{"id":19138,"date":"2024-05-06T18:26:47","date_gmt":"2024-05-06T18:26:47","guid":{"rendered":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/?p=19138"},"modified":"2024-05-06T18:37:28","modified_gmt":"2024-05-06T18:37:28","slug":"bianca","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/2024\/05\/06\/bianca\/","title":{"rendered":"Bianca"},"content":{"rendered":"\n<p>Por \u00c1lvaro S\u00e1nchez Ortiz<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-justify\">La verdad es que no me entusiasmaba entrevistar al anciano. \u00bfC\u00f3mo iba a forjar una carrera en el competitivo mundo del periodismo, a tener mi propia columna y a hacer reportajes ganadores de premios si en vez de asignarme una entrevista dif\u00edcil o la cr\u00f3nica de un desastre notorio mi editor me enviaba a platicar con un viejo en un asilo? \u201cDice que tiene una historia que debe contar antes de morir\u201d, eso fue todo lo que me dijo.<br>No hay m\u00e1s remedio. Es cosa de encender la grabadora y fingir que pongo atenci\u00f3n. Y luego, a teclear hasta alcanzar el n\u00famero de palabras requerido, para que los lectores dominicales puedan almorzar acompa\u00f1ados de un relato llamativo y sin sustancia.<br>Al menos el asilo no era un lugar deprimente. Despu\u00e9s de la reja hab\u00eda un largo camino escoltado por \u00e1rboles. Atardec\u00eda, y las largas sombras de oto\u00f1o y el crujir de las hojas secas bajo mis pies me causaron, a mi pesar, una sensaci\u00f3n agridulce, como si alguien tensara mi pecho para extraer de \u00e9l una larga nota solitaria. Yo iba a lo que iba y no estaba para instantes po\u00e9ticos.<br>Entr\u00e9 a un cuartito com\u00fan, donde me esperaba un anciano com\u00fan: algunos dientes faltantes, casi calvo, ojos chiquillos e infantiles, y una voz que galleaba una vez s\u00ed y dos tambi\u00e9n; daba la impresi\u00f3n de una marioneta olvidada en aquella habitaci\u00f3n por un titiritero de hace sesenta a\u00f1os.<br>No quer\u00eda perder tiempo, as\u00ed que obvi\u00e9 los antecedentes y las preguntas de calentamiento. Ignor\u00e9 ol\u00edmpicamente la creaci\u00f3n de empat\u00eda y fui directo al grano: el tipo ten\u00eda una historia y yo necesitaba o\u00edrla. \u201c\u00a1Hable ya!, fuerte y hacia la grabadora\u2026 \u00a1No la toqu\u00e9, no es un juguete!\u2026 Hable\u201d.<br>\u201cCuando yo era joven\u2026\u201d, \u00a1hace sesenta a\u00f1os! \u201cTen\u00edamos un tocadiscos en mi casa\u2026\u201d, gran cosa, yo tengo 1,500 canciones en una memoria. \u201cUn disco muy raro\u2026\u201d, s\u00ed, muy bien, \u00bfy luego? \u201cUn d\u00eda\u2026\u201d.<br>Cuando termin\u00f3, estaba tan asombrado por el relato que acababa de escuchar, que fue \u00e9l quien tuvo que recordarme que deb\u00eda detener la grabaci\u00f3n. Abrac\u00e9 al pobre anciano, tom\u00e9 mis cosas sin poder decir nada y me fui, tratando de coordinar mis pasos, de volver a la realidad. Sal\u00ed al camino arbolado. Hac\u00eda fr\u00edo. En la oscuridad, los \u00e1rboles asemejaban sombr\u00edos guardianes. Camin\u00e9 entre ellos como un espectro, sintiendo en mis mejillas alguna l\u00e1grima que se secaba al viento. Me costaba trabajo recuperar el sentido pedestre de la realidad; todo me parec\u00eda escenogr\u00e1fico, insustancial, hechizado.<br>Durante el camino de regreso estuve taciturno en el transporte p\u00fablico. Luego, ya en casa, me sent\u00e9 a escribir la historia que acababa de escuchar; no hubiera podido dormir sin haberla desahogado en palabras. Termin\u00e9 poco antes del amanecer. Me prepar\u00e9 caf\u00e9 y un s\u00e1ndwich de jam\u00f3n. Luego me ba\u00f1\u00e9 y decid\u00ed leer la historia antes de entreg\u00e1rsela a mi editor.