Por Ana Torres Licón
::: En una prosa breve, poética y concisa, Ana Torres Licón comparte sentimientos que tocan el corazón del lector. La zozobra de no ser como quisiéramos y el proceso de aceptación o modificación que nos lleva a sonreír ante el espejo y decir: esa soy yo. Un libro corto de setenta y cinco páginas que, por un lado, fluye, engancha y se lee con gusto; por el otro, induce a la reflexión. Compartimos aquí unos segmentos del texto.
Elefanta
Cerda, elefanta, ballena, manatí. Los apodos ofensivos de mi niñez me hicieron amar la zoología. “Manatí” me pareció sofisticado, pero elefanta, me cautivó. El elefante tiene once millones de neuronas, por eso tiene buena memoria. Elefanta provocó en mi no la humillación que los labios perniciosos emitían en el bullicio de la salida, sino el orgullo de mi capacidad de retener datos: las hembras viven en manada siguiendo a una matriarca, pueden correr a cuarenta kilómetros por hora y cargar cuatro veces su peso. Nada mal para un cuerpo voluminoso. ¡Elefanta! Causó en mí la vanidad por mi inteligencia. ¡Elefanta! Ese apodo me hizo amar la zoología y odiar la infancia.
Tercer círculo
Escucho ladrar a un perro y me estremezco. Mi abuelo me dice “no temas, no es Cerbero, ni éste es el tercer círculo del infierno”. No comprendo. Él me muestra un libro con imágenes de Doré. Es una fiera que custodia a los glotones. La densa oscuridad en la ilustración amplifica el dolor. Sufren, se arrastran y el granizo lo golpea. El fango aprisiona su carne. La lluvia helada y eterna atormenta los cuerpos que no alcanzan la perfección verdadera por la debilidad de su espíritu.
Navidad en familia
Nos sentamos a la mesa. La comida estaba al centro, bellos platones decorados con viandas. El plato principal era un pavo enorme con piel dorada y aromático relleno, el puré de papa era cremoso y suave, la ensalada brillaba como si los vegetales estuvieran vivos. Todo era lindo para recordar el nacimiento del hijo de Dios. Sirvieron los platos rebosantes. Me dispuse a comer, pero las miradas se enfocaron en mí; las de mis primas era como los clavos de crucifixión, las de los hombres eran espinas que coronaron mis sienes, mis tías me flagelaron con sus preguntas y comentarios. Me pregunto si Cristo tendría los mismos devotos si hubiera pesado cien kilos. No pude comer. Mis manos estaban sujetas a la cruz de la gordura. No corría sangre, la salivación abundaba en mi boca. No todos los calvarios son iguales.

Gracias por el espacio
Describe muy atinadamente la humillación del rechazo. Rechazo que todos experimentamos alunas veces por una u otra razón. Me gustó.
Preciosa prosa, palabras, imágenes, fuerza, originalidad, rebeldía, y mucho más. ¡Eres descomunal!