Cuento Revista

El amor no cura todo

Por Carlos Ponce

::: Nos da mucho gusto presentar aquí un cuento característico de la producción de un narrador notable, miembro constante de Letras en la Frontera.

Llegó corriendo a su trabajo y apenas alcanzó el último estacionamiento disponible. Se bajó de su Toyota Corolla y apretando su portafolios, papeles y paraguas con sus brazos se dispuso a recorrer el tramo hasta su oficina lo más rápido posible. Varias veces se le cayeron papeles o se le deslizó alguna prenda de ropa y hubo de detenerse a recoger lo caído. Cuando llegó a la puerta puso todas sus prendas en el suelo para poder abrirla. Haciendo alarde de malabarismo volvió a cargar con sus chivas y al llegar a su oficina tuvo que repetir la maniobra de descargar su portafolios, abrigo, paraguas, guantes y lunch para poder buscar sus llaves y abrir la puerta. Adentro todo estaba como lo había dejado la semana pasada. Apenas había cargado con todas sus cosas cuando sonó el teléfono y hubo de descargar nuevamente. A Dios gracias ahora algunas cosas quedaron en el escritorio de Tina y no sería tan difícil repartirlas, pero una buena parte rodó, voló y cayó desparramada por la sucia oficina. A leguas se veía que Alex, el limpiador, había tenido otro de sus fines de semana largos. Por fin Tina alcanzó el teléfono y a duras penas alcanzó a entender que el Charles Harris estaba esperando el reporte que ella le había prometido a primera hora del lunes. Ya eran las nueve y veinte, cincuenta minutos después de la hora acordada, pero Tina se consoló sabiendo que el reporte estaba listo; no en balde había pasado las dos noches del fin de semana trabajando a marchas forzadas para acabarlo. Pero aun después de prometer llevárselo Tina tardó en encontrar algunas hojas y poner todo en orden, así que pasaron más de quince minutos hasta que llegó corriendo a la oficina del director con el informe completo, aunque con algunas manchas y un par de páginas arrugadas. Para entonces el cliente ya se había ido y Tina perdió su trabajo. Con lágrimas en los ojos llegó a su oficina y se dejó caer en su silla. No tenía ganas de hablar con nadie. Debía recoger sus pertenencias y abandonar el edificio en un par de horas. Nunca había visto al director tan irritado. Solo el sonido del teléfono la sacó de sus cavilaciones, contestó solo por reflejo. Era Manuel, “¿Qué te dije, Tina? Un poquito de amor tempranero no le hace mal a nadie, y cuando yo encuentre trabajo…”

0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Oldest
Newest Most Voted
0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x