<br>Cuando \u00e9l era joven, a inicios de los sesenta, y estudiaba derecho en la capital, habitaba la parte alta de una casa de hu\u00e9spedes (sus padres y sus hermanas viv\u00edan en provincia, en la casona familiar). Su estilo de vida era m\u00e1s bien frugal, salvo por su \u00fanica posesi\u00f3n de lujo: un tocadiscos de gabinete, un equipo de alta fidelidad en el que reproduc\u00eda la m\u00fasica cl\u00e1sica que, en esos a\u00f1os, viv\u00eda el esplendor del est\u00e9reo, la alta fidelidad y los directores e int\u00e9rpretes legendarios.<br>O\u00eda una y otra vez arias de \u00f3pera, su g\u00e9nero favorito, durante las largas horas de estudio. Cuando escuchaba aquellas melod\u00edas et\u00e9reas, cerraba los ojos y se imaginaba a s\u00ed mismo como protagonista de los argumentos, que hab\u00eda memorizado di\u00e1logo por di\u00e1logo; era Don Giovanni, Calaf, Alfredo y Rodolfo, y amaba a Do\u00f1a Ana, a Turandot, a Violeta y a Mim\u00ed con apasionamiento y dolor. \u00c9se era su mayor gozo. Un gozo solitario, pues los otros dos estudiantes de la casa y sus anfitriones no compart\u00edan su meloman\u00eda y se alegraban de que el loco y su m\u00fasica se quedaran bien aislados en el \u00e1tico.<br>Como asist\u00eda a la universidad en el turno vespertino, por una elecci\u00f3n acorde a sus h\u00e1bitos, sol\u00eda pasar buena parte de la ma\u00f1ana solo, mientras los dem\u00e1s se iban y la due\u00f1a de la casa y sus criadas sal\u00edan a hacer las compras para la comida. Esto le permit\u00eda estudiar sin interrupciones y erosionar gozosamente sus discos de vinil.<br>Eso s\u00ed, no hab\u00eda d\u00eda en que no lo interrumpieran los m\u00faltiples vendedores que anunciaban a gritos sus productos al pasar por la calle. Peor a\u00fan, algunos utilizaban silbatos, tambores, chiflidos casi altisonantes y hasta matracas.<br>Un d\u00eda, lo que escuch\u00f3 no fueron merolicos sino unos graznidos bastante desagradables. Tuvo que abrir los ojos y abandonar el sal\u00f3n de Violetta Valery, donde tan a gusto estaba brindando. Como los cuervos eran algo muy raro en plena ciudad y como era imposible continuar escuchando La traviata, decidi\u00f3 salir y azuzarlos para que se fueran.<br>Baj\u00f3 desde el \u00e1tico y abri\u00f3 el pesado zagu\u00e1n de hierro que separaba la casa de hu\u00e9spedes del exterior. Ya afuera, trat\u00f3 de ver a los cuervos en alguno de los \u00e1rboles del camell\u00f3n, pero no logr\u00f3 detectar a ninguno. De hecho, no hab\u00eda nadie en la calle. Y la mera idea de salir a buscar cuervos parec\u00eda absurda.<br>Un arbusto cercano sacudi\u00f3 sus hojas y un enorme perro negro de ojos melanc\u00f3licos (por los p\u00e1rpados escurridos) se le acerc\u00f3 a paso lento. No gru\u00f1\u00eda, pero su presencia lo perturbaba.<br>Se dio la vuelta para alejarse del perro y volver a sus estudios, y se encontr\u00f3 con que una carreta enorme bloqueaba la entrada de la casa. No estaba cuando sali\u00f3 y era imposible que hubiera rodado hasta all\u00ed sin que se diera cuenta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-justify\">Sobre la carreta, en una especie de tarima de madera, un huesudo violinista de puntiagudos bigotes, vestido como el jefe de pista de un circo fam\u00e9lico, alz\u00f3 su instrumento sin mediar palabra y comenz\u00f3 a  acerlo chirriar. Se retorc\u00eda de tal manera al ejecutar la pieza, que parec\u00eda tener articulaciones donde no deber\u00eda haberlas. Para marcar el ritmo, zapateaba con furia sobre la vieja madera.<br>Entonces, el joven reflexion\u00f3 que, si bien todav\u00eda era posible encontrar carretas en plena capital en 1964, los p\u00e1jaros negros, los perros y los violinistas delgados suelen asociarse a un mismo personaje; que estaba completamente solo con aquel sujeto; y que, si bien pod\u00eda intentar rodear la carreta con presteza, no estaba seguro de poder guarecerse en su casa a tiempo. Se enfrentaba al diablo o a un teporocho psicod\u00e9lico y, en cualquiera de los dos casos, no se trataba de un encuentro afortunado.