abundancia material no ha traído serenidad, sino ansiedad; no ha producido comunidad, sino competencia. El dinero, elevado a criterio supremo, erosiona los vínculos que no puede medir. Sin embargo, no todo está clausurado. La historia no es una línea recta hacia la ruina, sino una trama de posibilidades abiertas. Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, habló del “pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”. Reconocer la gravedad del momento no implica rendirse a la fatalidad. Implica asumir responsabilidad. La lucidez, sin acción, es una forma refinada de la renuncia. La pregunta decisiva no es qué mundo heredarán las próximas generaciones, sino qué mundo estamos dispuestos a dejar de producir. Renunciar al dogma del crecimiento ilimitado no es retroceder; es recuperar la medida. Iván Illich sostuvo en La convivialidad que las herramientas deben servir a la vida y no someterla. Esta inversión del principio técnico es urgente si queremos evitar que el progreso continúe devorando sus propios fundamentos.

El futuro huele a catástrofe porque hemos saturado el presente de negaciones. Pero el olor también advierte, despierta, obliga a abrir ventanas. La humanidad aún puede elegir entre persistir en la adoración del dinero o reconstruir una ética del cuidado que restituya dignidad al mundo. No se trata de salvar al planeta como objeto externo, sino de salvarnos de la lógica que nos ha separado de él. Pensar, hoy, es un acto de resistencia. Cuidar, una forma de rebeldía. Y quizá, como intuía Paz, el destino humano no consista en dominar la historia, sino en reconciliarse con el tiempo: habitarlo sin devastarlo, compartirlo sin agotarlo, y reconocer —antes de que sea tarde— que ningún beneficio justifica la pérdida del sentido.

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