Cuento Revista

A la putanesca

Por Adela Celorio

::: Con un guiño Adela Celorio entrega a la literatura una colección de cuentos pícaros y profundos. Esta colección, más valiosa por ser breve, es como una bomba, pero una bomba deliciosa que estalla en medio de la dogmática pesadez de una sociedad osificada. Traviesa y, como dice Santiago Daydí-Tolson, picarona, su narrativa oscila entre lo sutil de lo no dicho y lo que ella hace exquisitamente obvio, lo impuro de una sociedad decadente. Aquí presentamos un cuento del libro La vida está en otra parte.


—No te pongas nada bajo el vestido, quiero comerte todita y voy a empezar por abajo. Después de la medianoche te espero en el camarote 111, dijo la voz en el teléfono, y sin darme tiempo a responder, colgó.

—¿Quién era, mami?

Nadie, sigue durmiendo. Y sin más, mi niña se dio media vuelta en la otra cama del camarote que compartimos.

¿Comerme todita? ¡Maldición! Se supone que este viaje es para desestresarme y un loco de mierda se equivoca de número y… ¿dijo todita?

Me quiero volver a dormir, pero la voz bermellón y circular del desconocido da vueltas en mi cabeza, convocando instintos adormecidos, ¿o seré yo la que no la deja ir? Ya lo dice mi loquero favorito: iputa… qué señor! Con ése sí… Dice que soy una mujer que piensa demasiado, que soy obsesiva y me estreso y… ¿dijo que iba a empezar por abajo? No, no voy a despertar a Lolita encendiendo la luz, pero como tampoco quiero seguir dando vueltas en la cama, me deslizo en la oscuridad hacia el pequeño balcón Respiro profundo. El aire del mar, la frescura de la noche me bajan la ansiedad.

—Para que descanses y regreses más tranquilita. ¡Pendejo!, ¿crees que no me doy cuenta de que lo que quieres es quedarte solo?

Empiezo a sentir frío y vuelvo a la tibieza del camarote, aunque la sola idea de volver a meterme en la cama me provoca ansiedad, por lo que me refugio en el baño, abro las llaves del agua y lleno la minúscula tina, donde más que lavarme, me acaricio. Quiere comérsela toda, iDios! ¿Quién será ella? ¿Y quién el loco que le habla para proponerle esas obscenidades? La embestida del chorro es vigorosa y me abro para ofrecerle mis pliegues, mis honduras… no pienso, sólo siento hasta que mi cuerpo, con oleaje turbulento, se desborda.

Disfruto la novedosa sensación de bañarme casi a medianoche en alta mar. Más que untarme, acaricio mi piel despierta con la ostentosa crema de extracto de caviar, regalo de mi amiga Paty. Miro mis senos desnudos en el espejo y los apruebo. Verifico mis nalgas… ino!, no me han traicionado. Antes de ponerme la piyama para meterme a la cama, instauro nuevas rutas para el perfume. iQue desperdicio!, ni quién me huela. ¿De verdad, le irá a comer todo?… y sueño con los angelitos.

Con la molicie de las vacaciones, empiezo a recuperar mi ajetreado cuerpo de madre y esposa. De rígida maestra de arte, de chofer y ama de casa siempre agobiada por las agresiones de la ciudad y la sempiterna falta de tiempo.

—¡Levántate, perezosa! Hoy hacemos escala en Saint Thomas, y antes de bajar a la isla tenemos que desayunar.

—¿Qué hay en la isla?, pregunta Lolita entre bostezos.

—No lo sé ¡veamos!, para eso nos mandó papi al crucero, para ver lo que hay en las islas —le explico a mi niña—, pero inevitablemente pienso: ¿sería para eso o para quedarse más libre con la putilla que le pinta los cuellos de la camisa?

Sólo mirar el fastuoso buffet, donde coinciden afortunadamente una colorida variedad de frutas tropicales, de quesos, arenques, salmones y todos los panecillos imaginables —recién horneados y crujientes— bastaría para saciar mi apetito en cualquier otra circunstancia. Hoy, sin embargo, me apetece probarlo todo. Y para acompañar tan suculento popurrí, pido a un solícito mesero un botellín de champaña, ¿por qué no?

—Las vacaciones son para hacer cosas diferentes, me justifico ante la mirada interrogante de Lolita —cuando el camarero pone sobre la mesa la exquisita champañera plateada— y descorcha la botella con movimientos actorales y me sirve.

¡Salute signora!

Terminado el opulento desayuno, desembarcamos para caminar por las risueñas callecitas de Saint Thomas, donde todo es inaugural para los nueve anos de la cachorrita que me bombardea con sus comentarios, que escucho distraida porque dentro de mi cabeza la voz bermellón, que ha insistido en llamar las tres noches que llevamos de travesía, repite tercamente; “Quiero comerte todita”.