<br>El extra\u00f1o termin\u00f3 de torturar al viol\u00edn y lo salud\u00f3 hablando con un acento cuya procedencia no pudo identificar. Luego baj\u00f3 de un salto de su singular carreta. En ese momento, al viejo, que entonces era joven, le pareci\u00f3 ver a una muchacha con cara de tristeza, vestida a un estilo decididamente anacr\u00f3nico, sentada en el interior del transporte. La mir\u00f3 a los ojos, y vio en ellos una s\u00faplica silenciosa. El violinista pareci\u00f3 darse cuenta de que lograba verla, pues se plant\u00f3 enfrente de \u00e9l, obstruyendo su perspectiva, y repiti\u00f3 el saludo.<br>El joven musit\u00f3 alguna cortes\u00eda sin siquiera mirarlo y dio un paso a un lado. La mujer ya no estaba, s\u00f3lo hab\u00eda un mont\u00f3n de cachivaches dentro de la carreta: libros viejos, una mu\u00f1eca que daba miedo, una capa ra\u00edda, una foca de cer\u00e1mica sin una aleta. La muchacha con cara de tristeza no aparec\u00eda por ning\u00fan lado, y el joven supuso que hab\u00eda alucinado a la protagonista de la \u00f3pera que hab\u00eda estado escuchando.<br>El extra\u00f1o le dijo que vend\u00eda productos antiguos, y ofreci\u00f3 mostrarl su repertorio. Antes de que el muchacho pudiera contestar, el bigot\u00f3n se puso a extraer art\u00edculos de la carreta y a ponerlos sobre la tarima: una figura de yeso pintado que representaba a su padre completamente embriagado, un portarretratos con una foto de la vecina desnuda sobre una piel de oso, unos guantes capaces de mantener las manos calientes a condici\u00f3n de nunca tocar a nadie, unos lentes hechos de un vidrio muy raro que el vendedor aseguraba permit\u00edan ver hasta los defectos m\u00e1s ocultos de los dem\u00e1s \u2013y ser completamente ciego a sus necesidades, etc. Cualquiera de ellos pod\u00eda ser suyo.<br>El joven, que apenas pod\u00eda sostenerse en sus piernas despu\u00e9s de constatar lo perturbador de aquel cat\u00e1logo, adujo que no ten\u00eda dinero. Entonces, el violinista, cuyo instrumento hab\u00eda desaparecido, le ofreci\u00f3 entregarle cualquiera de ellos, incluso dos, si el muchacho le entregaba una cruz de plata que llevaba al cuello. Quer\u00eda hacerle ese favor, pues aquella chucher\u00eda no se ve\u00eda nada bien en su cuello aristocr\u00e1tico.<br>El muchacho estuvo a punto de salir corriendo, pues comprend\u00eda las implicaciones de la transacci\u00f3n propuesta. Dijo que quer\u00eda examinar bien la mercanc\u00eda, pero disimuladamente pas\u00f3 su mirada por la mercanc\u00eda, buscando algo que le sirviera de arma. Not\u00f3 un disco y, aunque no era un momento apropiado, le gan\u00f3 su afici\u00f3n incurable y lo tom\u00f3 para leer la etiqueta (al parecer, el estuche de cart\u00f3n se hab\u00eda perdido).<br>Era de \u00f3pera: el aria \u201cLibera me\u201d, para soprano y orquesta, de una obra titulada Bianca, que jam\u00e1s hab\u00eda o\u00eddo mencionar ni al m\u00e1s conocedor de los mel\u00f3manos. Ten\u00eda fecha de 1914. No se inclu\u00edan el nombre de la soprano, ni de la orquesta ni del director, pero s\u00ed se distingu\u00eda el grabado de una silueta femenina que coincid\u00eda en todo con el perfil de la joven triste que hab\u00eda visto antes. Pregunt\u00f3 al flaco de flacos bigotes cu\u00e1nto ped\u00eda por el disco. Por \u00fanica respuesta, el tipo hizo una mueca de disgusto y ladr\u00f3, que no dijo, que ese art\u00edculo no estaba a la venta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-justify\">En