por Rossy Lima
Tiene este cuento el toque poético de quien ha publicado varios volúmenes de poemas. Y tiene también la magia de la fantasía y ciertos rasgos de leyenda.
Las urracas de papán
En todo Tamiahua, nadie hubiera podido imaginar que una cabeza tan hermosa terminaría en el hocico de un perro, ni que ese perro la llevaría hasta la puerta de la tía Carmen, la misma por donde le echaba los huesos del caldo, la misma por donde Lupe salía a pasear cuando todavía tenía la cabeza pegada al resto de su cuerpo: vestido de lino beige, con su guayabera adecuada para usar mancuernillas con piedra de alejandrina.
—Mira, machis— le decía a mi madre mostrándole los puños de la camisa —esta piedra se llama igual que mi novia.
Mi mamá pensó que en el pueblo no vivía ninguna muchacha con un nombre tan brillante, y que más bien esta piedra tornadiza era igual que Lupe, una cosa preciosa que siempre se mira por primera vez. A mi mamá le gustaba platicar con su primo, aunque su plática hiciera piruetas.
—Lupe, dice mi mamá que si te quedas a comer.
—Sí, machis, qué rico, ¿si viste la película? Ese dicen que soy yo así me dijeron ayer que fuimos por caldo de jaiba, ahí vive la tía Socorro, ¿apenas vas a la escuela, no? Es que me voy a ir de viaje, sí regresé mira, machis, esta piedra se llama igual que mi novia.
No había espejo en donde cupiera su porte, o curandera que no le hubiera dicho a la tía Carmen que alguien le estaba trabajando un mal a su hijo [quién la manda a tener un hijo tan bello]. Bello, de una belleza que no servía para estar tranquilo. Su piel viva de color a tierra recién mojada por la lluvia, sus manos que se movían con la gracia animal de los guajolotes en pleno cortejo, su honda mirada que no tocaba a nadie. Las muchachas saltaban, reían, se atravesaban en su camino para que la obsidiana de sus ojos las rozara aunque fuera para sentir el carnoso goce de la herida.
En la plaza, Lupe abría la tarde con sus hombros de santo pagano que las beatas hubieran querido tocar a escondidas, hablando con los labios abultados como hacen los sanmarqueños [y como los sanmarqueños, la gente decía que estaba condenado a volverse loco]. El lino se le pegaba con el sudor fino de los hombres que no trabajan con el cuerpo. Papaloteaba las manos y soltaba palabras que no caían en ningún lado. Las urracas sí lo entendían. Le entraban por las mangas, caminándole en el pecho, enamoradas de la dermis lampiña de ese muchacho hecho para ser amado, formadas en círculo mientras las señoritas ardían y sudaban cada que Lupe pasaba, hermoso y distraído, con la mirada hundida entre sus disparates.
Ya en el espejo de su tía, que era más grande y limpio que el que tenía en su casa, Lupe se sacudía las urracas que se aferraban a él bajo la ropa, con la cabeza de lado como abrazándolo; pero como hablaba mientras se las sacudía, una que otra se colaba hacía su garganta o por la nariz y seguían su aleteo, y seguían acariciando esa cabeza tan bella, con cabello como ramas de sauce cayendo al ras de sus mejillas altísimas.
Los viejos lo veían pasar sin el ardor que sentía la juventud, sólo con la memoria de las llamas. Decían que la tía Carmen había buscado su pena cuando quiso casarse con un sanmarqueño, un yeyo. En Tamiahua se sabía que por generaciones esa gente se había cerrado sobre sí misma para proteger su hermosura y su sangre, y de tanto estar estancada era incapaz de parir otra cosa que no fuera hermosura o desgracia, a veces las dos cosas en una misma cara. Pero qué culpa tiene la mujer que viendo a un hombre hermoso y suave cree que podrá escapar la rispidez de los días, las manos toscas y comunes que sólo saben apretar. Una también se cansa de vivir entre piedras. Qué culpa tiene si confunde la belleza con una puerta, una promesa que pueda darle otro destino. La tía Carmen no olió la sangre maldita por querer descansar en un cuerpo que no la hiriera.
Sin padre y con esas manos finas que no podían defenderlo de nada, Lupe caminaba acompañado para que le ayudaran a espantar a las urracas que se le trepaban llevando ramitas y pelusas, listas para hacer nido en sus axilas que olían a eucalipto y sándalo. Lupe hablaba como si tuviera a cinco personas adentro y sus amigos prefirieron dejarlo hablando solo, fastidiados si no por las urracas, porque las muchachas no los volteaban a ver por estar buscando que Lupe les dedicara uno de sus guiños. Como ya nadie le espantaba los pájaros, mi mamá seguido se encontraba a su primo hablando solo y con la ropa hecha trizas. Mi mamá ya no era una niña, pero ni todos los años cumplidos le habían mermado a Lupe su perfil agudísimo, como de héroe mesopotámico, o su caminar de hiedra buscando en dónde enredarse.
—Lupe, Lupe. ¿Sabes quién soy? Vámonos a la casa, Lupe.
—Sí, machita. —respondía después de un rato y caminaba detrás de mi madre con las urracas abriéndole huecos en su espalda de cedro para hacer su nidada.
Mi mamá no sabía qué tanto decía Lupe y tampoco sabía por qué la locura era algo que sólo se le permitía a los hombres. Ya en la casa, le prendía un radio, de esos que llevaban pilas gordas, para que le hiciera compañía mientras él se veía al espejo y se acomodaba las urracas que lo querían más como fruta que como hombre.
En un par de otoños, Lupe quedó tan hueco por los múltiples nidos de urracas de papán que cualquier viento lo levantaba, a veces hasta Juanamosa, en donde no vivía nadie de la familia. La tía Carmen decidió encerrarlo con su radio, sus urracas y las mancuernillas en su traje hecho piltrafa. Pero así como se abre el zapote cuando cae, así se abrió ese cuarto sin ventanas y Lupe salió con la luz dándole primero en esa naríz suya creada para ser labrada en mármol, impulsado quizá por las urracas que necesitaban ver el sol. Ahí en el malecón lleno de flamboyanes se le vio entero por última vez. De una en una las urracas se llevaban un huesito, un pedazo de antebrazo, una oreja, sabiendo que no volverían a encontrar una piel tan suave y tan dispuesta a la desgracia, mientras Lupe se encaminaba hacia el río Pantepec [un espejo más grande y limpio que el de la casa de su tía]. Tres o cuatro urracas intentaban cargar con la cabeza de Lupe y fue ahí que el perro de su madre alcanzó a arrebatárselas. Regresó con lo único que pudo a su casa sin voltear a ver a las urracas en algarabía por haberse podido llevar un pedacito de Lupe, un pedacito de su hermosura y una de sus mancuernillas de alejandrina.
¡Increíble! Felicidades que riqueza de lenguaje y de fantasía.