Columna Revista

Una humilde nota desde el vacío

Por John Dávila

O la poesía tiene que ver con nuestra bestia interior
o con el reflejo de la bella grandeza del mundo.

Anónimo


Hace una semana, mientras intentaba enseñarle a una manzana quién manda en mi
cocina, me cortó el cuchillo pelador. Al examinarme hoy el dedo solo he notado la pálida
cicatriz, casi imperceptible, que tomó el lugar de la cortada: un recuerdo de mi torpeza y del
descuido. Me gustaría pensar que así son las memorias: ni fotos, ni cortometrajes, sino un eco,
una impresión que se cincela en uno. Nuestros maravillosos cuerpos autosustentadores se
vuelven, con los años, en museos andantes de las vivencias. Y al pensar en cuánto nos protege el
cuerpo de los dardos y los golpes de la fortuna cruel, hay que reconocer cuanto más nos protege
la mente.

A mi ver, no sería difícil concebir que la imaginación tiene— entre sus otras funciones
—la de ser el sistema inmunitario de la mente. Esto, pienso, va más allá de la autoafirmación
cotidiana, y, por eso, son insuficientes los términos de psique y ego. No hablo de lo que nos
podamos decir para justificar nuestros fracasos o para racionalizar oportunidades perdidas. La
imaginación crea un refugio en el que casi se podría vivir: la fantasía.

Obviamente me refiero a las obras de arte y el ensueño o trance concomitante que es
parte de su generación; ese espacio habitable perteneciente tanto al artista y al escritor como al
aficionado absorbido delante de una acuarela cautivadora y al lector de algún cuento portentoso.
Pero, a la vez, también me refiero a la fantasía que nos permite continuar creando, aun cuando el
resultado de hacerlo decepcione, o peor, nos lleve a un estado de desilusión más fuerte que las
frustraciones que atañen al proceso creativo.

Un extremo decepcionante es el que el artista/escritor manqué siente al ver que, sin los
admiradores que la vanidad de hasta el artista más humilde demanda, pasará desapercibido en el
vacío de los desconocidos y no descubiertos. ¿Qué mantendrá vivo entonces al poeta del vacío?
¿Al pintor de las tinieblas? ¿Al escultor del olvido sin sol y sombra? ¿Cuántas maromas hará la imaginación para salvarlos y cómo será la fantasía que viven? ¿Que el éxito, tal como lo entiendan, está por llegar? ¿Que van formando una noble crónica de la vida creativa? ¿Que la suya es una manía que no abandonarán nunca? ¿O que dentro de la búsqueda de reconocimiento habrá un versículo, una imagen o una obra que justifique todo esfuerzo?

Me imagino que las posibilidades serán tan variadas como variados son los soñadores, y
tendré que conformarme con terminar esta reflexión sugiriendo lo que podrán tener en común
esta especie de fantasías. Lo primero sería que todos esperan que lo que crean sea bien recibido.
Por lo tanto, decir “escribo para mi” no significa “escribo para que no me lean.” Y lo segundo,
que en el vacío, encandilado por la fantasía, no hay salida. La esperanza es como un listón o hilo
dorado que, sin soltarlo, guiará al creador por el laberinto interminable de quien desea ser artista,
de quien desea perdurar en la fantasía. La esperanza engendra esperanza. El hilo premia con
metro tras metro de hilo dorado y el juego del vacío continúa ad infinitum.

Quizá la fuerza de persistir sea lo más importante que nos regala la imaginación y un
atributo indispensable para el artista. Si en esta breve nota no me di el tiempo para hablar más
extensamente sobre lo que motiva al artista en general, o si el lector creador se ve o no
representado por este texto, por lo menos pude tratar un tema que veo levantar de cuando en
cuando su cabeza de dragón en los recónditos rincones de las redes sociales: la perspectiva y
ansiedad de los artistas que viven y fantasean en el vacío.

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Carlos Acosta
Carlos Acosta
1 year ago

Muy buen texto, de Santiago Daydi Tolson. Gracias por acercarlo a nosotros.

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