eso, sonaron las campanas anunciando el rezo del Angelus de mediod\u00eda, y ante los ojos at\u00f3nitos del amante de la \u00f3pera, el due\u00f1o de aquella carreta tan desconcertante se convirti\u00f3 en una v\u00edbora amarilla de ojos rojos que se retorc\u00eda como si la atenazaran con fuego. Armado de un valor que nunca antes hab\u00eda tenido, tom\u00f3 el disco \u2013y vio que los dem\u00e1s productos se hab\u00edan transformado en alacranes, ara\u00f1as y otras miles de alima\u00f1as; esquiv\u00f3 a la v\u00edbora, que le lanzaba furiosas mordidas; y alcanz\u00f3 el port\u00f3n de su casa. Justo al cerrarlo, la serpiente se lanz\u00f3 sobre su pie, pero alcanz\u00f3 a cerrar el port\u00f3n con tan buena suerte, que decapit\u00f3 al reptil. Temblando de excitaci\u00f3n y de miedo, agarr\u00f3 la cabeza con un trapo y la arroj\u00f3 fuera de la casa.<br>Despu\u00e9s de recuperar el aliento, abri\u00f3 de nuevo y se asom\u00f3 a la calle. Ya no estaba la carreta, ni el violinista chirriador, ni el cuerpo ni la cabeza de la v\u00edbora. Tambi\u00e9n hab\u00edan cesado las campanas. Se sent\u00f3 en la acera, sintiendo que las sienes le explotaban, y bes\u00f3 la cruz de plata que le regal\u00f3 su madre el d\u00eda de su primera comuni\u00f3n. Luego contempl\u00f3 la silueta de la joven en el disco y volvi\u00f3 a entrar a su hogar.<br>Coloc\u00f3 el vinil en el tocadiscos y lo primero que escuch\u00f3 fue un celestial sonido de cuerdas glissando. Luego apareci\u00f3 una voz femenina y cerr\u00f3 los ojos.<br>La vio con el mismo vestido que tra\u00eda en la carreta. Pero ya no estaba triste, sino que sonre\u00eda sentada en un columpio montado en un quiosco de m\u00e1rmol que presid\u00eda un jard\u00edn exquisito, cuyo follaje reluc\u00eda como la esmeralda. Le pidi\u00f3 que se acercara y le agradeci\u00f3 que la liberara de aquel personaje tan desagradable. \u00c9l tom\u00f3 sus manos y la mir\u00f3 a los ojos. No hac\u00eda falta que se dijeran que se amaban, ni siquiera necesitaban besarse, aquello era la intimidad m\u00e1s plena y a la vez m\u00e1s pura. Ella le dijo que podr\u00edan verse siempre que \u00e9l reprodujera el disco en el fon\u00f3grafo, pero que s\u00f3lo deber\u00eda hacerlo una vez al d\u00eda. El aria termin\u00f3 y el chirrido de la aguja devolvi\u00f3 al joven a la realidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-justify\">Al siguiente d\u00eda se repiti\u00f3 el prodigio: la mujer volvi\u00f3 a aparecer al tocar \u201cLibera me\u201d en el tocadiscos. Y a la jornada siguiente, tambi\u00e9n. El muchacho apenas pod\u00eda concentrarse en sus estudios, atender a sus amigos, comer, pues pasaba veintitr\u00e9s horas al d\u00eda anhelando aquellos siete minutos de felicidad pura que lo esperaban en los negros surcos de un disco que no deber\u00eda existir.<br>Hablaron mucho, siempre en el mismo lugar del columpio de m\u00e1rmol. Ella le agradeci\u00f3 con l\u00e1grimas el haberla salvado y, por primera vez, aquel muchacho se sinti\u00f3 hombre. Tambi\u00e9n le hizo mil preguntas sobre su mundo \u2013que para ella era el mundo de cincuenta a\u00f1os en el futuro. \u00c9l, por su parte fue conociendo su historia gradualmente , a pesar de la reticencia y la vaguedad con que ella tra\u00eda al presente sus recuerdos.<br>Hab\u00eda sido joven, bella y gr\u00e1cil. Su talento vocal y su belleza conquistaban cada escenario que pisaba, as\u00ed que ascend\u00eda vertiginosamente de los foros m\u00e1s humildes a los espacios consagrados. Sin embargo, no supo apreciar los dones que hab\u00eda recibido y se volvi\u00f3 altanera; sus caprichos y su despotismo se volvieron tan notorios como su talento. Un d\u00eda lleg\u00f3 el extra\u00f1o, le prometi\u00f3 alcanzar cumbres a la medida de su ambici\u00f3n, le propuso un trato nefando y ella acept\u00f3.