::: Aquí reproducimos un cuento inédito, escrito en 2019, característico de la narrativa de la autora, con su realismo y estilo directos y sin pretensiones.
Mariana Oviedo tiene tres pecas en el antebrazo. Cuando le ayudo a tomar el lápiz las veo. Tres pequitas o lunares como los puntos de un triángulo que la marcan para siempre.
A diario, desde las dos de la tarde, horas antes de las tres y cuarto cuando debe llegar su mamá por ella, cuando antes leía con soltura y bailaba y cantaba junto con los demás bajo mi cargo, ahora no se siente bien, le entra el pánico. Sin hacer caso a lo que digo se toma un mechón de pelo y se lo lleva a la boca a chuparlo hasta dejarlo bien mojado, sus tobillos se enroscan en las patas de la silla, se encorva. Es otra, ajena a la de hace unos meses.
Viene su mamá por ella y Mariana corre rápido a aferrársele a la pierna. No la suelta aun cuando hay que recoger su mochila y acomodar algunos papeles en ella; la madre no la separa de sí, le permite este lujo. Salen por la puerta como un animal singular, de cuatro patas, de extraña hechura. Llegan los últimos padres, sus niños también se van. Comienzo a juntar las crayolas y lápices que quedaron esparcidos, a acomodar las sillas alrededor de las mesas, mi pierna floja haciendo que me tambalee un poco.
Voy al baño de la oficina central, caminando por los pasillos ya casi desiertos. Después me sirvo un café, del café tibio, ralo, ya quemado de la cafetera en el salón de maestros, y regreso a mi salón, sensible de nuevo al olor a crayola y lápiz, a pelo mal lavado, a desinfectante escolar y a la fragancia de canela del dispensador que uso para hacer más acogedor el espacio. Me quedaré unas horas más, pues es el fin del periodo de evaluación y hay que terminar con esto. Estoy apenas en las L, falta mucho.
Cada año hay más documentos que completar, mayores requisitos que nos agobian y no nos permiten ser buenos maestros. Lleno los formularios: debo describir en cada reporte el progreso o falta de cada niño. Y al repasar la lista e ir apuntando en la hoja de cada quien mi parecer pienso en las distintas circunstancias de cada uno. De Juanga, con sus dos cambios de ropa, siempre limpios, pero que se alternan sin tregua de un día a otro. Y de Natalia, tímida, enclenque, una de los pocos anglos en mi clase cuyos padres no insisten en que se les dé una mayor atención.
Porque, cuidado y que a Heather se la mire feo o que a Bruce lo mande a time-out. Llegan con tenis nuevos, con una lonchera repleta de fruta y galletas saladas integrales, de hummus de Trader Joe’s y ¿cómo no van a traer más puntos de AR?, si de seguro sus papás llegan con brío a sus casa a leer con ellos y no tienen que hacer el turno nocturnal.
Y aunque es palpable el privilegio de estos chiquillos y sus padres, siento cómo poco a poco mis hábitos mentales me van venciendo y que casi siempre les doy la razón, que supongo que lo obtenido se merece, que lo que poseemos es por mérito y no circunstancia.
Nos dan clases a los profesores, nos explican y aún así fluye en nosotros lo ancestral: que hay los vencedores y los vencidos; aquella tara del derecho divino o bien, quizá en otro lugar, la idea del karma. Trato de imponer sobre mis mismos prejuicios lo que me enseñaron en la universidad, pero hay slippage, claro que lo hay.
Oscurece. Pronto me iré a casa, a calentar una sopa, a acariciar a mi perrita de diez años, cuya vista ya se ha empañado con nubes en los dos cristalinos. Esta noche lloverá a cántaros y el techo de mi pequeña casa goteará en un llanto paulatino y certero.
Ya estoy en las V, y está Maricarmen Vázquez, quien en estos últimos meses ha dejado de enfocarse bien, quien mira por la ventana, esperando, esperando que su madre llegue por ella. Aunque lo hace una tía desde noviembre. Cuatro meses ha vivido con la pariente que sí tiene, por el esposo, el derecho a permanecer aquí. Lo importante de una hoja de papel, de una fisionomía que le da a uno mayores o menores derechos, como si la madre de uno no fuera ya un pasaporte al mundo entero esté uno donde esté.
