Reseña Revista

Presencia, conciencia y el yo interior en “Diario de un Rostro” de Raúl Castelo Hidalgo

Por Ramiro Rodríguez

Dice Octavio Paz en El arco y la lira al referirse a la poesía:

Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia (La casa de la presencia: Poesía e historia. FCE. México, 1994, p. 41.)

La poesía es así, omnipresente: ausencia y presencia, cóncavo y convexo, tierra y agua, blanco y negro. La poesía lo incluye todo; no excluye nada. Es decir, todo parte de ella; todo converge en ella. La poesía gravita sobre la piel mientras se le lee, fluye como agua cuando el lector se hunde en esa vastedad que conduce a la presencia. 

La poesía incluida en Diario de un rostro, de Raúl Castelo Hidalgo, es presencia. Basta caminar por los territorios de esta obra escrita en prosa para sentirla, alcanzar la coexistencia. Hablo de la presencia del universo y sus componentes, la presencia tanto de la palabra como de los silencios; el silencio también dice y, por lo tanto, está presente. Es presencia. Dice Castelo Hidalgo:

Este respirar me lleva a la atención de las presencias, no puedo desprenderme de ninguna, las escucho con atención en la distancia de su imagen y conocimiento”. (poema II)

Para el autor no es solo una presencia; son las presencias, aquellas que, al merodear en conjunto, se vuelven una sola; están ahí, algunas veces como esa epifanía que señala Paz, con frecuencia semejante a la sonoridad de una letanía, pauses equidistantes que la aluden y la conforman. El poeta advierte las presencias y así su respiración se define y no puede desprenderse y las palpa y las escucha.

Valiéndose de oraciones extensas, por momentos desbocadas, colocadas de tal manera que nos hacen regresar a la letanía, Castelo Hidalgo permita que fluya la conciencia, se desdoble dentro del poema. En ese acto, las imágenes surgen con la fuerza expresiva que concede la retórica, el conocimiento del lenguaje literario que repercute en el proceso creativo. Así mismo lo propone el poeta mexicano Ernesto De la Peña:

Este flagelado, pinche dolor que yo te ofrezco,
esta endeble conciencia, este talento ido,
este recuerdo eterno de nuestras pequeñas, indóciles catástrofes,
esto que somos, fuimos”.
Obra reunida: Narrativa y poesía. CONACULTA. México, 2007, p. 295.)

En De la Peña el flujo de la conciencia se pudiera identificar por el uso de las reiteraciones, ese recurso destinado a enfatizar la expresión y señalar la propuesta de continuidad en el discurso, vinculación y pertenencia en el momento preciso de la revelación poética. Castelo Hidalgo señala: 

Como embudo iría a los extremos y el riesgo de desvariar para otros, la masa somos desde el principio de los tiempos, consciente de la disección de este texto, al leerlo me enseña su espejo libre, me pide tirarme al vacío detrás de sus letras” (poema XI)

Para el autor el flujo de la conciencia se identifica en esa enumeración aleatoria —en apariencia— de eventos, acciones, rumbos no específicos para dirigir los pasos. Para la poesía no existen laberintos que no conduzcan a un punto específico en el espacio. Todo fluye, todo forma un cauce dependiendo del cuerpo que lo surque. El desvarío surge por momentos, ese vacío posterior a las letras. 

El poeta mexicano Xavier Villaurrutia dice en aquel hermoso poema “Nocturno en que nada se oye”:

y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito
(Nostalgia de la muerte. La Orquídea Errante. México, 2013, p. 92.)

Insisto en la enumeración de elementos inconexos en apariencia, el propósito firme para encontrar ilación entre las expresiones, vínculo que una y solidifique el encuentro de la expresión sonora, singular y efectiva al momento de construir el poema. Inconexos en apariencia, sí. El poeta planea el rumbo de su discurso de manera única. Así surge la propuesta poética individual. Castelo Hidalgo señala:

Todo se me ofrece, debo decidir y arrojarme a la vida con la conciencia de quien desea trascender en el movimiento, aun con las flores, el cielo y el infierno, aun con la estupidez, el amor, aun con la máscara de un equivocado sentido”. (poema XVII)

El poeta tiene la palabra. La posee, dúctil materia que le permite definir los caminos del universo interior, la fuerza del viento, la altitud donde se deslizan como saetas los pájaros. El poeta busca la trascendencia en el movimiento, definición particular que el poeta le otorga al término y que puede interpretarse de varias maneras, según la experiencia de cada lector. Al final, la poesía propone lo que cada individuo dispone durante la lectura. 

La poeta mexicana Elsa Cross dice:

En el desierto del alma
caravanas de nubes.
La voz no alcanza a modular
sus frases aleatorias”. 
(Nadir. CONACULTA. México, 2010, p. 12)

Aquí la eclosión del yo interior, la revelación del universo dentro del cuerpo, el nacimiento. La poeta habla desde adentro, desde lo que es, desnudez no solo de vestidura sino de piel. El alma y la voz se originan desde adentro, desde el núcleo central que define las diferencias individuales. En un arrebato analítico, el desierto y las nubes dicen mucho sobre la falacia romántica que emparienta el entorno con el estado anímico de la voz poética. Dice Castelo Hidalgo:

Quiero ser la levedad para no huir, ahuyento lo cruel y me siento completo y me olvido de mí al proyectar la furia reconocida en el origen, en mí, pero sé despojarme de mortaja y tocar las uvas de la vida” (poema XXX)

Hablar desde adentro, dejar que el yo interior hable en el centro del foro es una manera honesta de concebir la poesía. Hablar desde el yo exterior funciona para señalar los eventos frente a los ojos, los elementos palpables, las entidades que transitan por los territorios del mundo, pero el poeta aquí se abre el pecho para que el lector contemple el arte visual en las paredes del museo interior.

Diario de un rostro es una oportunidad impostergable para conocer al autor, para entender el proceso de inhalar, exhalar y volver a inhalar frente a los signos de los tiempos como lo establece la estructura de la obra. El poema es ficción, no es posible definir al poeta por lo que escribe, pero resulta difícil romper esa dualidad cuando se percibe la sinceridad en esta propuesta poética.

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