<br>\u00c9l, por supuesto, no cumpli\u00f3 nada de lo que le hab\u00eda ofrecido y la encerr\u00f3 en aquel disco. Hab\u00edan pasado muchos a\u00f1os en los que s\u00f3lo las oraciones de su familia, que la cre\u00eda desaparecida o muerta, la hab\u00edan salvado de la perdici\u00f3n total. Por esas plegarias es que \u00e9l hab\u00eda podido verla. De no haberla ayudado, al morir el \u00faltimo de sus familiares, se hubiera desplomado en la desgracia eterna.<br>En el mundo no quedaba de ella m\u00e1s que una oscura referencia a una joven y temperamental soprano, la cual, habiendo brillado en los salones porfirianos, despareci\u00f3 sin dejar huella en los a\u00f1os aciagos de la conflagraci\u00f3n revolucionaria.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-justify\">Al hombre la pareci\u00f3 que ella no le hab\u00eda contado toda la historia, y ten\u00eda raz\u00f3n. Fue hasta despu\u00e9s que \u00e9l dedujo que ella segu\u00eda cautiva y la oblig\u00f3 a decirle lo que ya present\u00eda: para liberarla totalmente y permitirle ingresar en la felicidad inefable, era necesario destruir el disco, lo cual implicaba que jam\u00e1s volver\u00edan a verse en este mundo.<br>Pas\u00f3 d\u00edas de agon\u00eda: tomaba el disco en sus manos, pero no se atrev\u00eda a romperlo, tampoco lo escuchaba. El dolor que sinti\u00f3 fue la segunda confirmaci\u00f3n de que ya era un hombre. Rez\u00f3, s\u00f3lo para descubrir que a veces lo m\u00e1s sabio que hace Dios es ocultarse. Se recrimin\u00f3 su falta de compasi\u00f3n para, acto seguido, regodearse en el pensamiento de o\u00edr el disco durante d\u00e9cadas y seguir disfrutando de la compa\u00f1\u00eda de su adorada prisionera.<br>Su dilema afect\u00f3 su salud. Era delgado, pero ahora se ve\u00eda demacrado y una arruga prematura entre los ojos imprim\u00eda en su gesto un trazo hosco. Dorm\u00eda mal y com\u00eda peor, sin que sus profesores o sus amigos pudieran hacer algo por \u00e9l. La due\u00f1a de la casa de hu\u00e9spedes mand\u00f3 traer un doctor y llam\u00f3 a sus familiares en provincia. Acordaron que una de sus hermanas vendr\u00eda en un par de d\u00edas para constatar su malestar y disponer lo que deber\u00eda hacerse.<br>Decantado por el ego\u00edsmo, el joven se dispuso a escuchar el disco con el prop\u00f3sito expl\u00edcito de decirle a la joven que nunca destruir\u00eda su prisi\u00f3n y que hab\u00eda llegado el momento de que lo complaciera. El Cielo tuvo piedad de \u00e9l a Su manera: ninguna mano descendi\u00f3 de lo alto, sino que una bandada de mariposas blancas cruz\u00f3 frente a la ventanilla del \u00e1tico; un alegre caos de blancura y alegr\u00eda lo interpelaba a su manera. \u00c9l record\u00f3 el nombre de la \u00f3pera inexistente: Bianca. Abri\u00f3 la ventanilla, arroj\u00f3 el disco al pavimento de la calle con todas sus fuerzas y se fue a llorar en el hombro de Dios bajo un \u00e1rbol, tal como lo hice yo, sesenta a\u00f1os despu\u00e9s, luego de escuchar su historia.<br>Uno de los momentos m\u00e1s tristes de su vida \u2013me dijo\u2013, fue el que pas\u00f3 recogiendo los pedazos del disco para tirarlos antes de que llegara su hermana. Despu\u00e9s de eso, durmi\u00f3 todo lo que no hab\u00eda dormido en semanas y recobr\u00f3 la serenidad. Para cuando lleg\u00f3 la hermana, ya iba en franca mejor\u00eda. Y ella dictamin\u00f3 que, si bien hab\u00eda estado enfermo, la due\u00f1a de la casa de hu\u00e9spedes era una exagerada, y se volvi\u00f3 a la casona familiar.<br>Me mir\u00f3 con sus ojillos inquietos.<br>\u2013Est\u00e1 usted triste. \u2013Me dijo.