Qué terrible, dicen mis colegas en el salón de maestros, las que no dan la clase bilingüe, removiendo su café, poniéndole el dulcificante artificial que tanto les gusta, con sus rostros liberales y simpatizantes. Pero nadie hace nada y la próxima semana habrá otro escándalo que capte la atención. Tenemos un plan administrativo por si no llega alguien por un niño, pero ningún plan para la amenaza constante de que esto suceda.
Debo seguir calificando, apuntar los porcentajes, números que dicen poco de mis alumnos y que no indican que algunos se ponen a llorar a la hora de entrar a clase, cuando sus padres los dejan, aunque ya habían pasado esa etapa cuando estaban en kínder.
Me trajeron aquí y me dieron chamba. Parece que les soy útil, ya bien en buen plan o para encubrir la falta de interés verdadero en el destino final de mis pupilos. Solución no la hallo.
Delante de mí escritorio está el tapete grande multicolor con el alfabeto esparcido en los cuadros. El tema este año de la escuela entera es Orígenes y en el techo he colgado facsímiles de las banderas de los ancestros de mis alumnos, desde Nicaragua hasta Alemania. Una gran diversidad, aunque pocos son del Asia.
Miro mis apuntes. Carlos ha vuelto a orinarse una o dos veces por semana después de haber dejado de hacerlo. Alejandro, con su sonrisa permanente, está reprobando casi todo…si hubiera un estudio, si se publicara ampliamente, quizá entonces … Soy otra burócrata apuntando números de identificación, rasgos particulares para el Estado. Cómplice soy. Lleno los formularios, al igual que el sujeto en los estudios de Hannah Arendt. Y evito dar clases en mi país por un sueldo mísero y una vida también vulnerable y solitaria.
No todos han retrocedido. Algunos se han vuelto diligentes, como si hacer todo bien fuera a salvar a la familia. Las uñas comidas, los lápices mordidos, las cabezas inclinadas sobre esas worksheets pendejas que nos obligan a usar para que pasen el famoso examen STAAR; estos alumnos afanosos repiten lo que ellos saben que queremos escuchar, mecánicamente, cejijuntos, determinados en darnos gusto. Poco saben que pronto no podrán pensar de otra manera.
Estudié sociología y terminé aquí imponiendo las mismas normas que tanto lamentamos. Fue una lenta corrupción, como el proceso gradual en que se fueron nublando los ojos de mi perrita, quien aparenta no darse cuenta de su paulatina ceguera, moviendo el rabo como si nada al darme la bienvenida.
Todas las noches miro las paredes de mi sala pintadas color turquesa, los cuadros coloridos, el sarape que cubre un sofá ya gastado. Frida me observa desde una esquina con la misma expresión cejijunta y determinada de algunos de mis alumnos. Pero Frida me juzga mientras que mis estudiantes aún no tienen esa capacidad de reconocer la cobardía.
El polio me dio esta cojera, la que me hizo poco apetecible para los machos de mi ejido. De manera que decidí conseguir una beca para salir de mi pueblo a estudiar, fue una bendición. Soy de San Luis Potosí, de una región tan árida y difícil de cultivar que los habitantes cortan lechuguilla y se paran en la carretera a vender halcones capturados. Presos ellos, apresan a otro animal de presa y lo venden. Lo que atrapan, ya sea víbora o urraca, se lo comen, no tienen de otra. Es una vida dura en la que no cabe la piedad. Comparativamente la vida de mis alumnos aquí es mejor. Eso mismo señala la directora de la escuela, también hispana, cada vez que le pido mayores fondos para los libros en español o un tutor más, como si por eso se justificaran las diferencias de oportunidad y por tanto de potencial entre un Carlos y un Bruce. Pero ella no usa esa misma comparación para callar a la mamá de Heather, preguntándole por qué no se contenta con que su hija no tenga que mercadear víboras en un cruce de caminos.
Ah, pero mi rostro ante los alumnos es pura dureza, es insistir en que se porten bien, en que pisen la raya azul a la hora de marchar enfilados a la cafetería, que no dejen de hacer cada paso en su suma y escribir el resultado en el lugar correcto. Si algo tengo es disciplina, el desierto me la dio y estos niños la necesitan. Los tengo que acorazar.
