::: Es éste un ensayo concebido y escrito como un proyecto colectivo, prueba del valor y efectividad del trabajo en equipo.
Colectivo Diletrantes:
Ivonne Saed, Daniella Blejer, Mariana Conde, Virginia Hernández Reta, Amélie Olaiz.
A work of art has no sex.
The sex of the artist does not determine a work’s gender,
which may be one or another, or multiple versions thereof.
—Siri Hustvedt.
A Woman Looking at Men Looking at Women
Cuando hablamos del boom latinoamericano, quisiéramos asumirlo como el conjunto de escritores, hombres y mujeres, que gozaron de un auge en el imaginario literario internacional durante el siglo xx. Sin embargo, a diferencia de los famosos escritores que ya disfrutaban de una explosión de comentarios y crítica positiva sobre su obra en los salones cultos de Estados Unidos y Europa, así como en los de sus propios países de origen, las autoras que producían a la par con ellos no tuvieron la misma visibilidad.
Bien se sabe que el “boom latinoamericano” fue en gran parte una muy exitosa estrategia editorial que puso a Latinoamérica en la mesa de novedades de todo el mundo y, gracias a ello, se convirtió en “movimiento literario”. Novelas, cuentos y poesía comenzaron a aparecer traducidos a muchas lenguas y, casi de un día para otro, el mundo entero conoció las obras de García Márquez, Vargas Llosa y Juan Rulfo, entre otros. Así, lo que inició como argumento de venta fue percibido, de manera muy afortunada, como fenómeno cultural. No fue necesaria una reflexión colectiva; ni siquiera una intención. El contexto universal de rupturas culturales en proceso dio la bienvenida a estas historias peculiares ajenas a lo establecido por los cánones de literatura universal que regían hasta entonces, a pesar de que —en contraste con las rupturas mismas que enarbolaban la bandera de la liberación femenina— no había voces femeninas representadas en este novedoso estallido literario.
Hoy, ya bien entrada la tercera década del siglo xxi, y en el contexto de un feminismo mucho menos indulgente que el de los años sesenta del siglo pasado, vemos en todas latitudes un interés por las obras escritas por mujeres. Y no en el sentido de hace medio siglo, cuando la frase anterior se habría referido a literatura rosa, romances y, en general, literatura fácil de digerir y poco memorable, sino un interés por la innovación, la transgresión y el borramiento de fronteras entre géneros que aparece cada vez más en la creación actual.
Lo interesante es que este fenómeno ya había iniciado desde los márgenes en esa era, hace sesenta años, mientras los escritores del boom disfrutaban de su auge: un número importante de autoras, quienes conforman lo que hoy parece pertinente denominar como el boom silencioso, estaban produciendo una narrativa que respondía de lleno a las vanguardias universales con las que sus pares masculinos tenían el privilegio de dialogar. Ejemplos notables de lo anterior los encontramos en autoras como Clarice Lispector (Brasil), María Luisa Bombal (Chile), Silvina Ocampo (Argentina), Cristina Peri Rossi (Uruguay), Elena Garro y Rosario Castellanos (México). Su literatura proviene de una mirada más intimista, menos expansiva. Su visión de los comportamientos humanos en el ámbito cotidiano abre una puerta a la interpretación desde una perspectiva ausente entre los autores del otro boom, el estruendoso, y sus reflexiones desde lo interior son el espejo de una realidad social mucho más amplia.
Comencemos con Clarice Lispector: su principal interés fue narrar sensaciones. Para ella, ser escritora no significaba simplemente contar una historia, sino que escribir, en sus palabras: “es buscar entender, es buscar reproducir lo irreproducible, y sentir hasta las últimas consecuencias el sentimiento que permanece apenas vago y sofocante”[1]. Desde esta búsqueda, la escritora brasileña intenta decir lo indecible, apresar lo inaprehensible: llevar la palabra a sus límites para descubrir aquello que se revela. Un brillante ejemplo de cómo ejecuta este ejercicio lo vemos en su novela La pasión según G. H., una narración en la que poco tangible ocurre, más allá de la profundísima transformación existencial de la personaje, a quien acompañamos en una proximidad metafísica casi incómoda para el lector.
La obra de María Luisa Bombal, por su parte, construye una arquitectura sofisticada para jugar con el contrapunto narrativo y hacer presentes a sus personajes desde la ausencia o desde los márgenes, utilizando en muchos casos elementos del surrealismo. Esto último puede aparecer apenas como una metáfora sutil, como es el caso de su famoso cuento “El árbol”, o con una fuerza mucho más contundente y perturbadora como sucede en “Las islas nuevas”, donde tanto la trama como la estrategia narrativa suspenden la incredulidad para introducir al lector en una incertidumbre tan enceguecedora como la niebla que permea todo.
