Columna: La Terraza Ensayo Revista

Un paseo por el tedio, la identidad, el quiet quitting, y los ergástulos

por Rebecca Bowman

::: En ésta, su columna regular, La Terraza, nuestra editora comenta y analiza en dos textos clásicos de la literatura norteamericana un tema social muy al día hoy todavía.                                                                                                                                      

Hace poco volví a leer La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne y, como en muchas otras ocasiones, al retomar una obra literaria años después de haberla leído por primera vez, me pareció otra. Sobre todo, me llamó la atención la introducción a la novela en porque en ella el autor retrata a varias personas que conoció cuando trabajó en una aduana y me confundí, pensando que Hawthorne había escrito también “Bartleby, el escribano”, el famoso cuento de Herman Melville. En ambos casos—en la novela de Hawthorne y en el cuento de Melville— se habla de la relación entre el hombre y su empleo, describiendo a personas que trabajan de una manera nada común.

En el caso de Bartleby, escribano que cumple sus funciones, de manera diligente pero melancólica, en lo que parece ser un despacho de abogados, rehúsa de un día para otro hacer su trabajo. Su invariable réplica a toda sugerencia u orden es “Prefiero no hacerlo”. El propietario del despacho no sabe cómo responder a tal actitud e intenta con mucha paciencia ayudar a Bartleby, pero tanta es la terca reticencia del escribano a participar en un intercambio laboral que termina muriendo de hambre.

En el caso del prólogo de La letra escarlata, los empleados contratados en la aduana son casi todos ancianos veteranos o capitanes de barco jubilados y son tantos que están allí sin realmente tener nada que hacer. Es un poco como lo que sucede, o sucedía, a veces en ciertas oficinas burocráticas en México, donde hubo una política de emplear a muchos con un sueldo de subsistencia con el fin de, al disminuir la falta de empleo, ayudar a mantener la estabilidad social. Pasaban estos empleados públicos los días, los meses, los años sentados en mecedoras, conversando, dormitando, dejando pasar el tiempo sin un verdadero propósito. Hawthorne describe en el prólogo esa especie de limbo o purgatorio laboral que en algo se parece a los ambientes de las películas Clockwatchers y Office Space y nos hace conscientes del aburrimientode un espacio ocupacional donde no sucede nada de importancia.

Me llamó la atención encontrar que en estos dos textos, escritos en la época llamada la Revolución del Mercado, cuando se produjo en los Estados Unidos la transición de una sociedad agraria a una de mercado, se dan situaciones parecidas a las del momento actual. Un punto interesante es que Hawthorne fue uno de los fundadores de Brook Farm, el experimento social de una comuna creada con el intento de reemplazar el sistema capitalista. Después de pasar unos meses en dicha comuna se desilusionó del experimento y se mudó a una granja individual. Años después escribió una novela cómica al respecto en la que astutamente pintó las debilidades de los residentes de Brook Farm. Mientras Hawthorne estaba escribiendo esta novela Melville lo visitaba casi a diario y fue después de esas visitas que escribió “Bartleby, el escribano”.

En ambos textos hay un cuestionamiento de la relación entre el hombre y su trabajo, de las condiciones del empleo, del propósito de pasar horas y horas en una actividad tediosa y poco relevante. Así parece suceder en el clima actual. Bastante conocido es el libro Bullshit Jobs, que describe un mundo donde pocos trabajos administrativos tienen importancia. Ahora que estamos en una recesión económica que implica muchos despidos masivos y subcontrataciones al extranjero y la relación entre el empleado y la corporación que lo emplea se ha vuelto más adversarial, vemos fenómenos que son casi el opuesto al descrito en “Bartleby, el escribano” como overemployment, o cumplir secretamente varios trabajos remotos de tiempo completo al mismo tiempo y quiet quitting, que es, en lugar de renunciar a un trabajo, hacer lo más mínimo hasta encontrar una nueva fuente de ingresos.

Así como los empleados de la aduana de que habla Hawthorne se preocupaban por conservar su trabajo en un tiempo de incertidumbre económica, así sucede hoy en día, más aún cuando la inteligencia artificial y la automatización disminuyen la necesidad de la mano de trabajo humana.  Ya en 1952 Kurt Vonnegut había predicho esta situación en Player Piano y María Luisa Puga en su novela Pánico o peligro dedica muchísimo tiempo a explorar las monótonas condiciones laborales de una joven en la Ciudad de México en los setenta. Bien me acuerdo también de un cuento de Daniel Sada de los ochenta o los noventa en el que los jóvenes no conseguían trabajo y el gobierno les daba una mínima pensión, la suficiente para vivir en condiciones lamentables y pasar el día jugando videojuegos. 

Pero cuestionar la relación entre el hombre y su trabajo es algo que se ha hecho desde que en David Copperfield al personaje principal a los diez años de edad lo pusieron a pegar etiquetas en las botellas en Murdstone & Grinby’s. Por otra parte, las relaciones entre empleados que tienen tiempo de sobra aparecen en el fabuloso cuento “El abrigo” de Gogol.  Zola denuncia una y otra vez la situación difícil del obrero francés del siglo XIX. Podemos pensar en Thomas Hardy y en Fielding con su Vanity Fair. Incluso en las jarchas encontramos versos que imitan las canciones de trabajo que se cantaban para mitigar el tedio de los obreros. Y en tiempos de Nerón Juvenal escribía sobre los ergástulos, aquellos pozos en los latifundios en los que estaban condenados a vivir, encadenados, los esclavos que habían disgustado a sus amos:

¿Qué recomienda a un joven alguien que se alegra del chirrido de una cadena, a quien causan maravillosa impresión los estigmas, los trabajos forzados y las cárceles?

Lo que ahora parece ser una novedad no lo es.  Recordemos que “Bartleby, el escribano” tiene como subtítulo “Un cuento de Wall Street” y que la novela más lograda de Melville, Moby Dick, a fin de cuentas, trata sobre la cacería de ballenas, una empresa capitalista con fines de lucro. Y aún hay textos que quizá en un momento pensamos que no tratan sobre una situación laboral pero sí lo hacen. Me pregunto: ¿Por qué enmarca Hawthorne La letra escarlata con una introducción y hace que quien narra y supuestamente escribe el texto sea un empleado en una aduana? ¿Cuántas páginas de su novela tienen que ver con la asidua labor de Hester Prynne y la preocupación de la pareja por cómo sostenerse si es que ambos huyen de la colonia? Tanto en la introducción como en el resto de la novela, los personajes están atrapados por sus circunstancias laborales.

La literatura sirve para señalar ciertas dificultades en la vida. No sé si es capaz de encontrar una solución. Pero si la literatura es el hombre hablando sobre el hombre, entonces la relación entre la identidad de uno y su trabajo claramente un tema que aparecerá una y otra vez. Una nota de esperanza, si es que estamos pensando en la importancia de tener una identidad aun en una situación ocupacional, es que, en el cuento de Melville, el único personaje al que el narrador se refiere con un nombre y no solamente con un apodo, aunque se le señala únicamente por su apellido, es Bartleby.

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