Cuento Revista

El último cartucho

por César CalMont

::: En esta ocasión ofrecemos un cuento de un escritor de Churintzio, un pequeño pueblo del estado de Michoacán, México.

Sabía que no debía aceptar… ¿Qué necesidad tenía yo de todo eso? El Mirto aseguró que aquello era algo de rutina.

—Sólo eso —insistió el Mirto—, son como negocios… bisness pues.

Rechacé en un principio. Fui al pueblo nomás para enterrar a mamá Toribia. De cualquier forma iría, pero en un inicio no era a sepultarla. Lo que son las cosas, celebraríamos sus noventa años el dieciséis de diciembre, pero la maldita pulmonía nos cambió la fiesta en un velorio, curiosamente el mismo día del festejo. Me sentía de la jodida, todo dado al traste. No tenía ganas de nada, mucho menos hacerla de chofer, que es a lo que me dedico desde hace más de veinte años acá en el otro lado. Eso es precisamente lo que el Mirto me pedía:  

—Necesito a alguien que sea un chingón pa´l volante y no se me ocurre nadie más que tú, mi Richard. No por nada llevas tanto tiempo de trailero allá en el gabacho.

El Mirto era policía. Todo sería parte, según él, de una misión de encubierto.

¿Que cómo estuvo que acepté? Ni yo mismo lo sé. En momentos como éste, mientras escribo todo aquello, me pregunto lo mismo sin lograr hallar respuesta. ¿Cómo pude olvidar las últimas palabras de mamá Toribia? Hablé con ella unos días antes de su muerte. Quién iba a decir que sería la última vez que escucharía su voz. Dijo que el Mirto andaba preguntado por mí.

—¿Y no le ha dicho para qué me quiere?

—No, mi´jo, pero no me da buena espina. Ese panzón no anda en buenos pasos.

—¿Por qué lo dice?

—Es policía, ¿se te parece poco?

Mamá Toribia era muy dada a exagerar las cosas, tal vez por eso no le di tanta importancia. Ahora veo lo mucho que tuvo razón. 

—Cuídate de las malas juntas, mi muchachito. Sé obediente y hazme caso; no se te vaya a ocurrir andar con ese panzón ahora que vengas.

Oí otro suspiro. Fue lo último que escuché de mamá Toribia. La batería de mi celular estaba muerta. Le marcaré más tarde, me dije mientras enchufaba el cable al cenicero del camión. Debí llamar tan pronto como pude, pero me acordé hasta que recibí la noticia de su muerte.

El tiempo allá es muy distinto…

El Mirto sólo estuvo un rato en el velorio. Ahí no dijo nada del negocio. En un inicio sólo habló de cuando fuimos compañeros en la escuela, de cuando éramos monaguillos y nos robábamos las limosnas, luego fue escalando poco a poco hasta llegar a la época  de la Santiaguito y todo lo que conlleva meterse a colonias como esas. No debí hablar con él, al menos no de esos temas. ¡Era el velorio de mamá Toribia, por Dios! Bien me lo decía cada que podía: con el diablo no se habla, mijo. Bueno, pues hablé.

Como a los cinco días del entierro llegó el Mirto montado en su patrulla. 

—Vamos por unas chelas, mi Richard, ayudan pa´l agüite.

Yo estaba sentado en un bote chilero afuera de la casa de mamá Toribia. Él ni siquiera se bajó de la patrulla. Subí. Encendió las torretas, estiró el pie derecho; el motor rugió. Faltaba poco para el medio día, así que tenía al menos seis horas para tomarme un par de cervezas, regresar a casa, echarme un baño, tal vez dormir la siesta antes de abrirles a las señoras que rezarían el novenario. A nadie le hace mal un rato de esparcimiento, sobre todo para no morirse de tristeza. Eso fue lo que pensé en un principio, pero al ver que entrábamos en la colonia Santiaguito me empezó a punzar algo en la panza. Mal asunto. No es que me las dé de santo, mucho menos de persignado, pero, ¿mamá Toribia todavía calientita en su cajón de muerta y yo viendo viejas encueradas? Estuve a punto de protestar, pero me di cuenta de que el Mirto sumía todavía más el pie derecho, así que mi inquietud se disipó tan pronto salimos de la Santiaguito. Llegamos a la Flores Mendieta. Respiré más profundo todavía. En momentos de duelo, siempre es mejor una cantina que un putero. El Mirto soltó el pie a unos metros del establecimiento más jodido que podía verse por ahí. Ya ni la friega, pensé cuando vi la fachada con sus paredes todas descarapeladas, hinchadas de humedad, tristes y desoladas de lo viejas; las tejas ardiendo de mugre, con una capa verde cubriendo las descarapeladuras. Lo único decente en aquella desolación era el letrero con su nombre: El Último Cartucho.

