Columna: Notas de J. P. Dávila Ensayo Revista

El aburrimiento fértil: una nota sobre lo obvio

::: Habla la columna de esta semana de las virtudes generativas del clásico ocio digno.

por J. P. Dávila

La mejor medicina, a veces, es la más amarga. Después de años de llevar una vida sedentaria no encuentro actividad más latosa que dejar mi libro al lado para meter mi cabeza de morsa en un gimnasio y sudar. Pero me dicen que es importante cuidarse, que es casi una obligación moral no solamente por el bienestar de uno sino también para no incomodar ni preocupar a los demás. Por eso he pretendido dedicar este nuevo año a hacer lo que menos quiero hacer…por mi bien. Y en mi nuevo papel de autodisciplinario, encuentro que lo que más perplejo me deja es el aburrimiento. Bastante tinta se ha gastado en el efecto nocivo que pueda tener la tecnología y su estimulación constante sobre la capacidad de concentrarse y la memoria, y más todavía hablando del ennui o detallando las condiciones ideales—retiro, silencio ritual—que atienden a la creación artística.

No me culparán, me imagino, si gasto unas gotas más contándoles de mi compromiso de aburrirme diariamente con el enfoque de llegar al segundo punto ya mencionado, específicamente: cuando aquel aislamiento y el silencio fecundo se vuelvan el erial del aburrimiento.

No les sorprenderá que, como muchas personas atadas al mundo digital por gusto o necesidad, paso demasiado tiempo en la red. Es más, con un gobierno tan caprichoso, hay noticias, si uno sabe dónde encontrarlas, de nuevas barbaridades, invasiones ilegales, y violaciones de la constitución cada vez que nos asomamos al teléfono. Toma más tiempo todavía investigar críticamente por qué y cómo los EE.UU. se ha vuelto el villano en la escena global. No hay tiempo suficiente para vivir de doomscrolling, ni hablar de la cantidad de fruslería poco educativa con que pierdo el tiempo. Al final, decidí que debería guardar mi celular por la noche, después del trabajo. 

Al principio, sentí que iba a ser imposible llevar a cabo este nuevo castigo. El ser humano puede justificar cualquier cosa. Pensé en la virtud de estar disponible, al tanto por si hubiera alguna emergencia. Pensé en las noticias, en la posibilidad de que se acabe el mundo en la guerra nuclear, y, sobre todo, en el valor de mi ejercicio innecesario. Pronto se me despertó una compasión por los adictos a la red y por los místicos inmersos en la oscura noche del alma. Sentí que el gran espíritu de la creatividad me abandonaba, al retroceder escabulléndome. Por más que quería, no pude escribir. Sonaban en mi mente las discutibles palabras de John Berryman: “[…] ‘Ever to confess you’re bored / means you have no / Inner Resources.’ I conclude now I have no / inner resources, because I am heavy bored.” (The Dream Songs p. 14). Los primeros días fueron difíciles. Lo prohibido siempre se desea. Y para exacerbar esta batalla contra la tentación de prestar mi atención a cualquier cosa que me encontrara en Youtube, mi inhabilidad de escribir algo siquiera mediocre me hizo dudar de mi: ¿Es que tengo algo que valga la pena decir? 

Pasaron varios días de lucha contra la tentación y la duda—días de estar aburridísimo con la pluma en la mano y el cuaderno recién estrenado en blanco. No fue hasta que pasó una quincena que noté el más mínimo cambio—el aburrimiento empezó a transformarse de una preocupación con un deseo frustrado a un análisis de lo que me aburría: el sonido del reloj, la quietud y mi falta de inspiración. En algún momento, el aburrimiento se volvió reflexión, un reconocer esa magia del ocio de que habla Neruda en su poema “A callarse”: “tal vez no hacer nada una vez, / tal vez un gran silencio pueda / interrumpir esta tristeza, / este no entendernos jamás” (p. 28). Y aunque no se ha descubierto novedad ninguna en esta breve nota, reconozco, y vale la pena repetirlo, la importancia de aquel silencio/soledad/contemplación desde donde se crea la poesía. Es doblemente necesario reconocer que no sería posible cosechar poemas sin el fecundo aburrimiento. 

Bibliografía

Berryman, J. (2007). The Dream Songs. Farrar, Straus and Giroux. 

Neruda, P., & Reid, A. (2001). Extravagaria: A Bilingual Edition. Farrar, Straus and Giroux. 

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