::: Añádese este delicado cuento —tan finamente compuesto— al cuento de esta autora —igualmente gracioso y fino— publicado anteriormente en esta revista. Dos textos, éste y aquél de grata lectura.
Como estaba previsto, abordé el vuelo Madrid–Bruselas a las catorce horas. Una vez instalada en mi asiento, saqué del bolsón de viaje mi novela y me dispuse a pasar Las últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. No presté atención al joven que ocupó el asiento junto al mío hasta que con el cinturón de seguridad en las manos me preguntó:
—¿Cómo se amarra esto?
El chico era lindo como sólo se es a los… calculé veintidós años. Alto y flacucho con todo el verano en la piel y unos ojos de corzo. Camiseta Che Guevara, vaqueros, tenis bastante jodidones y una guitarra que la sobrecargo le requisó.
—La vamos a poner atrás y al final del vuelo la recoges—lo tranquilizó.
Volví a mi novela.
—¿Qué estás leyendo?
—Un libro que me obsequiaron—dije sin retirar la vista de la lectura.
—¿De dónde eres?
¡Mierda!, este pesado quiere platicar. Si fuera Robert Redford le hago cosquillas, pero este escuincle…
—Leo para dormirme —dije— y recargando la cabeza en el respaldo, cerré el libro y los ojos.
—Oye, habla conmigo. Viajé a España a dedo y trabajé todo el verano para pagar el regreso en avión. Es mi primera vez y siento curiosidad por la gente que vuela.
—¿Y cómo pensabas que es la gente que vuela?
—Pues así como tú.
—¿En tu país no se acostumbra hablar de usted a las personas mayores?
—¿Quieres que te hable de usted?
—¿Cómo es que hablas tan bien español?
–Mi madre española, llegó muy joven a trabajar como camarera en Bruselas y ahí conoció a mi padre. Un coup de foudre, se casaron y nunca volvieron a España. Ahora tienen una boulangerie. Maman siempre me cuenta cosas de su país y yo quería conocerlo.
—¿Y cómo la pasaste?
—Sólo estuve en Andalucía. En Marbella conseguí trabajo en un club de yates. Gente adinerada, ¿sabes? ¿Y tú a qué vas a Bruselas?
—Yo voy a México, sólo que es agosto y no conseguí vuelo directo. Tendré que pasar la noche en Bruselas.
—Un día yo voy a viajar a México, no voy a vivir siempre trabajando como mis padres. Ellos quieren que yo estudie hotelería pero yo, por ahora, estudio español y también guitarra en el Instituto Cervantes.
—¿Hay Instituto Cervantes en Bruselas?
—Oh, sí, y escuela de música.
—¿Que va a tomar?—le preguntó el hombre que pasaba el carrito de las bebidas.
—Pide lo que quieras, es cortesía de Sabena—lo animé al notar su indecisión.
Él una cerveza y yo un vino rojo, aligeraron las casi tres horas de vuelo.
El que ya para entonces se había identificado como Pierre, de veintitrés añitos, rescató su mochila y sin despedirse se integró a la fila de los que abandonaban el avión.
Orillado en el pasillo, con su guitarra al hombro, me esperaba para caminar hacia la salida.
—¿Dónde te vas a quedar esta noche?
—Tengo reservación en el Hotel Metropol.
—Eso es en el centro de Bruselas, ¿cómo vas a ir ahí?
—En taxi.
—El taxi es muy caro y la estación del Metro de Brouckere está frente a tu hotel.
La temperatura era ideal a las seis de una tarde preciosa.
—Si tú vas en Metro, yo te sigo y tú me indicas dónde debo bajarme.
La distancia resultó más larga de lo que pensé y los zapatos de tacón comenzaban a humillarme. Con solo la mochila en la espalda, la guitarra al hombro y las manos libres, en ningún momento Pierre se ofreció a ayudarme con el bolsón. Estaba comenzando a odiarlo.
Finalmente tomamos el Metro y después de un trayecto no demasiado largo bajamos en la estación De Brauckere, que como Pierre había ofrecido, estaba frente a mi hotel.
–Toda mi vida he pasado por aquí, pero nunca he entrado; ¿crees que puedo pasar a mirar?
—Pasa, eres mi invitado.
Mientras Pierre curioseaba sin disimulo, lo mismo a los huéspedes que a la exquisita decoración art–déco del vestíbulo, después de registrarme le ofrecí: ¿quieres subir?
Miraba todo a su paso y al llegar al cuarto palpó la tela del blanquísimo edredón, se sentó un momento en el pequeño y acojinado loveseat, abrió la puerta del baño…
—¿Me permites?
Me gustó su deslumbramiento juvenil cuando al salir del baño comentó:
—Uy, cuando yo les cuente a mis amigos que oriné en este hotel…
—Muy bien, pues ya orinaste, —dije, y lo encaminé hacia la puerta.
—Si tú pagas lo tuyo te invito a cenar.
—Gracias, estoy muy cansada.
—Estarás aquí sólo esta noche… ¿tienes algo mejor que hacer?
—Bueno, podría ir a algún lugar cercano…
—Diez minutos caminando está La Plaza de Armas. Moules–frites es el plato tradicional obligado.
—Siéntate, me arreglo un poco y nos vamos.
