Cuento Revista

Nuestra Señora de las Mercedes (el prófugo)

Por Cuqui Vásquez

::: Reproduce este texto un cuento del libro digital “A decir verdad”, publicado por la Secretaría de Cultura de Coahuila. Declara la autora que los relatos reunidos en dicho libro son memorias e “historias de su barrio”.

 Después de la tormenta, el día amaneció espléndido. El sol brillaba en todo lo alto. Atareados, los gorriones reparaban sus nidos, golpeados por el vendaval de la noche anterior; hormigas arrieras se daban un festín con las hojas del nogal esparcidas por el suelo, huellas de vientos huracanados de los que no quedaba más que el recuerdo.

Como era mi costumbre, arrastré una silla del comedor, me subí en ella y alcancé el calendario que colgaba de un clavo en la pared. Disfrutaba de arrancar la hoja del día anterior y ver en la siguiente la fecha en que estábamos y a qué Santo correspondía: Nueve de Mayo, Nuestra Señora de las Mercedes, liberadora de los privados de la libertad.

De un salto ruidoso bajé de la silla pensando que pronto ya no me sería necesaria para alcanzar el calendario. Ese pensamiento me hizo sonreír.

Salí al patio y me encontré con mi abuela y su fiel ayudante, Virginia. Preparaban todo para hervir la ropa blanca, aprovechando el día soleado y un poco ventoso. Entre las dos, acarrearon leña, formaron un montículo y pusieron encima de éste un tripié de fierro en el cual sentaron una gran tina de zinc. Después de encender la hoguera, rebanaron con un cuchillo una barra de oloroso jabón blanco, como si fuera un queso, lo pusieron dentro de la tina y la llenaron de agua.

Mientras esperaban a que hirviera se ocuparon en separar la ropa que habían sacado de la casa en tres grandes canastos de mimbre. Las fundas de almohada y las camisas por un lado, las sábanas por otro.

Me senté cerca de ellas mientras jugueteaba con la hojita arrancada del calendario, con la intención de lanzarla a la hoguera. Adivinando mis pensamientos y sin voltear a verme, mi abuela me apartó con un firme ademán; aún así tuve tiempo de aventar el papelito, que cayó en las llamas retorciéndose como un gusano que cambió de color hasta convertirse en ceniza.

—Te he dicho mil veces que no te acerques a la lumbre. Si no sabes obedecer te irás dentro de la casa hasta que terminemos —dijo mi abuela, sacudiendo mi vestido que se había manchado con un poco de ceniza, —vas a oler a humo, —sonreí socarrona, el olor a humo me gustaba.

Ellas hacían buen equipo: la fuerza física de Virginia necesaria para tareas pesadas y el sabio liderazgo de mi abuela. Entre las dos, eran capaces de matar una gallina en segundos. Mientras Virginia la tomaba por el cuello y le daba tres vueltas en el aire, mi abuela la remataba de un hachazo certero.

—Ya hirvió suficiente, pongamos primero las fundas —dijo mi abuela y se dieron a la tarea, revolviendo con un tablón de madera el agua jabonosa, que empezaba a gorgotear y a esparcir gotitas quemantes.

En eso estaban cuando se escucharon gritos y ladrería de perros; Lobo nuestro pastor alemán que descansaba dormitando bajo el nogal, levantó la cabeza y enderezó las orejas olfateando el aire.

Quedamos las tres en suspenso para escuchar lo que pasaba. Un golpe seco nos hizo volver la cabeza. Muy cerca de nosotros, un hombre había saltado desde la barda del vecino hacia nuestro patio. Cayó hecho un ovillo ahogando un grito de dolor, se tocó el tobillo derecho.

Era un hombre muy joven, casi un niño, con el cabello cortado al rape y la cara con marcas de viruela. Portaba un sucio pantalón a rayas, descalzo y no traía camisa, estaba en los huesos.

Nos quedamos mirándolo un instante, mientras sus ojos desorbitados iban de aquí para allá nerviosamente buscando una salida por donde seguir su carrera. El sudor le escurría por la cara, respiraba agitadamente haciendo subir y bajar una rosa tatuada en su pecho del lado del corazón.

Mi abuela se plantó delante de mí para protegerme, Virginia se aferró al tablón de madera con las dos manos. Lobo, nuestro pastor alemán, se había acercado gruñendo y mostrando los colmillos al desconocido.

Los gritos y voces cada vez se escuchaban más cerca.

Mi abuela con un ademán detuvo a Lobo, dando un paso cauteloso hacia el muchacho.

—Acabo de escaparme de la cárcel, mi Madre está muy grave, va a morir, solo quiero verla —balbuceó el joven sosteniendo la mirada inquisitiva de mi abuela.

Las voces estaban justo del otro lado de la barda. Ella vaciló un instante, cruzó una mirada con Virginia y de un rápido movimiento entre las dos vaciaron los canastos de ropa. Con una seña le indicó que se sentara en el piso y lo cubrió con uno de los canastos. Me vi levantada en vilo y sentada encima.

Virginia acudió a abrir la puerta estremecida por el llamado de fuertes golpes; de paso tomó a Lobo de la correa y lo llevó con ella.

Mi abuela desató mis trenzas y con toda calma se puso a hurgar en mi cabeza buscando bichos imaginarios.

Entraron al patio dos policías exhaustos, —señora, buscamos a uno que se acaba de fugar —dijo el uniformado que parecía el jefe quitándose la gorra y secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Sí —dijo mi abuela con voz tranquila —vimos pasar a un hombre corriendo y brincando bardas, se fue hacia el río, rumbo al sur. —¿Está segura? —preguntó el policía —tan segura como le estoy viendo a usted —dijo sosteniéndole la mirada, más vale que se apuren, si no, ya no lo alcanzan.

Tranquilamente trenzó de nuevo mi cabello, despacio me bajó del canasto y finalmente descubrió al joven que no se atrevía ni a respirar.

—Anda, vete a ver a tu madre. Ya escuchaste, ellos se fueron hacia el sur.

Antes de retomar su huida un último grito de mi abuela lo hizo volver la cabeza —oye, llévate esto —lanzó una de las camisas blancas que hizo un giro en el aire y el joven la tomó con la mano izquierda, esbozó una tímida sonrisa de dientes disparejos y se despidió con un —¡Gracias jefita, la Virgen se lo pague!

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