Cuento Revista

El joven que se quedó sin sombra

Por Álvaro Sánchez Ortiz.

Estaba prohibido ir al lago, pescar en el lago. Era cosa mala. Y si la hierba de la inquietud crecía en el pecho y apretaba el corazón, había que arrancársela al muchacho. Había que llevarlo con Kanuma, la mamá vieja, la sabia, para que se la quitara, no jalando, porque así lastima, sino como desenredando, como zafando de a poco, y luego echarla lejos, para que se secara.

Pero Pedro, su nombre de cristiano, dejó crecer la hierba, la dejó alimentarse de su sangre. Ansiaba ir al lago, lo veía en sueños. Y si la enredadera de la inquietud, que ya le había crecido mucho, se le quería salir por la boca, la mordía, para que nadie se enterara, para que nadie supiera.

Y un día fue al lago, día brillante, sin augurios, con el sol blanco, potente, poniéndole a todo su traje de fiesta, cuando parece que todo tiene un vidrio enfrente, y que no se puede tocar. 

Pescó mucho Pepe, truchas, más de dos docenas pescó. Y todas las asó para sus amigos, con cerveza se las dio. Las asó en una parrilla junto al río y se las ofreció, porque sabía que el hambre no rechaza invitaciones. Y se pagaba con sus risas. Le decían amigo, y él se lo creía. Siempre se cree lo que se quiere creer. Todos borrachos terminaron, todos cayeron ebrios, unos panza arriba y otros panza abajo. Después de reír y hacer como que luchaban; después de buscar bajo las faldas de las muchachas, que también reían. Ni se acordaban de que estaban en la orilla del lago, donde no había que ir, donde estaba prohibido.

Cuando caía el sol, cuando ya se iba cansado a su casa a tomar el chocolate para agarrar fuerzas para el día siguiente, Pedro regresó por el camino. Dando tumbos venía, cantando venía, pero las palabras se le escurrían por lo tomado. Se encontró un anciano rojo, muy rojo, como si se hubiera rascado por todo el cuerpo, como si lo hubieran puesto a tatemar y se hubiera escapado. Pedro no sabía, no sospechó. Y le dijo todo al anciano, que él había sacado las truchas, tantas que se apretaban en la parrilla, como cuando duermen varios juntos. Y al viejo colorado se le prendían los ojos, pero Pedro no sospechó, porque estaba borracho. Si apenas podía hablar, ¿cómo sabría, cómo vería la intención por debajo de la piel? Le regaló una trucha al viejo, de las que le quedaron, de las sobras. Pensó que a lo mejor le ardía estar tan colorado, que a lo mejor le molestaba la piel, como una mala cobija que rasca. Y luego se fue, todavía cantando, todavía sin saber que había escrito la muerte para su familia.

Porque el viejo era el lagarto colorado, el dueño del lago, que estaba muy enojado porque las truchas eran para él solo, nomás él se las comía. Y estaba furioso y le brillaban las escamas porque un chamaco muy tonto y muy inflado se había robado su comida.

Esa misma noche, el lagarto colorado fue a la casa de Pedro. Lo vio adentro, durmiendo, junto con todos los demás, descansando. Y le dio nueve vueltas a la casa, mientras abría el hocico, nueve vueltas con el hocico abierto para que saliera su aire ponzoñoso, que hacía dormir sin poderse mover, sin poder despertar. Ése era el poder del lagarto colorado, su fuerza, y por eso todos le tenían miedo. No había cómo despertar si echaba su aliento, ni el más fuerte se podía mover. 

Entró a la casa y se comió a todos, menos a Pedro, porque fue generoso y le dio una trucha. Se comió a su padre y a su madre, a sus hermanos y a sus hermanas, a una tía y unos tíos que vivían allí, y hasta un metiche que dormía allí, echado junto a la ventana. De uno en uno, sin prisa se los comió.

Cuando Pedro despertó no encontró a nadie, de nadie el cuerpo veía, y ni siquiera se sentían las almas, como cuando alguien sale de su casa y, mientras vuelve, parte de su aire, de su aliento, se queda allí. Aquí no, aquí era como si nunca hubiera vivido nadie allí, más que Pedro. Los buscó, alzó todo, miró para arriba y por los lados y llamó a cada uno, pero nadie estaba, nadie respondía. Y luego vio la pañoleta que el viejo de la piel roja traía tapándole el cogote y supo que le habían jugado chueco, que era malo.

Fue con Kanuma, la mamá vieja, para contarle su desgracia y pedir justicia contra el viejo. Pero ella ya sabía, ya había visto, porque ella podía mirar desde adentro y ahí se ven más cosas, las cosas que no se pueden saber. Y ella le dijo que el viejo era el lagarto colorado, y que no le podía hacer justicia contra él porque él le había robado primero. Había sido tonto, había sido malo. Quiso inflarse, quiso verse más grande. Y ésa había sido su desgracia.

Pedro fue al lago, donde vivía el lagarto colorado. Y en el camino le pidió ayuda a todos los que habían comido de las truchas, pero ninguno lo quiso ayudar. Con los pedazos de trucha todavía entre los dientes y la cerveza todavía haciéndoles humo en la cabeza, le dijeron que no, lo dejaron solo. Y cuando llegó a la orilla del lago, nomás iba él, sin nadie más.

Alcanzó a ver cómo el lagarto se hundía. Era grande, como una lancha era, y las escamas le brillaban muy rojas. Pedro se metió al lago a seguirlo, a perseguirlo, porque se llevaba a su familia, pero es ley que el hombre no vive en agua, y Pedro tuvo que regresar por aire. Y lloraba y preguntaba cómo podría él bajar hasta el fondo del lago, pero no había nadie para contestarle, para aconsejarlo. Y por segunda vez Pedro estuvo muy solo.