<br>\u00bfC\u00f3mo no iba a estarlo? Sacrificar por propia mano la felicidad en la flor de la juventud era como para ver las cosas negras el resto de la vida.<br>\u00c9l tambi\u00e9n lo hab\u00eda pensado as\u00ed. Al principio, la hab\u00eda extra\u00f1ado y hab\u00eda llorado mucho. Luego, su llanto se sec\u00f3 y se convirti\u00f3 en ira por la injusticia que se hab\u00eda cometido contra \u00e9l, d\u00e1ndole como premio un anhelo irrealizable a cambio de su valiente acto de caridad. Despu\u00e9s, hab\u00eda que ser honestos, se hab\u00eda olvidado del asunto, absorbido por su profesi\u00f3n. Aunque nunca la olvid\u00f3 del todo.<br>Al fin, despu\u00e9s de seis d\u00e9cadas, hab\u00eda comprendido: as\u00ed como \u00e9l la hab\u00eda liberado, ella lo liberar\u00eda a \u00e9l. Estaba seguro de que pronto entrar\u00eda una mariposa blanca por su ventana y romper\u00eda las cadenas de su propia cautividad, esas cadenas hechas de enfermedad y olvido. La ventana de su cuarto actual era igual de peque\u00f1a que la de la casa de hu\u00e9spedes, as\u00ed que ella encontrar\u00eda la manera de entrar. Sonre\u00eda al decirlo, y lo cre\u00eda tan firmemente como que sale el Sol cada ma\u00f1ana.<br>Mi editor no quiso publicar la historia, dijo que era sentimentalista \u2013tear jerker la llam\u00f3 \u00e9l, que ten\u00eda la man\u00eda de insertar palabras en ingl\u00e9s en su habla cada vez que pod\u00eda\u2013, que nuestro peri\u00f3dico era laico y moderno, no s\u00f3lo moderno, sino posmoderno, que mejor la hubiera impreso en papel reciclado para aminorar el desperdicio, y que ese viejo loco no nos iba a estafar para que public\u00e1ramos una alucinaci\u00f3n de hace sesenta a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Fui a comunicarle al viejo que su historia quedar\u00eda oculta. Cuando llegu\u00e9 y vi el autom\u00f3vil funerario, supe que se trataba de \u00e9l. No llor\u00e9, sonre\u00ed. Y con esa sonrisa vi venir por el camino arbolado una camilla con su cuerpo cubierto por una s\u00e1bana. La empujaba un enfermero a quien reconoc\u00ed de mi visita anterior.<br>Le pregunt\u00e9 si era \u00e9l quien lo hab\u00eda encontrado y me respondi\u00f3 afirmativamente. Le puse la mano en el hombro y mir\u00e1ndolo a los ojos, le dije:<br>\u2013Voy a hacerle una pregunta y, por favor, aseg\u00farese muy bien antes de contestar. Cuando<br>lo encontr\u00f3, \u00bfvio una mariposa blanca?<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por \u00c1lvaro S\u00e1nchez Ortiz La verdad es que no me entusiasmaba entrevistar al anciano. \u00bfC\u00f3mo iba a forjar una carrera en el competitivo&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":4790,"featured_media":19139,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[154,209],"tags":[234],"coauthors":[],"class_list":["post-19138","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cuento","category-revista","tag-cuento"],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/pexels-izabrella-953477.jpg","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/19138","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/4790"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=19138"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/19138\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":19140,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/19138\/revisions\/19140"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/19139"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=19138"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=19138"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=19138"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/letrasenlafrontera.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/coauthors?post=19138"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}