::: En su columna regular Rebecca Bowman explora la relación entre nosotros y los objetos que atesoramos.
Estoy pensando en la palabra reliquia, en aquellas pertenencias de los santos o fragmentos de los santos mismos y cómo las capillas, los monasterios y conventos rivalizaban para ser los depositarios de tales objetos. Pienso en cómo estos objetos proveían una protección sobrenatural importante, un poder político que detenía a los enemigos.
Y reparo ahora en los objetos que nosotros mismos dejamos en este mundo, ya sean prendas, collares, compras u objetos que nosotros mismos hemos creado—tal vez una pieza de cerámica, un cuadro, un texto— y si también estos objetos tendrán valor para otra persona, si serán una carga, si serán un objeto que causa un conflicto en una familia entre los herederos o porque lo quieren o porque pelean por no tener que llevárselo.
Nosotros somos quienes damos valor al objeto; no es el objeto mismo. Pienso en la práctica de Döstädning, el intento de depurar el cúmulo de nuestras posesiones para que no sea en algún futuro una carga para los demás… y si de antemano no debemos reducir nuestro uso de objetos para no crear tanto problema para el planeta y no agregar lo nuestro a esos grandes basureros que hay en las costas y desiertos de los países en desarrollo—las montañas de playeras, camisas, pantalones, edredones, objetos de plástico como si fueran parte de la película de Wall-E.
Esto me lleva a las culturas nómadas, los visigodos, los vikingos, en donde el arte más apreciado eran las hebillas, los broches, pendientes, cruces y pulseras, la orfebrería que podría guardarse en una alforja en el lomo del caballo, objetos preciosos mínimos que no ocupaban demasiado espacio y eran fáciles de transportar, una especie de botín que era a la vez una reliquia. Y me acuerdo de que una de las primeras obras de arte, la Venus de Willendorf, cabe en la palma de una mano.
Será que en algunos átomos del planeta hay una fuerza personal. En un cajón guardo el collar que me regaló mi mamá, el collar que fue lo único que pedí de lo que ella tenía para poder en un puño sentir toda su potencia de ser —un collar sin mucho valor económico ya que eran simplemente cuentas de vidrio pero que para mí tenían una importancia inmensurable por la memoria que yo tenía de jugar con ello durante la infancia, de poder sacarlo del joyero de mi madre, desenredándolo de otros collares y aretes también de poco valor, y mirar dentro del centro de cada cuenta los colores azules y las pepitas doradas suspendidas en su vidrio acuoso, como si flotara la belleza suspendida en un lago transparente. Ese recuerdo fue un momento de exaltación estética pero también tenía algo de religioso, de contemplación, de veneración, y el peso mismo de las cuentas también fue factor, pues el collar pesaba —pesa tanto que no lo uso— pero el peso de ese collar en sí también consuela como si fuera una de esas frazadas pesadas que ahora venden a los angustiados. Pero aquel collar es sobre todo la reliquia de una persona que para mí tenía mucho de santa y que me concede cierta protección.
No se debe ni se puede querer más a un objeto que a una persona, pero los objetos rara vez desilusionan. Son más constantes y menos frágiles que las relaciones humanas. Son también una manera de conservar las memorias, de mitigar las pérdidas. Los objetos que hemos perdido ya sea por el hurto, por el descuido, por dejarlos caer sobre un piso duro crean en nosotros un duelo especial.
Hay muchos objetos que ya no están en mi posesión y que lamento haberlos extraviado, aunque también hay algo maravilloso en andar por el mundo con una sola mochila, con pocas pertenencias, con la sensación de ligereza que da viajar con solo lo más necesario.
Hay objetos que pertenecen a la cultura, íconos que tal vez otras personas llegadas en otro momento en un siglo futuro no comprenderán. Objetos baratos de mala hechura que aun así llevan un valor sentimental. Aquí viene a mente los mood rings, los radios de transistor, las piezas de matatena, los tamagotchi. Nadie de estas últimas generaciones sentirá la veneración que sentimos algunos de nosotros hacia estos objetos de uso popular.
En la Iglesia Católica las reliquias no son sacramentos. No dan la protección de evitar el infierno que nos otorga un escapulario. No son ni exvotos ni son los íconos de la iglesia ortodoxa rusa que resultan ser una especie de ventana hacia lo divino. Las reliquias no son divinidades, aunque sí guardan un poder curioso. Representan quizá nuestra necesidad de la magia, pues necesitamos magia, necesitamos creer en algo, necesitamos protección.
Hay reliquias que representan una relación: boletos de cine, entradas a la ópera, un menú de restaurante, una flor disecada, una carta amorosa, el anillo de compromiso, el vestido de novia, fotografías guardadas en un cajón. Al toparse con una de estas reliquias nos llega la ternura, la nostalgia, la pérdida, quizá un sentimiento de traición. Estas reliquias se destruyen en un momento de coraje o hay veces que se guardan para siempre. Hay una mayor atracción casi al nivel molecular en estos objetos y algún poder que tienen como los cristales que tanto admiran los seguidores de filosofías New Age. En los divorcios la gente pelea por los objetos a veces por despecho o para hacer otra herida más en quien antes fue objeto de cariño, o quizá a veces porque la persona no aguanta perder una cosa más. Con el tiempo y con la resignación un objeto así puede perder ese valor sentimental.
Batallo para deshacerme de cualquier cosa que me hayan regalado. Es como si la persona existiera todavía dentro del objeto. No importa si es una revista o una chuchería, si a mí me la regaló alguien ya no puedo deshacerme de ella, pues siento como si tirara a la basura a la persona misma. Es una tontería, pero así me pasa porque soy supersticiosa.
Traigo un recuerdo de ir a una misa en el centro de Los Ángeles, creo que porque algún pariente había fallecido, y que me susurró al oído mi hermana mayor que arriba del altar había el hueso o el corazón de una santa Viviana. Me desagradó la idea y durante toda la misa sentí un escalofrío en la nuca. El hueso estaba en un relicario, un cofre cubierto de terciopelo rojo, y una luz iluminaba este cofre de manera que brillaba desde nuestro punto arriba en un balcón. No sentí protección sino que era algo macabro. No entendía. Y al salir de esa misa, si mal no recuerdo, pasamos por una caja de vidrio en la que se encontraba un monje o un sacerdote cuyo cuerpo no se había desintegrado con el tiempo sino que estaba todo seco, una especie de momia blancuzca y que el hecho de que no hubiese desintegrado su cuerpo era signo de cierta santidad. Tétrica la visión, rara, pero estaba yo tan chiquita que no entendí. Pero tal vez otros tampoco entiendan el valor que damos nosotros a los objetos que apreciamos.
Tal vez nuestros propios recuerdos casi siempre condensados, hechos más sencillos, trabajados al reconstruirlos hasta convertirse en orfebrería síquica, son como reliquias y nosotros mismos somos los relicarios de dichas memorias.
Buenísimo, yo recorría cada iglesia, justo para mirar las historias que la gente escribía junto a las reliquias que dejaba. Gracias por tan maravillosa narración.