Además de escritora, Silvina Ocampo era pintora, lo que influyó de manera definitiva en su creación literaria. Esto se manifiesta en sus descripciones de los espacios habitados por sus personajes y, en general, en el ambiente onírico que retrata en sus textos. Su manejo de un realismo torcido e irónico resulta en una crítica social, en especial de lo burgués. Este desdoblamiento es recurrente a lo largo de su obra.
Mediante una prosa cuidada, Rosario Castellanos también hace una crítica social en la que cuestiona los roles de género de su tiempo. Indigenista, poeta y cuentista, utiliza la ironía y el ámbito doméstico para poner en evidencia el absurdo de mucho de lo preestablecido por las reglas sociales, incluyendo la institución del matrimonio y el patriarcado en el que le tocó vivir.
Cristina Peri Rossi es una voz que resalta en comparación a las demás debido a sus propias vivencias. Su novela Solitario de amor es una novela erótica, narrada desde una voz masculina, en la que el deseo se extiende hasta abrazar los fluidos corporales de la persona amada. En sus cuentos utiliza la fantasía como vía para la crítica social. Su incursión en la poesía, con Las musas inquietantes, revela su madurez literaria: sus poemas no analizan las obras visuales a las que refieren, sino que hacen una écfrasis de éstas, colocando el texto en conversación interdisciplinaria con el arte plástico.
El caso de Elena Garro tiene sus propias peculiaridades debido a su compleja relación con Octavio Paz, quien fue su pareja y padre de su hija Helena, y debido también a las consecuencias de una serie de verdades a medias que la marginaron a partir del 68 por el resto de su carrera. Estas circunstancias impidieron que su poesía, de tono duro e implacable, se diera a conocer. Lo que sí logró publicar fueron sus cuentos, reunidos en La culpa es de los tlaxcaltecas y su novela Los recuerdos del porvenir; esta última con elementos que azarosamente presagiaron parte de lo que sucedería en México y en el destino de la autora misma una década después.
Pensando en las características en las que muchas de estas escritoras coinciden, podríamos hablar de una libertad en la forma de narrar que se percibe menos preocupada por el lector potencial y más interesada en la exploración de la forma por el placer mismo de la experimentación. Aunque su campo fue la narrativa, varias de estas autoras exploraron también el ámbito de la poesía desde un lugar mucho más libre que sus contemporáneos varones. El libro ya mencionado Las musas inquietantes de Peri Rossi responde a su búsqueda y experimentación con el lenguaje.
Con frecuencia también observamos la búsqueda de sentido mediante el abordaje de la ironía, la fantasía y la animalidad: metamorfosis de personajes que trascienden lo literal para insertarse en la profundidad del ser. Lo vemos en “El búfalo” de Lispector, en “La casa de azúcar” de Ocampo, o en muchos de los cuentos de Garro, por dar apenas algunos ejemplos, en los que, para decirlo en palabras de Deleuze y Guattari, el devenir animal, más allá de ser una transformación, es “una alianza o simbiosis con lo animal, una experiencia intensa que crea una nueva realidad”[2], una experiencia metafísica.
En cuanto a la temática, el ámbito del hogar está siempre presente, pero el mismo se nos ofrece como el sitio de observación de una mirada crítica y reflexiva; un punto de vista deconstructivo y marginal desde donde transgredir las reglas de lo doméstico, cuestionarlas y mostrarlas como un absurdo insostenible. Esta literatura pone un acento indeleble en las cosas pequeñas de lo cotidiano y las convierte en el territorio de la epifanía. “El árbol” (y prácticamente toda la obra) de Bombal, la novela La pasión según G. H. de Lispector, “La semana de colores” de Garro, “La lección de cocina” de Castellanos son ejemplos notables de lo anterior. Sus personajes escapan de las formas rígidas preestablecidas por medio del desdoblamiento del yo y por la vía de una fuga intelectual y espiritual.
El rescate que vemos hoy de esta poética compleja y variada, de este retrato social y experimentación formal, más de medio siglo después, merece ser recibido y revalorado en sus propios términos, ya que con su lectura se completa la visión de una época literaria de nuestro continente que pudo haber sido no un boom silencioso, sino una implosión en el olvido.
[1] Zavala, Lauro. “Clarice Lispector. La explicación que no explica” en Teorías del cuento: poéticas de la brevedad, vol. 3. México: Univ. Nacional Autónoma de México, 1997, pp. 193–212.
[2] Deleuze, Gilles y Félix Guattari. “DEVENIR-INTENSO, DEVENIR-ANIMAL, DEVENIR IMPERCEPTIBLE” pp. 239–316, en MIL MESETAS. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, 6ª edición: septiembre 2004.