Columna: La Terraza Poesía Revista

Sobre “Los hombres viejos no escriben poesía”, de Arturo Castillo Alva

por Rebecca Bowman

::: Representa este texto una versión revisada de la presentación del libro de Arturo Castillo Alva en Tampico, el día 20 de febrero del 2026.                                                                                                            

Hay un tipo de artista plástico creador de mundos que, poco a poco, lentamente, agrega más y más detalles a un escenario hasta construir un universo creíble. A veces lo que resulta es fantástico o puede ser muy parecido a nuestra realidad. Pienso que debería existir un término literario, (quizá en alemán, Weltgeber,) “dador de mundos”, para hablar de este fenómeno en el arte, este crear paulatinamente un contexto que es y no es el mundo y que expresa la perspectiva particular de un individuo. Pensemos en las localidades muy particulares de García Márquez, de Faulkner, de Hardy y de Onetti y podremos ver cómo lo han logrado varios escritores. Entre los poetas que lo han hecho recuerdo a Dylan Thomas, a Robert Frost, a Edgar Lee Masters. Al leer su obra, entre poema y poema, empezamos a imaginar este mundo e incluso a ver nuestro propio mundo a partir de aquél. Esa capacidad de comunicarnos una perspectiva nueva la posee Arturo Castillo Alva. Al conocer a través de los años su poesía, su narrativa, su dramaturgia vamos encontrando un hilo común, una voz, una manera de expresar su realidad, un tono, una postura hacia el mundo y hacia sí mismo que es constante y necesaria.

 El Tampico/Ciudad Madero que ha creado Castillo Alva es como el Tampico de Gloria Gómez —otra poeta tampiqueña— que persiste en nuestra memoria, que incluso casi reemplaza al Tampico verdadero. Seré yo idealista, como Berkeley —no sé—, pero al crear estos mundos los autores agregan algo al mundo real. En este caso no existe el horror del espejo del que habla Borges, el de añadir más objetos al mundo, porque aquí no se siente horror sino una gran gratitud.

Temas recurrentes en esta colección son la memoria, el paso del tiempo, el legado que deja uno, el amor, la injusticia y, claro, la mortalidad. En este libro se dan instrucciones sobre cómo tomar, se describen los hábitos de los muertos, se pone a juicio un amorío.

Hablemos un poco del concepto de persona en la poesía, de aquella máscara que es un invento del poeta y no el poeta mismo. Además de construir un universo Castillo Alva ha creado una persona memorable, un personaje con la complejidad y vitalidad de un Hamlet, un Iago, un Sancho Panza. En este caso es un poco canijo pero siempre se le perdona, es un poco cobarde y desobligado pero de cualquier modo inspira respeto.

En este libro en particular ese personaje recuerda a individuos de su pasado pero lo hace desde el punto de vista de alguien ya entrado en años, alguien que supuestamente espera la muerte sentado en un sillón en su patio. La persona que crea en esta colección tiene las mismas características que la de sus poemas anteriores. El joven que aparece en sus primeros poemarios ya es mayor pero no ha aprendido mucho. Sigue igual de perezoso, de borracho, de mal amigo, de Lotario; y sin embargo hay un contrapunto entre estos defectos y muchas cualidades. El artista casi siempre anticipa lo que luego pasará y parece que prepara a los demás para lo que les espera. Difícilmente confrontamos nuestra mortalidad pero aquí sí se lo hace. Difícilmente confrontamos los errores de nuestro pasado pero no los evade; y rara vez volvemos a explorar el dolor de la pérdida de nuestros seres queridos pero aquí lo explora, y entonces el que aparentemente es cobarde se vuelve valiente, el que es supuestamente perezoso se ve persistente, y el qué se pinta como desobligado resulta ser alguien que toma una gran responsabilidad.

El mismo título del poemario exuda una cierta ironía y humor que permean el texto entero, una ironía que tiene un dejo de la que surgió entre los artistas de Europa del Este bajo los regímenes totalitarios; pero también hay momentos claros de denuncia y de un justificado, tremendo rencor. Arturo tiene algo de poeta confesional. La realidad a la que se refiere es una muy particular, muy de Tampico, muy de Ciudad Madero, llena de tristeza, de nostalgia, de belleza y de coraje. Castillo Alva pinta situaciones de la clase trabajadora que tal vez no se expresan muy seguido, pero lo que dice sobre lo regional es claramente universal. La nostalgia que él expresa es una nostalgia agridulce, llena de dolor pero también de jocosidad y gracia y de un aprecio hacia sus familiares, sus amigos y a las mujeres, incluso a los gatos.  Sí, crea un personaje un poco canijo, bastante falible, pero también pinta un mundo espléndido.