—Vente, mi Richard. Nos echamos unas y nos vamos.

Vi de nuevo el letrero, el fondo pintado de un café claro, como de un tono arena; las letras eran de hierro forjado, en negro mate. Había un par de herraduras encerrando las palabras, yo creo que haciendo la función que tienen las comillas, porque El Último Cartucho es el nombre de una de las películas de Mario Almada, el Clint Eastwood de nosotros.

Entramos por un pasillo oscuro, el piso era de tierra, las paredes con el adobe expuesto. Adentro había mesas de madera y el piso era de losa. Estaba casi vacío, sólo un par de tipos sentados frente a la barra y el cantinero, frente a ellos, arrimando las cervezas.

—Quiubo, poli —dijo el más joven de los dos. Era un hombre bajo y corpulento. El otro, flaco y nervudo, hizo apenas una reverencia.

No hubo presentaciones ni esas cosas, así que me referiré al corpulento como Robusto y al otro ya sabrán más adelante cómo lo llamé.

A pesar de que ahí adentro no entraba ni un rayo de sol, aquellos hombres traían tejana y Ray-Ban tipo gota. Había una televisión apoyada sobre un piano de pared. Podría afirmar, por la gruesa capa de polvo en la cubierta del instrumento, que jamás fue utilizado; el televisor, por el contrario, a pesar de ser uno de esos armatostes con su pantalla todavía de las bolonchas, estaba poco menos que reluciente. Mario Almada en escena; en un inicio no reconocí la película. Bien pude hacerlo, pero no sé por qué en aquel momento comencé a sentir que los nervios me endurecían por dentro. Entendí, eso sí,  el motivo por el cual nombraron de ese modo la cantina.

No lo he mencionado, pero es importante que lo diga: soy muy nervioso, extremadamente nervioso. Aquellos tipos de lente oscuro, vestidos de vaquero, como los actores de la película, acentuaron mi nerviosismo. El Mirto y Robusto hablaban de cosas que yo no alcanzaba a distinguir. Con las ristras de balas que salían del revólver de Mario Almada apenas me llegaba una que otra frase. Mejor para mí. El otro hombre, el mayor, no hablaba, sólo movía la cabeza hacia arriba y hacia abajo, o hacia un lado y hacia el otro, según fuera el caso. Aferraba su cigarro con la mano derecha. En un inicio lo ignoraba; ni siquiera una calada fugaz o diminuta. Nada. El humo gris formaba nubes imprecisas y perdiéndose en la penumbra del lugar. Él mismo era tan flaco y arrugado como el legendario actor de la película; quizá debía tener la misma edad que él. Era, en todo caso, un Almada de a mentiras. Ahora ya saben cómo fue que lo nombré.  

Escuché decir al Mirto que yo era como su hermano, su amigo de la infancia, que vivía en el otro lado y por eso ellos no me habían visto por ahí. Dijo que regresé al pueblo a arreglar unos asuntos de herencia. El muy cabrón ni siquiera mencionó a mamá Toribia. No es que quisiera recibir el pésame de aquellos dos, pero tampoco me gustó que no dijera una palabra de ella, como si no hubiera significado nada para mí. 

—Nunca perdimos comunicación, jefes. Siempre hablamos, así que no tengan pendiente.

No sé de dónde le salía tanta habladuría. Para empezar, no hablamos en todos estos años, es más, casi me olvidaba de él hasta que mamá Toribia me lo recordó.

Robusto y Almada me miraron de arriba abajo, luego de abajo a arriba, de la misma manera como se observa la mercancía en una tienda. Finalmente, tras dos o tres tragos de cerveza, Robusto levantó la mano izquierda y tronó los dedos en el aire. Como perro amaestrado, el cantinero bajó el volumen de la televisión.

—¿Cuántos kilos le calcula, jefe?  —preguntó el Mirto.

—Como dos toneladas, mi poli —dijo Robusto—. Es de la buena, directa de San Juanico. Pura calidad.

