Cuento Revista

Sin señales del frente

Por Ricardo José Gómez Tovar.


El topógrafo no podía creerlo. Durante la noche, en plena tregua de intercambio de fuego de mortero y balas impregnadas de miedo, alguien había borrado los límites que separaban las trincheras de ambos contendientes. Las alambradas se habían volatilizado, al igual que los estandartes que ostentaban el número y blasón de los regimientos, y junto a estos símbolos de demarcación territorial, los silbatos que instaban a la acción en el campo del honor no emitían sonido alguno, convertidos por ensalmo en inocentes juguetes infantiles. También los cascos, quepis, gorras y otros tocados militares habían desaparecido misteriosamente de ambos frentes, y otro tanto les había ocurrido a los uniformes. Un general con bigotillo puntiagudo y el gesto torcido salió de sus dependencias en ropa interior y avanzó hacia las trincheras vociferando:

—¡Pues aunque sea sin casco y en paños menores, los hombres saldrán a combatir!

—¿En qué dirección, señor? —preguntó el sargento Millet, un hombre de cara amable que, antes de enviar a sus semejantes a una muerte segura, trabajaba arreglando las maquinarias averiadas de los relojes que los habitantes de la localidad de St-Cyr-Sur-Mer depositaban en su taller.

El general lanzó un vistazo a su alrededor. Era cierto. Todas aquellas hondonadas excavadas en el gris paisaje de la región de Francia más próxima al Canal de La Mancha parecían ser el mismo páramo desolador. ¿Cuáles eran las líneas enemigas? ¿Hacia dónde debían avanzar?

—Pues está muy claro. ¿Es que no sabe usted orientarse, sargento? Hacia el nordeste, es decir, hacia allí…

—No estoy muy seguro de que aquello sea el nordeste, señor. Podría muy bien ser el noroeste.

—¡Traiga una brújula, entonces! ¿A qué espera?

—No hay ni una en todo el frente, señor. Han desaparecido. Al igual que todo lo demás… 

El general se puso rojo de cólera, lo que hizo resaltar aún más la blancura de su piel, que se descolgaba con apática flacidez por entre los pliegues de su ropa interior. A continuación, entró como un tornado en su tienda y salió con un mapa desplegado en las manos.

—¡Malditos insubordinados! Ésta es nuestra posición. Así pues, aquel montículo que se ve desde aquí tiene necesariamente que ser el enemigo. ¡Es pura lógica, Millet! ¿O es que ha perdido la cuerda de su sustancia gris? 

—Eso sería cierto si supiésemos en qué dirección debemos leer el mapa, señor —replicó tranquilamente Millet, haciendo caso omiso de las alusiones insultantes del general—. Usted lo interpreta mirando hacia aquel montículo, pero también podría examinarlo mirando en aquella otra dirección, junto a ese pequeño cerro, o hacia  aquella porción de nada que se divisa por allí; o tal vez mirando hacia aquella otra tierra baldía que le señalo con el dedo, señor…

—¡Maldita sea su verborrea, Millet! ¡Yo le mostraré dónde está el enemigo! Después, ya puede seguirme con sus hombres. ¡Y ay de quien no lo haga!   

El general apartó de un empujón al sargento y, rojo de ira, extrajo la pistola de su cartuchera. Entonces, lanzando un penetrante grito de guerra, se lanzó a correr a campo abierto mientras apretaba el gatillo de su arma. Ni un solo rastro de fuego salió de su cañón, que parecía estar atrofiado desde hacía décadas, en dirección al lugar impreciso donde lo apuntaba. Sin embargo, cuando los dedos presionaron el gatillo por quinta vez, el arma estalló inexplicablemente en la cara de quien lo empuñaba, causándole la muerte instantánea. A lo largo de aquel frente sin señales empezaron a producirse explosiones similares, pequeñas nubes de fuego y humo que precedieron a la caída al suelo enfangado de unos hombres empequeñecidos en la distancia hasta hacerse del tamaño de soldados de plomo. En ausencia de uniformes, aquellas autoritarias figuras sedientas de guerra que iban sucumbiendo por todo el territorio donde horas antes se combatía encarnizadamente se veían caracterizadas por su actitud arrogante, su desprecio por la vida humana, sus altisonantes condecoraciones ondeando ridículamente sobre la ropa interior y, especialmente, por el rictus de odio que les surcaba el rostro.

No hubo que esperar ni siquiera al amanecer para firmar el armisticio. Los generales, coroneles, mariscales y demás altos mandos caídos en combate fueron enterrados en la más absoluta discreción por grupos mixtos de soldados alemanes y franceses, todos ellos cubiertos por mantas y ropas de paisano, ante la recurrente ausencia de uniformes reglamentarios. Como no se entendían entre ellos, un profesor de Heidelberg propuso hablar en esperanto. El topógrafo fue el encargado de volver a trazar las fronteras desdibujadas. Mientras lo hacía, se alegró solo de pensar que ahora ya nadie dispararía contra sus semejantes agazapado desde detrás de aquellas líneas que siempre parecieron inamovibles, pero que habían resultado tan fáciles de difuminar. 

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Nacido en Madrid en 1969 y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Complutense. Traductor profesional. Autor del libro de relatos breves Micro—temáticos Toma 1 (publicado en Amazon Kindle, 2013). Finalista en los concursos “Historias de Londres”, “Relatos en cadena”, “Microcrímenes Falsaria” (2012), y seleccionado en la VIII edición del Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2013 con el relato “Los pasos de Byron” y el IV Certamen de Microrrelatos de Cine "Arvikis—Dragonfly" con la obra “Personajes saliendo del negativo”. Autor finalista en la antología de relatos inspirados en la I Guerra Mundial Alambre de Letras, publicada por Neonauta Ediciones (2014), con la obra “El hombre que vivió un instante de dos guerras”, y en el II Certamen de Creación Literaria “Letras en La Frontera” (San Antonio, Texas, 2014) con la obra “El sino de las palabras habladas”. Premio del Público en el Concurso de Relatos Antirracistas “la Ciudad de las Mil Culturas”, convocado por SOS Racismo Madrid, por el relato “Las hojas secas de Karone” (2016).

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