por Rebecca Bowman
::: En esta ocasión la columna La Terraza reproduce un texto que se usó para presentar, en el XIII Encuentro de Escritores Letras en la Frontera, la obra ganadora del segundo certamen nacional de poesía Alma Karla Sandoval, organizado por la editorial Voz Lírica.
Con su lírica siempre atada al cuerpo, Marisol Vera Guerra nos presenta un nuevo, sorprendente poemario que recuerda a Alejandra Pizarnik. Es una poesía arraigada a la familia, a la infancia, a la querencia, al hogar. Este poemario trata sobre todo del legado de las mujeres, de lo que heredan las mujeres de una familia: el dolor, la fortaleza, el aprecio. El poemario está imbuido de un dolor ancestral que ha pasado de abuela a madre a hija. Aprenden a aguantar, a comerse el dolor, a curarse el esqueleto. Cito:
Que te duela / así te harás mujer
Y cito:
tras el dique de cien generaciones
sus manos curaban las heridas
Es homenaje y testimonio. Es el saber de un linaje.
La poesía de Marisol siempre ha logrado darnos una sensación muy particular de extrañeza que hace que uno se sienta más vivo al leerla. Vera Guerra utiliza en su poética todos los sentidos, pero sobre todo los más pegados al cuerpo— no solo el tacto que capta la textura, el peso, la forma de otros objetos y seres sino también la percepción del cuerpo de uno mismo, incluso cómo se sienten las mismas vísceras. Cito:
soy un manojo de órganos que tiemblan
en el umbral sin palabras
En este caso son versos de raíz profunda. El libro emociona, evoca, cuestiona y nos hace preguntarnos qué es vivir.
Casi todos los poemas se centran en el contexto del campo mexicano, una región que requiere, que necesita más voces. No es literatura pastoral, que generalmente pinta una vida idílica, de Arcadia, lo soñado por el escritor o poeta citadino, sino la voz de alguien que bien conoce la experiencia del campo: las vacas, los tordos, el rocío y la neblina del amanecer, “la espesura del miedo”. Son versos que hablan de lo que está a su alrededor. Como en la poesía de Lorca aparece el olivo y la albahaca o entre los poetas griegos la miel y el trigo. En su caso lo rural es lo cotidiano.
Hay aquí el tiempo que corre de otra manera, el silencio del campo que es otro silencio lleno de ruidos de insectos, el ulular de la lechuza, el crujir de la semilla, el movimiento entre el matorral de un becerro…celebro la existencia de este libro, que alguien con esta experiencia también haya obtenido, por su disciplina, por su sensibilidad, la destreza para comunicárnosla.
Este poemario en particular tiene que ver con la memoria, pues hay cierta distancia entre el contenido del poema y la voz que lo percibe qué permite que esta poesía sea contemplativa. En el poema de “podría decir que vine a esta ciudad” se percibe la discordancia entre las raíces de una y el presente, pero también similitudes que hay que absorber.
Pienso en los humores corporales, los que desde la tradición griega y los tiempos medievales servían para entender y definir al ser humano. En esta colección aparecen todos los líquidos —la bilis, la sangre, el flujo vaginal—, es un enfocarse en el cuerpo como parte del ser, no hay división cuerpo-alma, somos nuestro cuerpo. Es un universo genocéntrico. Los hombres aquí son casi ausentes, borrados, pierden su importancia. En otros libros de Marisol ha habido hombres monstruo, aquí ya los ha logrado vencer.
Desde el primer poema se mezclan dos idiomas. Y su abuela es la única abuela, su madre la única madre. Este seno es el ombligo del mundo, el origen de todo como lo es para cualquier ser humano. Pienso en el título de la novela de un escritor de Barbados, George Lamming, En el castillo de mi piel. Hay una especie de función anticolonialista en este poemario. Lo tradicionalmente relegado no lo es. Pero también veo que los poemas van desde imágenes del campo del interior hasta terminar en el mar, sitio en donde brotó la primera colección de poesía de Marisol.
Los versos tienen un ritmo y musicalidad que hace que el dolor y la memoria penosa se vuelva una experiencia estética que sana. Se vuelve a experimentar las imágenes sensoriales, los olores, los sabores, los sonidos, y al experimentarlos hay una especie de regreso controlado. Esta colección reafirma la idea de la poesía como ritual. Voy a los náhuatl y su explicación del flor y canto….rito al que daban tanta importancia que los mismos príncipes dedicaban horas y horas a su ejecución.
Pero sus versos también recuerdan al poema como un proceso de exploración o indagación. Como ella misma dice en un verso: “escribir poemas es una forma de hablar con la Muerte”.
Marisol está enamorada de la palabra y es capaz de hallar la palabra que sorprende y a la vez resulta inevitable. Enlisto algunas: arrebol, zarzal, amate, tábanos, melina, periplo, erial
Temas permanentes son la herida, las cicatrices, el daño que hace un ser a otro, la capacidad de aguantar y sobre todo la libertad, pues estos poemas son himnos a la libertad, a los días, meses, años después de una crisis cuando ya es posible vivir plena y abiertamente. Es una poesía confesional sin confesar de todo. Y cito:
¿En qué peñón / cuál arrecife
quedó sepultado lo que no se ha dicho?
Tienen la intensidad de Sylvia Plath pero algo de meditación, y en muchos de estos poemas se siente la renovación que viene de la naturaleza.
Donald Hall dice que un poema es el interior de un hombre hablando al interior de otro. Así se siente con la poesía de Marisol. Ella elude la mente racional y alcanza a adentrarse en nosotros para depositar imágenes que resuenan. Eso nos ayuda a entenderla a ella y a nosotros mismos. Es para ella la poesía una herramienta que permite que ella se relacione con los demás, un darse a entender por medio de la poesía. Y por eso estoy agradecida.
A veces la situación de la voz poética de Marisol parece la de una profeta como Casandra, pero cuya voz es distinta en que tal vez los que la escuchan saben que lo que dice pesa, pero no logran de todo entenderla, lo que inquieta y hace que pegue más su poesía, pues nunca hay un cierre al leer algo de Marisol, siempre se siente que hay algo más.
He dicho que este poemario es homenaje y testimonio, pero es testimonio sin ser denuncia porque los hechos se reportan tal como son con a veces una fina ironía. Una imagen que quiero mencionar es la de las mujeres buitre, una imagen intensa que evoca el empoderamiento necesario para los que han sufrido la vulnerabilidad. Cito:
que mi piel no sea más la de una niña
sino la de un ave rapaz que espera paciente
su turno en el festín
Algo aquí recuerda los últimos versos triunfantes de “Lady Lazarus”:
Out of the ash
I rise with my red hair
And I eat men like air.
Mujer buitre o mujer fénix, las dos imágenes son de libertad y poder, y permiten el vuelo.

Magnífica y lujosa revisión/ revisión de “ Afuera cantan las cicatrices de un árbol” 👏👏👏
¡Gracias por reseñar y presentar mi libro! Abrazos a toda la comunidad de Letras en La Frontera