El Mirto asintió, encendió un cigarro y  me miró. Yo también lo vi, pero sólo de reojo porque fingía estar atento a la película. La verdad es que para esos momentos mis intestinos ya estaban demasiado flojos, puedo decir que hasta sentí cómo desembocaba mi último alimento nomás del puro miedo de escuchar lo que no debía escuchar. ¿Quién no ha sentido eso al menos una vez en su vida? Como ya lo he dicho, fingí estar atento a la película; aunque, a fin de cuentas, mi interés fue genuino; puedo afirmar que me olvidé de la plática, y por lo visto también de mamá Toribia y su voz agreste sonando en mi cabeza: cuídate de las malas juntas, Ricardito; ¡no te vayas a juntar con ese panzón ahora que vayas a venir! En esos momentos se libraba una de los tantos enfrentamientos que tiene Mario Almada en sus películas, sus maniobras prodigiosas en la destartalada F150 del sesenta y tantos; una mano al volante y la otra al revólver. Los disparos certeros, letales y, como siempre, casi infinitos. Ni los gringos con su Rambo lograron cosas como esas. Al fin, luego de la segunda o tercer trifulca, el Almada de a mentiras comenzó a fumar a medida que el actor esquivaba los proyectiles de sus enemigos. Golpeteaba la barra con sus dedos, casi al son de los balazos. Puedo decir que al igual que yo, estaba más atento al desenlace de la escena que en la conversación entre sus socios.

—Es una camioneta de redilas, mi poli —escuché a Robusto—, y amarilla. No hay pierde. Es vieja y rechina un chingo.

—Apenas pa´l jale, jefe —dijo el Mirto.

Como en todas sus películas, Mario Almada salió ileso, si acaso dos o tres raspones apenas visibles en su rostro. La camioneta hecha pedazos. Los rivales un montón de muertos. El Almada de a mentiras dio la última calada y dejó la colilla en el cenicero. Creo que sonreía, aunque no lo puedo asegurar, hasta podría decir que mostraba cierto alivio al ver ileso a su homólogo de la pantalla. Como si alguna vez lo hubieran derrotado. Con movimientos parsimoniosos, tan parecidos a los del verdadero Mario Almada, sacó un sobre amarillo que traía en el chaleco.

—Lo suyo, poli —no dejaba de mirar a la pantalla. Tenía una voz pausada y enigmática, como si hablara desde las profundidades de una sepultura. Sé que digo mucha pendejada, pero no se me ocurre otra forma de describir aquella voz.

El Mirto cogió el paquete, echó un vistazo y lo guardó en la bolsa del chaleco.

—Bien, jefe; jefazo, en eso quedamos…, en eso quedamos, como siempre —dio un trago antes de voltear hacia donde yo estaba—. Sólo que… me gustaría, eh… como ustedes vean, eh…

—¡Qué! —interrumpió Robusto.

—¿Qué pasa, poli? —dijo el Almada. Se quitó los lentes, miró directo al Mirto. Sus ojos eran oscuros y abismales (otra vez las pendejadas, pero qué quieren, así es como lo vi). De no ser porque el actor había muerto hacía poco tiempo, podría jurar que me encontraba frente al mismo Mario Almada. No exagero.

El Mirto dijo que el chofer que tenía apalabrado se lo habían despachado hacía no mucho tiempo. Así mero fue como lo oí decir aquello.

—¿Y el otro? —preguntó el Mirto.

—Tampoco está entre nosotros —dio con su voz penumbrosa el Almada.

—Pero no se apuren, jefes—sentí la mano del Mirto en mi hombro—, aquí mi compa Richard puede hacer el jale sin ningún problema.

Hizo una exposición de mis logros como chofer. Repitió ese cuento de que éramos como hermanos y todo eso. Creo que ahí fue cuando mi razón me abandonó. Robusto se dirigió a mí por primera vez. Me dijo que si yo estaba dispuesto a hacer el “trabajito”. Creo que alcé los hombros sin mover los labios, y si dije algo la verdad no lo recuerdo.