Pasamos por una pequeña boutique de lencería francesa, e impulsivamente empujo a mi niña hacia adentro.

—¿Aquí qué hay?

—No sé. Ven, vamos a curiosear.

—¿Busca algo en especial? Pregunta la joven encargada, excesivamente risueña y servicial.

-—Bueno en realidad yo… Y se me van los ojos a los calzoncitos breves, extrovertidos, que exhibe el maniquí.

Hay que decidirse rápido porque mi cotorra tiene sed.

—iSí señorita también el brasier! Es un regalo para una amiga ¿sabe?, explico innecesariamente a la risueña, mientras Lolita me jala hacia fuera.

—Tengo calor, quiero una Coca, insiste impaciente entre una pregunta y otra.

¿Quién descubrió esta isla? ¿Aquí hay escuelas para los niños? ¿Por qué en lugar de venir a las tiendas, no vamos a la playa? Yo respondo en automático, mientras floto por las callecitas de la isla tratando de descubrir, entre la variopinta marejada de turistas, al de la voz.

En la terraza donde nos sentamos una colorida guacamaya, desde su aro, hace las delicias de Lolita, quien bebe por fin su Coca, mientras yo me receto un refrescante Planters Punch. En la exuberancia caribeña todo parece lascivo.

Hace demasiado calor para seguir andando, propongo volver al barco ponernos el traje de baño y darnos un chapuzón, ¿qué te parece mi niña?

A bordo sigue la fiesta pero yo, obstinada en detectar una mirada, una señal que delate al degenerado, estoy como en otra dimensión.

Antes de cenar, hago una escala para beber dos Mint Julips en el ambiente festivo del bar, pero nada me refresca. Estoy febril. Para acompañar la cena pido media botella de blanco.

—¿Soave Bola Signora? Es ligero y va muy bien con el espagueti putanesca que ordenó —sugiere Guido, el guapo camarero que nos atiende mientras mis ojos especulan en su bragueta—: ¿Será éste el lamedor?

Lolita tiene sueño y la llevo al camarote. Espero a que se duerma, e ignorando el libro de Egon Schiele que reclama mi atención desde la mesita de noche, salgo a tomar el fresco en la cubierta. ¿Dónde quedará el camarote 111?

Inquieta, con la sensación de estar perdiéndome algo, finalmente busco el sosiego en mi cama. El vino, la tibieza de la noche, el olor del mar, la imaginación en llamas, el degenerado mordisqueando mis pezones, yendo de uno al otro, ilos dos! iCarajo! En doce años de casados mi marido sigue pensando que sólo tengo uno. Lo imagino pintando mi cuerpo con el húmedo pincel de su lengua. —Dijo todita, comerte todita …, eso dijo.

Las lentejuelas del breve traje de domadora me pican, pero aun así me muevo con agilidad, montada sobre la trompa de elefante. El rítmico paso del animal es placentero. Tomo la punta de la trompa que el paquidermo levanta triunfal, la acerco a mi boca y empiezo a lamer con fruición. Ansioso, el animal escupe y ríos de semen escurren por mis muslos. El público aplaude de pie. Despierto angustiada y sudorosa al tratar de secarme con la sábana que se enreda tercamente entre mis piernas.

iMaldición, qué calor! Cierro los ojos tratando de reconstruir el sueño. Prendo la luz para anotarlo como me ha pedido mi loquero. Lola ni pestañea.

El sueño se ha ido y retomo de la mesa de noche el libro que traje con la esperanza de que algo se me ocurra, al fin, para comenzar a escribir el ensayo que, sobre Schiele, tengo pendiente Algunos de sus grabados me resultan grotescos, van directo a mi inconsciente, y más que erotismo sugieren lascivia. Al mostrar sus más íntimas reconditeces, las modelos pierden el misterio que confiere la intimidad usurpando al tacto y a la cercanía el placer de explorar y descubrir el objeto del deseo La verdadera y única pasión del artista, parece ser él mismo y su alucinante relación con sus lienzos y pinceles.

Me detengo en la fotografía póstuma del joven y brioso pintor que, de pronto se mete en la tina donde me baño. Me abro para acoger su cuerpo entre mis piernas y empieza a morderme el cuello suavemente, mientras mis dedos se enredan en su pelo. Desciende ansioso por mi vientre, buscando la parte más escondida de mi cuerpo, y cuando por fin la encuentra el ruido del libro al caer de la cama vuelve a despertarme.

Miro el reloj, pasan quince minutos de la medianoche. Me levanto me pongo un vestido sin nada abajo, salgo a cubierta y dejo que el aire marino me posea, mientras me dirijo al camarote 111.

—¡Óigame majadero!, le espeto indignada al tosco marinero que sigiloso abre la puerta, y me deslizo hacia adentro. Cierro bruscamente, corro el pasador de seguridad y le digo con firmeza: iUsted a mí no va a comerme nada…! ¿O sí?

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