—Puedo dejar aquí mi guitarra y la recojo al regreso?
—Déjala, no hay problema.
Y allá fuimos, contagiados por la euforia que provoca el verano en los países fríos. Hombres, mujeres y niños desbordan las calles. Sonrisas, alegría y despreocupación… si no fuera porque los malditos zapatos me estaban matando. Imposible cambiarlos porque mi equipaje estaba etiquetado directo a México y en el bolsón sólo llevaba una piyama y el cepillo de dientes. Finalmente llegamos a la majestuosa Plaza de Armas que, iluminada, ganaba en esplendor.
Muy pronto, una joven y linda rubiecita nos ofreció apretujarnos en largos mesabancos compartidos con otras personas.
—¡Bon appetit! —saludó Pierre a la gente que ya ocupaba la mesa.
No había más elección que los enormes platos de mejillones en salsa de mantequilla y perejil, vino blanco muy fresco y el pan que era un prodigio. Hambrienta como estaba, todo me pareció el doble de bueno. Una segunda botella de vino para prolongar la conversación, y mis cuarenta años florecieron. Me sentía seductora.
—¿Quién fue el imbécil que dijo que los hombres debíamos mantener a las mujeres? —preguntó Pierre, poniendo los codos sobre la mesa.
—El mismo idiota que dijo que las mujeres debíamos lavarles los calzoncillos, respondí siguiendo el juego.
La conversación de Pierre era inteligente y amable.
—Estoy pensando que a lo mejor me gustan las mujeres que vuelan—dijo, mirándome con sus ojos de corzo, y recordé a Oliverio Girondo: Todo le puedo perdonar a una mujer, excepto que no sepa volar…
—¿Tocas en algún grupo?¿tienes novia?
Y él: —¿en qué trabajas?¿por qué viajas sola?
El regreso fue lento y disfrutable, los zapatos habían dejado de molestarme y entre risas y comentarios intrascendentes llegamos al hotel.
—La cena espléndida, tu compañía muy amable, me llevo un magnífico recuerdo de esta noche. Gracias por todo —me despedí afectuosa antes de entrar al cuarto.
—Pero debo recoger mi guitarra…
—Perdón, lo olvidé. Pasa.
—¿Puedo tocar algo? –preguntó una vez recuperado el instrumento.
—¡Lindo! —respondí y le ofrecí asiento.
—Pasé al baño, me quité los zapatos, el ligero saco de lino y me arreglé un poco el pelo, –¿estaba coqueteando? Ordené por teléfono una botella de vino rojo, y repatingada en el pequeño sofá, me dispuse a la velada musical.
Todo pasión, uno sólo con su guitarra, Pierre no era ya el joven mochilero. Era un artista que con dedos largos —los nudillos cubiertos de vello que rebelde, asomaba también por el cuello de la camiseta —pulsaba las cuerdas con destreza.
Living a Prayer, de Bon Jovi; Bohemian Rhapsody, de Queen; me iba informando entre una pieza y otra.
Entendí que tocabas guitarra clásica, comenté después de que con toda intensidad la emprendió con una rumba flamenca.
Me encogí un poco cuando, impulsivo, Pierre saltó de su sillón para sentarse junto a mí.
—Eres bastante ignorante si no reconoces a Paco de Lucía como un clásico—protestó, mientras como distraído, como sin darse cuenta, acarició suave, sensualmente mis pies, antes de volver a la guitarra con la dulzura de Aranjuez.
La música, el vino, la juventud de Pierre me habían encendido.
—Te felicito, esto es lo tuyo —dije levantándome con la secreta intención de… pues no sé, de que soltara la guitarra y…
Visiblemente desconcertado, soltó el instrumento y…
—Oh… je me excuse, je suis desolé—dijo; y se despidió.
¡Mierda!, ¿qué le pasó? Creo que lo asusté. ¿Debí quedarme quieta? Debí esperar… ¡Bah, es un chamaco tonto! Y así, en el reconcomio, pasé las pocas horas que faltaban para que amaneciera.
Tomaba el petit–dejéuner en el comedor del hotel cuando, con la camiseta ajada del día anterior, reapareció Pierre.
—Anoche olvidé mi guitarra —dijo— con una tímida sonrisa.
—Ya te la había dejado con el conserje. ¿Desayunas? —invité.
Antes de sentarse, su mirada curiosa recorrió el comedor.
—¿Café?—ofreció de inmediato el camarero.
—Sí por favor.
Con mucha mantequilla, montones de mermelada y maneras poco prolijas, devoró los croissants.
—Magnífico el concierto de ayer—comenté.
Desatendiendo el plato y mirándome a los ojos, preguntó:
—¿Conoces el síndrome de la escalera? Los franceses le llaman así al reconcomio por no haber dicho lo que querías decir. Desde que salí anoche, no dejo de recriminarme –¿Soy un idiota o qué? Debí haberte dicho… Tal vez debí haber hecho… pero no quiero quedarme con la duda… ¿Si te lo hubiera pedido, me hubieras aceptado en tu cama?
Pero ya la carroza se había vuelto calabaza.
—Los dos nos vamos a quedar con la duda—respondí.
Un cuento muy al estilo de Adela. Juguetón y sensual. Un deleite de lectura!