Por Guadalupe Muñoz
Con este cuento del libro Un encuentro casual, de Bertha Jacobson y Guadalupe Muñoz, continuamos ofreciendo selecciones de los libros publicados por Letras en la Frontera.
Dicen que no hay más allá. Yo creo que sí, porque de alguna manera supe que Emma no sobrevivió y que hubo muchos heridos ese día en la escuela. Luca se dio un tiro en la cabeza cuando terminó su tarea letal. A lo lejos, se oyen aún los coros de los niños.
Lunes, 10 de diciembre de 2019
Hoy es un lunes como cualquier otro. Estamos preparando el festival navideño. A los niños se les organiza un pequeño convivio en sus salones de clase, y después cantan y bailan temas navideños en el salón de actos. En este momento puedo oír desde el aula a los de segundo grado cantando: «¡Feliz Navidad, feliz Navidad, próspero año y felicidad!».
Continúo siendo maestra de Luca y Emma en mi grupo de inglés. Ya están en sexto año. Con tristeza, veo que Luca es ahora un niño taciturno, evasivo, apartado de los demás. No le gusta participar en actividades grupales y casi no tiene amigos.
Hace unos momentos, en clase, pasé a Emma a hacer un ejercicio al pizarrón. Observé que estaba algo nerviosa, pero trató de leer las frases que le escribí en inglés lo mejor que pudo. Antes de regresar a su lugar, me susurró al pasar: «Miss, Luca trajo una pistola a la escuela».
Sentí un hueco en el estómago. Pensé en pedir a la directora que acudiera al aula, pero ¿cómo dejar solos a los niños en esa situación? Miré hacia el sitio donde Luca se sienta y lo vi mirándome con una expresión de rabia.
Antes de que yo pudiera hablar o reaccionar, Luca se levantó de su asiento y se dirigió hacia mí. No llegué a ver el arma. Sentí un dolor intenso en mi abdomen y después otro en el pecho. Mientras caía al piso, oí una detonación (es curioso que no haya percibido las primeras) y escuché el grito de Emma, quien también se desplomó herida. No pude ayudarla. Segundos después de recibir los impactos, yo estaba muerta.
Lunes, 18 de septiembre de 2018
Un año más. Iniciamos el ciclo escolar hace dos semanas. Voy acostumbrándome a la rutina diaria, conociendo a los niños nuevos. Mis hijos están creciendo y me necesitan cada vez más. Mi esposo me ha pedido que renuncie a mi trabajo para que me dedique a la familia, pero la verdad necesitamos los dos sueldos para salir a flote.
Mi preocupación por Luca continúa. Hace unos días, sucedió algo que yo no presencié, pero que llegó a oídos de toda la escuela. Estaban en clase de español, en el grupo donde se encuentran Luca y Emma. He de mencionar que los primos se han distanciado mucho. Ya no son inseparables como lo eran antes. Es más, podría decir que mientras Emma florece, Luca se marchita ante mis ojos. El día que sucedió el incidente, realizaban un trabajo en equipo ellos dos y otros tres niños. Empezaron a trabajar en armonía. Pero, de pronto, el maestro se dio cuenta de que Luca había tomado las hojas del ejercicio y las rompió en pedazos. Mientras el profesor se dirigía hacia sus pupitres para ver qué estaba pasando, Luca empezó a gritar a todo pulmón a sus compañeritos:
—¡Los odio! ¡Deberían estar muertos! ¡El mundo estaría mejor sin ustedes!
De nuevo fue llamada la madre a la escuela. Se le sugirió otra vez terapia psicológica para el niño. Se le recomendaron estrategias para moderar sus explosiones de ira. Incluso, la directora le advirtió: «Esto no puede volver a pasar. Al siguiente incidente, tendremos que expulsar a Luca de la escuela». Al parecer, algo en casa dio resultado porque el niño se comportaba mejor. No volvió a ser el Luca dulce y amable que era cuando lo conocí, pero al menos no hubo eventos como los anteriores. Espero que esté recibiendo terapia. Se nota que es muy infeliz.
Miércoles 25 de octubre de 2017
Hace unas semanas empezó el nuevo ciclo escolar. Continúo como maestra de inglés de la primaria. Hoy pasó algo extraño, no por el hecho en sí, sino por quien lo protagonizó. Fue Luca, quien ahora está en cuarto año. Para un ejercicio que haríamos en clase, les pedí a todos los alumnos que se quitaran los zapatos y los pusieran en fila junto a la puerta del salón. Luca se entretuvo en quitárselos, y cuando fue a ponerlos junto al calzado de los demás niños, empezó a patear los zapatos contra la pared. Cuando lo reprendí, vi que su cara estaba roja y tenía los ojos llenos de lágrimas. Le pregunté qué le pasaba, ya que él no solía reaccionar así. Y me contestó todavía con la carita congestionada:
—¡Es que estoy enojado!
Le expliqué que había otras formas de manifestar el enojo, mas se negó a participar en la actividad y se quedó sentado en un rincón, enfurruñado. Mandé un reporte a sus padres, para determinar qué le sucedía a mi niño tan bueno.
Al día siguiente, a la salida, me esperaba la madre de Luca. Me contó, muy apenada, que su hijo había cambiado mucho en los últimos meses, ya que ella y el padre del niño se estaban divorciando. Para Luca esto fue un golpe muy duro, pues adora a su papá. Le recomendé llevar al niño a terapia psicológica, pero ella no quiso oír hablar de “loqueros”.
El tiempo transcurrió como siempre, con las historias cotidianas. No pude dejar de observar que el carácter de Luca empeoraba día a día. Se transformó en un niño triste, irritable, que se violentaba con facilidad si alguien lo contradecía. Insistí con su madre en buscarle ayuda, pero ignoro si lo hizo.
Lunes 27 de septiembre de 2016
Mi nombre es Ana. Soy maestra de primaria en una escuela particular, y se me ocurrió escribir estas notas sobre mis experiencias con los niños. Tengo varios años trabajando en esta escuela, primero como auxiliar de maestra, luego como titular de la materia de inglés en preescolar, y en la actualidad soy la encargada de las materias en inglés en toda la primaria. Me gusta mucho mi trabajo.
Estos primeros días del año escolar, estoy conociendo a mis grupos. Hay niños a los que conozco desde que estaban en el kínder, y otros recién llegados. Entre ellos están Luca y Emma, quienes me tienen cautivada por su aire tan dulce. Son primos hermanos, y se puede observar que son muy apegados. Luca es blanco, con su cabello negro y sus ojos café claro; en las clases es dócil, amable, y se desempeña muy bien en equipo. Emma es un poco más rebelde, pero es sangre liviana, cae bien. Ella es quien nos hace reír en clase con sus disparates, y aun así, siempre cumple bien con su trabajo.
Todos los días salgo contenta de clases, si bien algo cansada. Llego a la casa donde me esperan mis hijos, de 4 y 6 años, a quienes mi esposo ya recogió de su escuela. Hacemos tareas, les doy cena, los baño, jugamos un rato o les leo algo para dormir, y a prepararse para el nuevo día. Tengo una hermosa familia. ¡Soy muy afortunada!