Él mismo se ponía la cuerda en el cuello, él mismo se acusaba, porque ante el juez que llevamos en el pecho, sabía que era culpable. Y lloraba, y pensaba que con sus lágrimas aumentaba todavía más el lago y que menos podría nadar hasta el fondo, hasta el centro, donde estaba el lagarto colorado. Y se le calentaba la sangre de ganas de matarlo, de sacarle el aliento de la vida, pero no podía.

Entonces sintió que lo mordían en el brazo, pero no había nada allí, ni fiera ni víbora ni mosco que lo mordiera, pero a él le dolía. Y luego vio que una lagartija de colores, con los ojos saltones, era la que lo mordía. Pero mordía su sombra y a él le dolía. Y Pedro se preguntaba qué clase de animal era ése que mordía la sombra y tenía los ojos saltones, como de muñeco, como si se los hubiera pegado un juguetero borracho.

La lagartija le habló. Y eso era otro prodigio. Le pidió que le diera de comer su sombra, porque ése era su alimento. Le dijo que no había comido y que si le daba su sombra, no le dolería, porque dolía cuando él la mordía y la jalaba, pero que si el muchacho se la entregaba, entonces nomás se la tragaba y eso no dolía.

Pedro le dijo que sí, que se la comiera, que al fin y al cabo él era mugre ya, palo quemado ya, pues el lagarto colorado se había comido a su familia por su culpa y le daba vergüenza que lo viera el sol.

A la lagartija le dieron vuelta los ojos, estaba contenta. Le brincaban los ojos como canicas y le dijo a Pedro que le ayudaría, que tuviera esperanza, que ya no tristeara, porque su familia todavía estaba viva, en el vientre del monstruo. “Ya no te cuites y agarra fuerzas, porque te quedan nueve días para salvar a los tuyos, que están vivos en la panza del monstruo. Es muy feo allí, y han de estar llenos de miedo, pero viven y hablan entre ellos, y tú los puedes sacar si le cortas la cabeza al lagarto colorado, si se la separas del cuerpo. Dale un buen tajo y sepárala toda. Así el lagarto morirá y podrás ver a los tuyos de nuevo, tocar sus rostros. Ése es el consejo que te doy a cambio de tu sombra”.

Y luego la lagartija de colores se chupó la sombra de Pedro. Se revolcaba de contento, porque había comido y la sombra de Pedro tenía buen sabor, buena carnita. 

Pedro, ya sin sombra, regresó al pueblo. Y todos creían que era malo, porque fingía alegría, porque invitaba a todos a otra fiesta. Y era como si su familia se hubiera muerto hace mucho, como si ya hubiera pasado tiempo, y como si se hubieran muerto de viejos y no comidos por el monstruo, por el dueño del lago, por el lagarto colorado al que todos le tenían miedo.

Y aunque los reproches de los viejos se le clavaban en el corazón como piedras afiladas y se le venían las lágrimas a los ojos, Pedro sonreía y fingía alegría, por si otra vez andaba viéndolo el lagarto disfrazado, porque si sospechaba no vendría y de nada la habría valido quedarse sin sombra.

Y en la noche había fiesta en casa de Pedro, cantos había, bailes había, porque Pedro había preparado mucha comida, y no se podía mirar sin ver una cerveza. Y cuando ya todos tonteaban, cuando hablaban como viejos desdentados, Pedro salió de la casa y se subió a un árbol. Él no había tomado, él tenía la cabeza sin nubes, nomás había fingido, nomás se había hecho el tonto, por si lo veía el lagarto. Ahora estaba arriba de un árbol y tomó un machete que había escondido ahí desde la mañana; el machete de su padre, bien afilado, bien derecho. Y lo agarraba hasta que le dolían los dedos, porque si se le caía, no saldría el sol, no habría buena fortuna.

Llegó el lagarto colorado. Estaba contento, porque eran muchos jóvenes los que se iba a comer. Y, por lo mismo, andaba descuidado, no vigilaba, no buscaba con los ojos. Y cuando Pedro le cayó encima, nunca supo de dónde había venido, quién lo había matado, no lo supo. Nomás alcanzó a ver su propio cuerpo después de que su cabeza rebotó dos veces. Vio sus patas y su tronco y su cola, pero ya sin cabeza. No alcanzó a entender qué le había sucedido, se murió preguntando.

Pedro metió las manos por la garganta del monstruo, encontró una mano y sacó a su papá, y luego a su mamá, y después a todos los demás. De uno en uno los sacó, a todos los sacó. Y estaban bien, y sonreían, porque no habían muerto, porque mañana verían la luz del sol otra vez, porque volvían a su casa, porque podían dar vuelta alrededor de la cabeza del monstruo y comerse la carne de su cuerpo para desayunar.

Y Pedro les pidió perdón, se disculpó, porque sabía que había hecho mal, que se había inflado. Él mismo se puso la cuerda al cuello, porque era culpable. Pero ellos lo perdonaron, primero su padre, luego su madre y después todos los demás, se la quitaron del cuello y la echaron lejos. Y él lo supo porque sintió que ya no le pesaba, que ya podía respirar bien y enderezar la espalda; ya no sentía el fardo de la vergüenza, que pesa mucho y que está hecho de una tela que raspa.

Al día siguiente, se comieron al lagarto. Y cuando caía la tarde, y las sombras se veían largas y los niños jugaban a tener piernas como árboles, Pedro se sentía triste, se acongojaba, porque él ya no tenía sombra. Pero sonreía, porque a cambio de su sombra, ahora era un hombre, era gente de bien. Y creía que eso valía más.

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