Como se habrán de imaginar, yo no estaba en mi mejor momento. Por más estabilidad económica y buena salud que tenga uno, siempre llega algo que te jode. A mí me jodió la muerte de mamá Toribia. Fue como mi madre. Yo fui su quinto nieto, pero el único que estuvo al pendiente de ella durante muchos años. Fui al rancho a verla al menos dos veces al año, pero cuando se hizo más vieja iba al menos cuatro. Le tenía su ayudanta y todo para que no estuviera sola, pero eso no viene al tema, el caso es que a pesar de pocos días fuera de mi trabajo, ya sentía la necesidad de regresar, pero en la empresa no me dejarían manejar hasta que me hicieran un montón de pruebas médicas para asegurarse que yo estaba en buenas condiciones. Ya saben cómo son los gringos. Parecerá contradictorio por lo que dije al inicio, que no tenía ánimos de nada, mucho menos de estar tras el volante, pero todavía no he mencionado que manejar produce en mí un efecto relajante. Con aquel encuentro sentí unas repentinas ganas de relajarme. Ahora lo veo de ese modo. Si hubiera dicho que no, tal vez la tal urgencia ni siquiera hubiera aparecido y yo no estaría en esta incertidumbre, pero lo que vino después (también ahora me doy cuenta de eso), no me dejó de otra que aceptar. Contrario a mi costumbre, tomé el cigarro que el Mirto me ofreció.

—¿Y… si me agarran? —dije después de una profunda y violentísima calada. Sentía como si el humo se endureciera en mi garganta y me impidiera decir las cosas.

—¿Y qué? —intervino Robusto— Ni que trajeras drogas.

—Le aseguro, don Richard —dijo el Almada— que todos van a querer huir de usted.

Robusto sonrió. El Mirto también se carcajeó. La sonrisa del Almada, en cambio, fue más discreta, aunque con la misma dosis de ironía. Para ese momento yo apenas había tomado uno o dos tragos de cerveza. Robusto se acercó y me tomó del hombro.

—Lo más que puede pasar es que se le ponche una llanta, don Richard —aseguró—, porque ni el pinche motor se le va a joder porque está recién afinadito.

Sonrieron nuevamente. El Mirto asintió. Yo temblaba, tenía las cejas y mejillas encharcadas de sudor. Tomé de un solo trago lo que me quedaba en la botella y volteé hacia la tele. No sé por qué lo hice. Mario Almada parecía mirarme con su habitual sonrisa a medias que acentuaba las miles y miles de arrugas de su rostro. Podría asegurar que estaba vivo frente a mí; hasta sentí que me decía “no seas collón, Ricardo…, éntrale”. Miré al Mirto, luego a Robusto, después al Almada de a mentiras y, por último (otra vez la burra al pozo) de nuevo a la pantalla. Todos, incluido Mario Almada —el de a de veras—, asentían con la cabeza, como infundiéndome los ánimos necesarios para aceptar. Di una calada bien profunda, pero ya no tan violenta, contuve el humo, como si con eso pudiera silenciar la implacable voz de mamá Toribia en mi cabeza. Luego de uno o dos minutos ya no la escuché, así que moví la cabeza para arriba y para abajo. No estoy seguro si dije algo, el caso es que acepté.

La camioneta era del siglo pasado, de a mediados de los setentas, quizá. Jamás había manejado una cosa así de vieja. Era amarilla, de redilas, tal como la describió el Robusto, parecida a esas camionetas donde cargan a los puercos. Maniobrarla era toda una proeza. Tenía el volante tan duro que cada curva en el camino era un martirio para mis brazos. Al peso de la camioneta (tres toneladas), habría que añadirle el estiércol que le echaron; en ese  momento supuse que para disimular olores indebidos. En aquel instante, también, me hice muchas preguntas y todas sus respuestas me provocaban un temblor mayor a que producía en mí el zangoloteo de la camioneta: ¿sería ilegal lo que habían puesto debajo del estiércol? ¿Por qué tanto misterio cuando me entregaron las llaves? Váyase derechito, mi Richard, no se vaya a parar ni echarse una meada, mucho menos darle raite a nadie. No me detuvieron en ningún retén. Los militares me hacían señas para que apresurara el paso. Ese día estaría el Presidente con su calva expuesta a una muchedumbre que iba para verlo a él y a su Candidato en el cierre de campaña, así que tenían que asegurar todas las entradas a La Gran Ciudad. Resultó tal como lo predijo el Mirto: todos querían huir de mí.

Las instrucciones fueron nebulosas. Sólo debería llevar la camioneta hasta La Gran Ciudad y ahí me encontrarían. ¿Quiénes? No importaba, usted nomás párese en la primera gasolinera, llene el tanque, y mientras lo llenan métase al Oxxo y pida un termo y un café. Por absurdo que parezca, así fue como dijeron, pero más disparatado fue la indicación que me dieron para cuando alguien se acercara a preguntar mi nombre:

—Usted, mi Richard —dijo Robusto—, sólo diga que se llama Ricardo Almada. Eso es todo. Ricardo Almada. Ellos darán con usted. Nomás acuérdese: Ricardo, Al-ma-da, ¿okey?

