Cuento Revista

Desayuno

Del libro Oropel, de Santiago Daydí-Tolson, publicado por Letras en la Frontera.

Ayuna el dormido, aunque en el sueño pruebe y coma el mejor de los manjares. Despierta con el hambre original, el del renuevo, y lo primero que hace una vez en pie es romper el largo ayuno de las sombras: desayuna.

No por nada se dice que es el desayuno la más importante de las tres, cuatro o cinco—según se acostumbre y prefiera—comidas del día. Es sólida base energética para la agitación de la jornada y su tensión de fuerzas y esfuerzos, su combustión de acciones, la máquina viva de la subsistencia.

Se desayuna como se oficia un rito: el matinal. Salmo de agradecimiento y petición, liturgia de ofertorio y consumo, comunión vivificadora, resurrección cotidiana.

Es el desayuno un acto de voluntad, de afirmación del ser, su decisión vital, su goloso apropiarse de las energías vivas, de los elementos nutricios de la tierra, el mundo heredado: hierve el agua para el café y su aroma; el cítrico—naranja o toronja—vierte al exprimirlo el zumo agridulce que refresca y nutre; cruje el cereal entre los dientes, sabor esencial de la semilla triturada en la primera harina; revuelto con jamón el huevo—germen de vida—tiene el dorado de lo delicioso y delicioso es también el tocino y su incienso grato a los dioses y a los hombres; el arenque ahumado, de escamas de oropel, y la salchicha dorada al fuego son igualmente ofrendas predilectas que el paladar agradece.

De la mesa opípara se alzan los aromas conjugados de los frutos de la tierra. Soberano el del café, preside la ceremonia con su magia de tostados y vapores: es pebetero la cafetera, urna de incienso la taza en que se bebe la pócima de la resurrección. Desde la plancha hirviente se alza el graso olor de las carnes y las papas; en el sartén madura el panqueque que el sirope más dulce que lo dulce—la savia esencial—empapa de mieles. Aroma inconfundible el del pan tostado para el aguacate y su sabor de gloria—resumar de laureles—; para la mermelada de naranja, incomparable; para el queso—requesón o añejado—y el dulce de membrillo, la mantequilla que la tostada derrite; para la miel de abeja y su lenta luz azucarada.

Sobre el pocillo de fresas rojas albea la crema Chantilly y en la copa de yogurt se apilan azul las bayas, frutos del bosque que a la vez—horneados—le dan sabor soleado y textura a la hojarasca de la tarta, al bizcochuelo. Los frutos de sartén espolvoreados, la cesta de croissants, la fruta fresca—papaya, melón, pepino dulce—, los quesillos y la segunda—la tercera—taza de café cumplen su oficio de ofrenda, su sacerdocio. 

Afuera el día, a pleno sol alzado, espera. Cuesta dejar la mesa placentera.

0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Oldest
Newest Most Voted
0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x