Reseña

Ir de pesca y ser pescado

Por Maximiliano Sauza Durán.

Tiempo de lectura 3 minutes


Según Oscar Wilde, el decir las cosas desde un pseudónimo las hace más verdaderas. La máscara cumple la función de desinhibir al criminal. Por ello, el bufón se ríe del rey sin miedo a ser azotado; el payaso del cirquero sin ser encerrado como bestia; el mimo del humano sin temor de verse reflejado. Cecilia Sepúlveda (Saltillo, 1993) no necesita máscaras. Algunos personajes de sus cuentos se llaman Cecilia y ellas sufren, lloran, ríen, aman, sin miedo, o a expensas del miedo, a pesar del miedo. Lo mismo le ocurre al resto del elenco: la ridiculez de la vida diaria les abofetea la cara. Y ellos, cada uno de los personajes, como venganza, guardan silencio. En De la supervivencia de los salmones y otras especies, Cecilia construye un universo donde el lector la conoce: cuentos que son cartas, relatos que son miedos, pensamientos que devienen palabras.

Cecilia Sepúlveda, De la supervivencia de los salmones y otras especies. Chiado Editorial, Lisboa, 2017.
Cecilia Sepúlveda, De la supervivencia de los salmones y otras especies. Chiado Editorial, Lisboa, 2017.

Aunque algunos digan que no, yo me sumo a los que dicen que sí, que la literatura está plagada de autobiografía. En ella se develan los placeres, excesos, vicios y, acaso más temible, las obsesiones. Cuando leemos el monumental diario de Bioy Casares sobre Borges, conocemos más a aquél que a éste. Leyendo una enciclopedia descubrimos más a los autores que a sus temas. Un ensayo crítico (y, no pocas veces, infumable) sobre Shakespeare o Cervantes, se vuelve interesante porque descubrimos la forma de pensar de su autor, más que al personaje literario estudiado.

Los géneros de carrera menos kilométrica —como el haikú, el tanka, el aforismo, el cuento…— no se exceptúan de esta regla. Al leer las once ficciones que Cecilia pone sobre la mesa, he descubierto una Cecilia que se confunde con los caudalosos personajes que retrata. Se empeña en presentarse con avatares masculinos, femeninos, de otras tantas especies. Los relatos desnudan su alma, ella la entrega: la expone ante nosotros portando como única vestimenta las palabras que leemos.

Los temas de De la superviviencia de los salmones son tratados con pinzas que desmiembran el desencanto: un joven escritor cuya primera novela es rechazada y obtiene un funesto final; el acuso e intento de suicidio que se frustra y se vuelve otro fracaso; la correspondencia de una Esther que ama con locura, pero las cartas finalizan ardiendo. Menciono sólo algunos tópicos explorados por la autora en su narrativa, pues, pese a su brevedad, los once cuentos extienden las penas y alegrías de sus protagonistas. Sintetizar las pasiones de las almas no es nada sencillo. Es, empero, un mérito, un hecho bien logrado.

Otro mérito: el humor en varios cuentos. Cuando el humor es bueno, suele ser malo. (Malo de veras y en el mejor sentido de la palabra.) Retratar pensamientos paradójicos es una empresa muy difícil. La autora lo logra, a expensas del sufrimiento de sus personajes. En más de una ocasión me sentí culpable, cuando solté la carcajada ante los acontecimientos menos agraciados de los personajes.

Si el cuento, como dice Cortázar, ha de ser redondo, Cecilia Sepúlveda se empeña en que todo el libro inicie donde acaba. Dos frases culminan el primer y último relato: “De nuevo sola” y “Sola de nuevo”. ¿Presentimiento de fatalidad, de angustia, de desencanto? El lector que se aventure a lee

r este cosmos descubrirá que la búsqueda no descubre nada, pero no nos queda otra cosa que perpetuar nuestra perdida existencia. En el “Inicio” del libro, una tal Cecilia reflexiona acostada boca arriba en su cama: nos introduce con solvente vivacidad su empresa: nos invita a ir de pesca, aunque al leer nos descubrimos pescados:

 

“¿Por qué tanto afán en perpetuar la especie? Cecilia no encontraba en la gente algo que valiera tanto la pena conservar. Para ella eran todos como salmones, que nadan contracorriente por kilómetros; nadan y nadan, luchando contra el cansancio. Nadan. Esquivan osos. Nadan. Luego nadan más. Continúan, nadando, para llegar, todavía nadando, frente a alguna salmona de buen ver, reproducirse y morir. Y nada, no nadan más. La especie es perpetuada, y los señores salmones seguirán haciendo esto por los siglos de los siglos amén. Tanto nadar para toparse con la muerte. Con lo fácil que es encontrarla.”

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Querétaro, 1993. Arqueólogo por la UV. Premio Arte, Ciencia, Luz 2016 (UV), Premio Teotihuacan 2017. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos. Estudia la Maestría en Literatura Mexicana en su alma mater.

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