Para las once de la mañana, después de casi ocho horas de viaje, llegué a la periferia de La Gran Ciudad. Me detuve en la primera gasolinera, tal como Robusto y el Almada me indicaron.

 —Tanque lleno, por favor.

El despachador torció la boca. Entré al Oxxo y pedí lo que me dijeron que pidiera. Había dos policías obesos sentados en una de las bancas que dan hacia afuera. Uno de ellos se acercó.

—Qué lleva en esa troca, amigo.

—Abono, jefe.

 —Pues… apesta a mierda.

—Así es, jefe —dije—. Es lo mismo. La mierda y el abono son lo mismo. A la mierda se le dice abono, pero al abono jamás se le dice mierda y…

—Está bien, amigo, entiendo… entiendo.

El otro policía, un poco menos regordete, también se acercó. Por los lentes oscuros tipo gota, recordé al Almada y a Robusto.

—¿Cómo se llama? —me dijo.

—Abono, jefe —tosí—. Se llama abono, aunque también le dicen fertilizante natural.

Ambos polizontes se miraron entre sí. El más desparramado preguntó de nuevo:

—Usted, amigo, díganos su nombre, ¿cómo se llama?

—Ah, sí —repliqué—. Almada, señor, Ricardo Almada.

Quizá por la forma de decir mi nombre, muy a lo gabacho, o por mi facha de perro trasijado, se echaron a reír antes de pedirme una identificación. Les entregué la licencia provisional de conducir que sacaba cada que iba para allá. Sentí la tensión de sus miradas: primero a mí, luego a la identificación antes de regresar nuevamente sus ojos hacia mí.

—¿Almada?

Les dije que sí, desde luego que sí, aunque casi de inmediato aclaré:

—No es que me apellide Almada, pero mi nombre sí es Ricardo. Así me dicen, Ricardo Almada, y pues de tanto que lo escucho a veces pienso que ése es mi nombre. Soy admirador de Mario Almada, ya saben, el actor.

—¡Ah, vaya! —dijo el que traía mi identificación— Hacía puras películas perronas.

—Lástima que ya se haya muerto.

Platicamos durante un rato. Me dijeron que su turno había terminado, pero que con mucho gusto me acompañarían para transitar la Gran Ciudad, que de no ser por su ofrecimiento me las vería muy duras para llegar a mi destino.

—Lo vamos a acompañar nomás porque tiene buenos gustos, amigo.

—Nomás por eso.

—Está muy penado eso de andar contaminando. Con nosotros acompañándolo nadie le dirá nada.

—¡Y más con esas apesturas!

Yo no supe qué decir. Ellos me dijeron que los siguiera y los seguí. Le dimos por la Avenida Mártires durante unos veinte minutos, luego doblamos por la Dolores Arriaga y entramos por la Flores Mendieta hasta llegar a Tacubaya. Finalmente desembocamos en un camino de terracería. Aquello me empezó a oler peor que el estiércol que traía cargando. Quise escabullirme pero  ya era demasiado tarde; detrás de mí venía otra patrulla. No supe de dónde había salido. Nos detuvimos en un terreno baldío. Uno de ellos se acercó y me dijo que yo no me bajara. Me quedé con las manos al volante, mirando por el retrovisor. Llegó una camioneta militar. Dos hombres se bajaron y se acercaron a las bolas de manteca que me condujeron hasta ahí. Hablaron entre ellos y luego se acercaron hacia mí.

Me pidieron que bajara. Bajé. Reconocí a Robusto y al Almada con sus Ray-Ban tipo gota; mis nervios se crisparon.

—¿Qué tal el viaje, mi Richard?

Creo que dije bien, aunque no lo puedo asegurar. Tal vez sólo moví la cabeza; eso sí, balbuceaba como alguien que está demasiado alcoholizado.  El Almada me saludó dando un toque discreto a la punta de su tejana con la mano derecha, inclinó un poco la cabeza y estoy por decir que incluso  me sonrió. Sólo le faltaba el caballo porque hasta chaparreras traía. Devolví el saludo con una sonrisa medio tímida, medio indecisa.

