::: Con este ensayo perceptivo enviado al Concurso Internacional de la Revista Digital Letras en la Frontera, la escritora argentina Lucrecia Quaglia obtuvo el bien merecido Primer Puesto en Ensayo/No Ficción Creativa.
“La vía del tren no es una infraestructura,
es una herida abierta en la piel de la ciudad”.
Escribí esta frase en el reverso de mi propio currículum, sentada en el banco de una estación que divide mucho más que dos zonas. Este análisis no pretende ser una observación aséptica desde una torre de marfil académica. Siguiendo la propuesta de Donna Haraway sobre los conocimientos situados, entiendo que la única forma de producir una verdad significativa es reconociendo el lugar desde donde se habla. Mi mirada como gestora cultural está irremediablemente marcada por mi posición como habitante de la periferia. No miro la ciudad desde un mapa; la miro desde el barro que se adhiere a mis zapatos y desde la espera del colectivo que nunca llega. Es este conocimiento encarnado el que me permite denunciar la herida de la vía no como una abstracción urbanística, sino como una vivencia física y social que la objetividad tradicional suele ignorar.
Lo que para los mapas cartográficos de la municipalidad es un trazado logístico de acero y durmientes, para quienes habitamos la periferia es una aduana invisible. La infraestructura, en ciudades como Junín, deja de ser un servicio para convertirse en una declaración política: aquí termina la ciudad “segura”, aquí comienza el territorio bajo sospecha.
Esta fragmentación urbana se manifiesta en lo cotidiano con la sutileza de un interrogatorio. Lo comprobamos al intentar solicitar un servicio básico, como un taxi. Mientras que en el sector privilegiado el transporte es un derecho de movilidad, en el lado marginal se convierte en un contrato de confianza que el usuario debe probar. El código postal opera como una etiqueta de peligrosidad previa al encuentro físico. No se trata solo de una distancia geométrica, sino de la producción de fronteras simbólicas que el Estado y el mercado refuerzan al omitir servicios básicos o trazar recorridos que esquivan la periferia.
Desde la museología crítica, esta dinámica obliga a preguntarnos qué estamos preservando cuando hablamos de “identidad local”. Si la arquitectura del centro celebra el parqué pulido y la fachada impoluta, ¿qué lugar ocupa el óxido de los silos y el barro de las calles sin nombre? La ciudad se comporta como un museo mal curado, donde ciertas piezas son exhibidas con orgullo y otras son arrojadas al depósito del olvido, ocultas tras la barrera ferroviaria.
Es aquí donde la noción de “no-lugar” de Marc Augé adquiere una dimensión inquietantemente personal. Para la lógica urbana, el paso a nivel y las estaciones son espacios de tránsito despojados de identidad. Sin embargo, para quienes habitamos esta grieta, el no-lugar deja de ser una categoría espacial y se transforma en una condición subjetiva. Al cruzar las vías, me convierto en una intrusa: una habitante del margen cuyo capital cultural es observado con sospecha. Al regresar, la extranjería persiste de otra forma. Mi educación y mis aspiraciones funcionan como una frontera invisible con mis propios vecinos. Esta es la paradoja del habitante de la frontera: demasiado marginal para el centro, demasiado desplazado para el margen.
Esta experiencia no es meramente individual. Revela que la herida de la vía no es solo urbanística, sino identitaria: una fragmentación del ser que obliga a elegir un lado del cual nunca se es parte integral.
Para comprender la profundidad de esta herida es necesario atender a la historia material de la ciudad. Junín creció alrededor del ferrocarril como ciudad-taller; cuando esa infraestructura fue desmantelada, lo que quedó no fue solo óxido, sino una frontera interna que nunca fue replanificada. Un ejemplo paradigmático de esta desigual reconfiguración es la transformación de antiguas vías en la actual Avenida San Martín. Hoy convertida en un bulevar flanqueado por chalets de estilo inglés y plazas dedicadas a las colectividades inmigrantes, esta zona funciona como una vitrina urbana que cristaliza una narrativa de progreso, integración y belleza planificada. Allí, la vía fue domesticada: el hierro se transformó en estética.