Castillo Alva es un poeta urbano. Sus textos rara vez describen la naturaleza sino que crean una colonia llena de personajes que interactúan entre sí.  En este poemario, por ejemplo, habla de un tío algo quizá excéntrico, habla de mujeres que ha conocido, de relaciones ya extintas, de su propia esposa, y sentimos cómo se va poblando esta comunidad de personajes muy vivos que ahora habitan nuestra realidad y hace que sintamos una cierta sensibilidad hacia los demás y un cierto aprecio hacia las personas que habitan su mundo; lo que fomenta una verdadera solidaridad. Este es un logro enorme. Considero a Arturo generalmente como poeta más que como narrador pero su talento de narrador hace que muchos de esos poemas cuenten historias que nos dejan absortos. Puedo recordar poemas que él escribió hace veinte años. Quedaron indelebles en mi memoria.  Ese es otro logro y por mucho que hable él como si no hubiese triunfado en este mundo está claro que lo ha hecho. La literatura permite que alguien deje huella y Arturo ha dejado huella.

     Dicen que la literatura debe de ser “dulce y útil”. Dulces, claro que son estos poemas pero también muy útiles para que nosotros vayamos pensando qué es lo que queremos de la vida, qué es lo que anticipamos, qué es lo que les debemos a la vida y a nuestros seres queridos. En mi mente hay un hombre sentado en un sillón en medio del patio con una copa en la mano. Esta imagen es una imagen que sale mucho en la literatura… no en el patio, claro, no en un jardín del puerto de Ciudad Madero pero es el hombre que contempla y piensa y recuerda y en este libro muy particular regresamos a ese tropo que va apareciendo siglo tras siglo en la literatura: el hombre que contempla su propia vida, que piensa en sus recuerdos, que busca significado. Al hacerlo con humor, con versos bellos y con una sensibilidad muy especial, Castillo Alva contribuye a ese cuerpo literario; y es bonito pensar que desde Tampico, desde Ciudad Madero, surja otra voz en esta tradición.

     No sólo he sido la editora de este libro sino que también traduje la poesía de Arturo para que el libro se publicara en versión bilingüe. Creo que es la primera vez que un texto suyo se vierte al inglés. Fue una tarea muy fácil porque era simplemente cuestión de tratar de crear la misma sensación en otro idioma y que tuviera un ritmo lírico que agradara en inglés. Los versos de Arturo fluyen, parecen casi sin artificio y sin embargo al verlos bien uno se percata de que hay muchísimo trabajo detrás. Es a veces más difícil hacer que algo se vea natural y sencillo que componer algo elaborado, pero así son los versos de Arturo. Me doy cuenta siempre de muchísimas técnicas literarias que él está usando pero de una manera casi instintiva: repeticiones, divagaciones, brincos repentinos, aliteraciones… Su poesía merece una mayor atención académica. Desafortunadamente tanto la crítica como el estudio académico a fondo ha ido disminuyendo con el tiempo. No hay tanto apoyo para estos proyectos. Ojalá algún estudioso indagara a fondo lo que está haciendo Arturo.

En Tamaulipas y nacionalmente sí ha recibido premio tras premio pero en el exterior casi no se lo conoce. Eso es un mal pero un mal entendible porque a Arturo le ha importado siempre mucho más escribir poesía que andarla diseminando. Es una verdadera vocación la suya. No le importa tanto la parafernalia de lo que algunos llaman el po business o sea el negocio de la poesía— las lecturas, entrevistas, conferencias y concursos y el reconocimiento somero de un artículo en el periódico— sino el proceso y lo que es realmente la esencia de la poesía. Ser persistente en este deber, en esta vocación década tras década es otro logro suyo. El poeta no es solo poeta al momento de escribir sino en la manera en que vive su vida, y eso lo ha hecho Arturo. La imagen del hombre ya viejo sentado en el patio de su casa refleja esta práctica.

Pienso nuevamente en el título de esta colección y en la mentira que cuenta una verdad que es la ficción, en la paradoja que implica usar la afirmación Los hombres viejos no escriben poesía para nombrar una colección de poemas contando el autor con más de setenta años. Juego serio es escribir. Más lo es en manos de un poeta dedicado. Y con esta autorreferencia juguetona con la que se principia la experiencia de leer este libro nos obliga a pensar constantemente en la función y la naturaleza de la poesía y si es que encajan estos textos con ellas. Los invito a que lean los poemas, a que vean su calidad y que decidan ustedes si coinciden con mi opinión de que estos textos son justos y necesarios.

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