—Ah, qué de mi Richard —dijo uno de los policías obesos—, tanto peso no es bueno. Le puede tronar la suspensión.

—Y el motor —dijo el otro.

Un par de hombres aparecieron con palas y comenzaron a descargar la camioneta. No sé de dónde salieron. Uno de ellos dio con algo porque se escuchó un golpe seco.

—El paquete.

—¿No le pasó la mierda? —preguntó el Robusto.

—Sólo una mancha. Nada como para preocuparse.

Hubo una pausa. Yo no podía ver de qué se trataba. Los dos policías se habían puesto frente a mí, no sé si por casualidad o a propósito para taparme. Robusto se acercó.

—Bien, mi Richard, muy bien. Ya puede retirarse, aquí los polis lo llevarán a la central camionera.

Subí a la patrulla.

Al otro día tomé mi vuelo y me vine para acá. No me importó pagar lo que me cobraron los de Atlantis Vuela con tal de salir de mi país. Tuve un mal presentimiento así que no esperé siquiera a terminar el novenario. Fue lo único acertado que hice en todo aquello. Quién sabe qué hubiera pasado de haberme quedado. Mamá Toribia me heredó la propiedad. No sé lo que haré con ella porque nunca pienso regresar.

Al Mirto no lo volví a ver, o más bien no lo vi de nuevo en persona, porque a los pocos días apareció en los noticieros. Según eso fue el autor intelectual del atentado que acabó con la vida del candidato presidencial. Aquello ocurrió durante la contienda electoral del noventa y tantos. Para los viejos como yo será fácil ubicar el incidente; a los jóvenes no les importa. Ahora ni siquiera cuestionan al gobierno y sus absurdas explicaciones; aunque tampoco antes lo hacían, ¿o cómo es posible que tan fácil se aceptó que un policía municipal haya ideado el magnicidio? Es como decir que un niño fue a la  luna de ida y vuelta en el recreo. No sólo al Mirto fue a quien vi en televisión sino también a Robusto y al Almada. Eso me sorprendió aún más. Martín López Arciniega los entrevistaba en el noticiero de las nueve.

—En una movida ingeniosa —aseguró Robusto en la entrevista—, el cómplice de José Martínez, alias Mirto, introdujo la bomba a La Gran Ciudad.

El Almada estaba al lado de Robusto. Ambos, dijo el entrevistador, eran parte del equipo de seguridad del Candidato. Lo que al parecer la mayoría ignoraba, y entre los que sabían estoy seguro estaba al mismísimo Presidente de la República, es que ellos mismos fueron los que idearon todo para que el Candidato dejara de decir esos discursos que encendían poco a poco al país. Yo lo supe en ese instante. 

—Pero dígame, Mayor —seguía el periodista—, ¿cómo pudo meter este supuesto cómplice algo tan evidente a La Gran Ciudad? ¿Y los perros entrenados qué? Según los videos de mis compañeros, había muchos en cada retén.

—Bueno, Martín —intervino Robusto—, debo reconocer que el Mirto se las ingenió para mandar al cómplice en una camioneta llena de estiércol; al parecer la bomba venía al fondo y la sacó hasta que pasó todos los retenes, ya dentro de La Gran Ciudad.

—La policía metropolitana recibió una denuncia anónima, ellos nos llamaron y nosotros fuimos a indagar. Nos llevamos a los perros —intervino el Almada. Nunca lo escuché hablar tanto—. Había un vehículo abandonado en un terreno Baldío cerca de donde sería el cierre de campaña. Los perros detectaron algo y tomamos muestras. El laboratorio determinó que había componentes de la bomba.

—¿Todavía no identifican al cómplice?

—Lo tenemos ubicado —dijo Robusto—. ¡Bien ubicado!

—¿Dónde está? ¿Quién es?

—Asunto de Seguridad Nacional, Martín, todavía no se puede decir.

El Almada miró directo a la cámara, como si supiera que yo lo estaba del otro lado. Estoy seguro que fue por mí que dijo:

—El silencio salva vidas.

 No sé por qué me dejaron ir aquel día. Tampoco es que quiera regresar a investigar. Como ya lo he dicho, tuve un mal presentimiento y por eso fue que me vine al otro día para acá. De cualquier modo me hubiera regresado porque no tenía ganas de seguir tristeando por  la muerte de mamá Toribia. Quizá el desánimo salvó mi vida. Vaya uno a saber.

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