Columna: Notas de J. P. Dávila Ensayo Revista

El trance poético del duermevela

por J. P. Dávila

::: Con su ya conocida habilidad crítica nuestro columnista explora en este ensayo un aspecto elusivo del proceso creativo en la literatura.

Quisiera recordar el nombre de la escritora cuyo ritual consistía en ubicar una cuenca de agua sobre su escritorio y prender una vela antes de deslizar los dedos sobre el teclado para componer una nueva obra. También quisiera tener la energía para contar cόmo los primeros autores de ditirambos se regocijaban y bebían antes de alcanzar el estado mental adecuado para escribir y ganar un concurso en los festivales poéticos. Pero no me extenderé, en esta breve introducción, sobre un punto con excesivas referencias históricas. Baste con decir que el ritual, incluso la búsqueda de estados alterados de conciencia, ha formado parte de la composición poética durante siglos. Es natural esperar, con los dedos cruzados, que alguna magia que potencie la creatividad pueda romper las barreras que nos impone lo cotidiano. Lo hicieron tanto los escritores automáticos del siglo XIX, que canalizaban la inspiración del reino espiritual, como sus contrapartes seculares que buscaban algún atisbo de significado en el subconsciente; y, sin duda, se seguirá haciendo una y otra vez, a medida que las personas busquen significado e inspiración en diversas técnicas y procedimientos, creyendo que de alguna manera el proceso creativo puede ser manipulado, superado, y que podemos dejarnos llevar por alguna fuerza externa hasta la obra terminada. Sin embargo, este deseo no debe tomarse a la ligera; hay algo de verdad en ello. Esta inclinación nuestra hacia el ritual, el subconsciente, el autodescubrimiento, la constancia, el hábito, la superstición, la embriaguez, los sueños lúcidos, la creatividad y la magia, todo ello conforma una gran zona gris en la intersección entre la preescritura y la escritura asistida. El tema de esta breve entrada resultará tan esquivo como cualquiera de los mencionados anteriormente. Me refiero a algo que se da entre la preescritura y la escritura asistida, y ocurre entre la vigilia y el sueño: el duermevela.

Aunque no dispongo de mucha más información que la personal y anecdótica, el estado de duermevela se produce entre la vigilia y el sueño, cuando el sujeto comienza a adormecerse. Si bien, desde el punto de vista neurológico, no puedo explicar lo que sucede cuando el escritor empieza a dormir, en este momento de transición, la pluma continúa moviéndose, al menos durante un breve lapso. Se pierde la coherencia y parece comenzar una especie de asociación libre. La pluma se desvía, escribiendo las últimas palabras legibles—si las hay—atravesando el margen. Todo esto ocurre mientras el escritor se despierta bruscamente, intentando descifrar las palabras garabateadas antes de tacharlas, releyendo para recuperar el hilo de sus pensamientos y seguir escribiendo todo el tiempo que sea posible. Podríamos considerar esta escritura onírica un ejemplo de preescritura, en el sentido de que no es un flujo de pensamientos premeditados ni intencionales. El escritor, en este estado, extrae material de las profundidades del sueño antes de que la mente pueda comprender lo que ha extraído. Del mismo modo, podríamos considerarlo un estilo de escritura asistida, ya que el poeta se encuentra en un espacio liminal entre el sueño y la conciencia, con la mente embriagada por los sueños.

“Nadie,” nos dice Ed Hirsch, “comprende del todo la relación en la poesía entre el trance y la técnica, entre los elementos conscientes e inconscientes.” Luego cita al poeta barroco jesuita Tommaso Ceva, quien afirma que “la poesía es ‘un sueño soñando en presencia de la razón’” (25-27). Esto parece un avance en el intento de describir el duermevela, ese acto de escritura interrumpido por la rebelión de la mente y el cuerpo contra la vigilia, esa alteridad inducida por el sueño. Esta interacción entre la intencionalidad y el propósito de quien escribe y la aleatoriedad disociativa del sueño constituye una ruptura singular que le permite al escritor onírico acceder a lo que de otro modo permanecería inalcanzable. Y si bien no puedo afirmar que el duermevela proporcione más o menos inspiración o material que otros tipos de trance poético que abordaré en mi nueva colección de ensayos titulada Frenesí poético: Habitado por la musa, sí afirmo que cualquier sombra, indicio o impresión de inspiración que se rescate del otro lado justifica y hace que valga la pena el viaje a esa zona gris, más allá de lo cotidiano y la vigilia.

Works Cited

Hirsch, E. How to read a poem: And fall in love with poetry. Harcourt Brace. (2000).

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