Esa operación no alcanzó a toda la ciudad. En los márgenes, el ferrocarril persiste como límite rudo y oxidado. No hay allí homenaje ni puesta en valor, sino aislamiento. Esta asimetría revela una política de limpieza estética: mientras el centro exhibe un pasado curado, la periferia carga con los restos no integrados de la modernidad. La ciudad no crece hacia afuera; se fragmenta hacia adentro.
La topografía se vuelve entonces ideología. El patrimonio no es lo que sobrevive al tiempo, sino lo que el poder decide rescatar del naufragio. Al ignorar la estética de los silos y la vida que late en las calles de tierra, Junín ejerce una curaduría violenta que expulsa a una parte de sus habitantes del relato urbano legítimo.
Esta lógica se profundiza al observar el desplazamiento histórico del Cementerio Central y la localización de los silos de la Liga Agrícola en la periferia. Ambos fueron apartados del centro para no interferir con la imagen del progreso. Sin embargo, el crecimiento urbano dejó al descubierto este artificio: lo que antes estaba “lejos” hoy es el paisaje cotidiano de miles de personas. La ciudad escondió la muerte y la industria, pero nunca replanificó su retorno.
Desde la museología crítica, esta situación interpela directamente a las políticas de conservación. Mientras se restauran fachadas del casco histórico, las estructuras que sostuvieron la riqueza agrícola y la memoria de nuestros muertos se deterioran sin atención estatal. El abandono del asfaltado en las calles periféricas no es una negligencia técnica, sino una decisión política: la negativa a integrar estos territorios en el guion oficial de la ciudad.
Siguiendo a Henri Lefebvre, el espacio urbano no es un contenedor neutro, sino una herramienta de dominación simbólica. En Junín, la distribución desigual del asfalto, del transporte y del mantenimiento comunica con claridad quién pertenece a la polis y quién queda relegado a la zona de descarte. Esta exclusión se refuerza mediante lo que Loïc Wacquant denomina estigma territorial: el domicilio se convierte en una marca que antecede al sujeto y condiciona su reconocimiento social.
Históricamente integrador, el ferrocarril se transformó así en una frontera de clase. Los silos, otrora catedrales del trabajo, permanecen como restos arqueológicos de una modernidad fallida. Desde la museología crítica, entendemos que el patrimonio es una construcción social legítima. Si la ciudad decide que el chalet inglés es patrimonio y el silo es chatarra, está seleccionando un pasado que valida un presente desigual. Reconocer el valor del silo oxidado o del cementerio desplazado no es nostalgia: es una herramienta de visibilización necesaria.
Al final del día, la museología no sucede solo en las salas climatizadas del centro, sino también en el dorso de un currículum rechazado. Documentar nuestra existencia, nombrar el barro, el óxido y las fronteras invisibles es un acto de curaduría política. Mientras la vía siga dividiendo el silencio de los vivos del silencio de los muertos, nuestra tarea será seguir inscribiendo aquello que el poder insiste en callar. No somos piezas fuera de catálogo: somos los autores de un inventario urbano que aún está en disputa.
Referencias bibliográficas
Apaolaza, R. (2022). Territorio y habitar en la postpandemia: transformaciones socioterritoriales en la Argentina. Buenos Aires: CLACSO/IIGG.
Augé, M. (1992). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.
Haraway, D. (1988). Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra. (Capítulo: “Conocimientos situados”).
Kessler, G. (2020). La ciudad desigual: nuevas formas de exclusión en la periferia. Buenos Aires: Editorial Universitaria.
Lefebvre, H. (1974). La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing.
Lorente, J. P. (2023). Nuevas perspectivas de la museología crítica en el siglo XXI. Zaragoza: Prensas Universitarias.
Prats, L. (1997). Antropología y patrimonio. Barcelona: Ariel.
Wacquant, L. (2007). Los condenados de la ciudad: gueto, periferias y Estado. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Gran labor de concientización.
Muchas gracias por tu lectura, Dolores. Pienso que la concientización comienza justamente ahí: en volver visible aquello que suele quedar en los márgenes de la memoria, en esas zonas donde la herida persiste, incluso cuando el discurso tiende al olvido. ¡Saludos!