Y que yo haya salido de mi pueblo no dice que las otras muchachas que se quedaron y que ahora están envejecidas, chimuelas, incluso algunas, jorobadas, lo pudiesen haber hecho; no hay tantas plazas para eso. Yo salí y mejoré mi circunstancia, pero no por eso está bien que permanezca la miseria.
Sigue la lucha. Los padres de Bruce y de Heather creen estar del lado correcto en este asunto, al igual que yo. Buscan que sus hijos sepan las dos lenguas, quieren que sean tolerantes, pero fíjate en ese adjetivo, que muestra una agencia que otros no tienen. Quien tolera tiene el poder de no tolerar, de rechazar, no es que no tengan de otra. Y a final de cuentas para el niño de esta edad lo que importa es quien tiene la mejor lonchera, y casi siempre esa persona es güera.
La madre de Heather, quien insiste en hablarme en español a pesar de mis veinte años viviendo de este lado, quien siempre me dice cuando acaba de estrenar una nueva receta de chilaquiles, parece con su cola de caballo y largas piernas una Barbie, la misma expresión altanera y complacida. Entre yo y mi compañera les decimos las Barbies, y es a ellas a quienes sabemos que no hay que alterar. Cuando se dan los premios sienten que ya de antemano les pertenecen a sus hijas. Igualmente creen que sus hijos, que apenas saben lo que sabría cualquier persona en su medio, son unos genios y les fastidia si no los reconocemos. Este año la Barbie mayor se ha puesto a lamentar la situación política, pero no tanto como para no insistir en que le dé atención especial a su Heather.
Entra el sol de la tarde por la ventana arrojando una última mínima franja de luz y calor sobre mi escritorio. Si no sigo estaré aquí hasta las diez. Volteo una hoja y veo el nombre de Matt Ybarra. Orejón y de cuerpo angular, tenía una curiosidad voraz y una nata perspicacia. Líder natural, buen muchacho, su ausencia me duele muchísimo. ¿Regresará?, quién sabe, quedará solamente en mi memoria.
Miro el tapete y mi mente se llena de los ojos expectativos de mis niños cuando se juntan ahí para la hora del cuento. Esperan tanto de mí y les doy tan poco. Criss Cross Apple Sauce, les digo para que se acomoden de manera segura, que no se toquen uno a otro. Tanto procedimiento, tan reglamentados son para que no caigan en el caos. Con un minuto que les deje actuar a su libre albedrío resulta algún incidente.
Llegué a Enrique Zavala, el último de mis niños, uno tan callado que no sé ni qué decir de él. Lleva lentes, viene siempre bien acicalado. Su constante calma refleja una casa sin problemas, una familia bien centrada. Todavía está ileso. Ojalá dure así.
Me hace falta recortar unas letras, llenar la agenda en mi planificador, pero eso lo puedo hacer en casa. Alisto mi bolsa de lona que vaciaré sobre la mesa de mi cocina después de cenar para terminar mis deberes. Al meter los trabajos hallo el último dibujo de Mariana, la de las pecas; el dibujo es de un monito de alambres de cabeza enorme, de brazos extendidos, alarmados y arriba de ello una nube negra, remarcada con crayola gruesa. Abajo de las figuras va en picada una letra redondeada y torpe: It is raining. Pienso en sus manitas tiernas, su antebrazo curvado con las pecas distribuidas en triángulo, en su aire dócil. ¿Qué pensaría Gramsci de mí? ¿de lo que hago? Enseño, sí, les doy poder a estos niños, pero también les inculco ideas que luego harán daño, los etiqueto y los sistematizo. Y como mi perrita de ciegos ojos, me celebran y me quieren.
Antes de apagar la luz, de cerrar el salón de clase e ir a mi Fairmont para regresar a casa, veo las banderas que cuelgan en grupo desde el cielo. Cierro tantito los ojos para empañar la vista, para hacer que los colores se mezclen y se unan, que queden todos parejos, luego abro los ojos para que cada bandera tome su forma original. Estoy cansada, no hallo solución.