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La poesía en Rulfo

A continuación compartimos con ustedes un ensayo escrito por José Cedeño en la La Jornada Semanal, el domingo 26 de febrero de 2006, núm. 573.  Fotografía: Juan Rulfo, Erupción Del Paricutiín y Templo de Parangaricutiro. Inversión de lectura: 6 minutes


Había una luna grande

en medio del mundo.

Se me perdían los ojos mirándote.

Los rayos de la luna

filtrándose sobre tu cara.

No me cansaba de ver

esa aparición que eras tú.

Suave,

restregada de luna;

tu boca abullonada,

humedecida,

irisada de estrellas;

tu cuerpo

transparentándose

en el agua de la noche.

¿No es la poesía el arte literario en donde el sonido y el ritmo se conjugan para emanar de ellos un sinnúmero de reflexiones y de imágenes? ¿Dónde radica esa diferencia entre el lenguaje cotidiano y el poético?

Jakobson ya hacía esta diferencia entre las funciones del lenguaje, y reconoce esa línea que divide el discurso poético del habla cotidiana: “la poesía es el lenguaje en su función estética”. Esa diferencia que radica, principalmente, en desdoblar el significado de las palabras, combinarlos, y emerger de ellos verdades ambiguas, incluso con interpretaciones personales.

Y aunque, normalmente, los narradores tienden a seguir la forma cotidiana de hablar para dedicarse sólo a contar, existen casos extraordinarios que se niegan a despegarse de este redescubrimiento del lenguaje, en donde, al mismo tiempo, se aspira a jugar el juego de la música. Este es el caso de Juan Rulfo.

Hemos, así, comenzado este texto con un trozo del final de Pedro Páramo, en donde me he tomado la libertad de dividir en versos y regresar a lo que fue su esencia, porque Juan Rulfo no se olvida de ese ostinato rítmico que caracteriza su obra y que va revelando (como dice Julio Estrada en su ensayo “El Sonido en Rulfo”) el tono de tragedia que se desdobla de la desesperanza de que algo suceda:

…Y la tierra es empinada.

Se desgaja por todos lados

En barrancas hondas,

De un fondo que se pierde

De tan lejano.

Dicen los de Luvina

Que de aquellas barrancas

Suben los sueños;

Pero yo

Lo único que vi subir fue el viento,

En tremolina,

como si allá abajo

lo tuvieran encañonado

en tubos de carrizo.

Partiendo de la premisa de que la poesía tiene el sonido y el ritmo como elementos fundamentales para su discurso, no podemos negar que esa es una de la riquezas de la voz de Rulfo. Él habla y en su discurso los sonidos y el ritmo fluyen autónomos para después convertirse en imágenes poéticas imborrables:

Cae una gota de agua,

grande, gorda,

haciendo un agujero en la tierra

y dejando una plasta

como la de un salivazo.

Cae sola.

Nosotros esperamos

a que sigan cayendo más.

No llueve.

El ritmo es, sin duda, ese gran motor en la narrativa de Rulfo. Recuerdo la primera lectura que hice de El Llano en llamas y aún suenan como un tambor, sobre mis oídos, textos que no dejan de emitir sus pasos, que se desdoblan uno tras otro: palabras que sueñan con llegar a Talpa y no se detienen sino con la muerte de Tanilo (eso sí, recomiendo escuchar la versión de voz viva hecha por el propio Rulfo con ese acento serrano en busca de sobrevivir).

Algún día llegará la noche.

En eso pensábamos.

Llegará la noche

y nos pondremos a descansar.

Ahora se trata de cruzar el día,

de atravesarlo como sea

para correr del calor y del sol.

Después nos detendremos.

Después.

(…)

Ya descansaremos bien a bien

cuando estemos muertos.

O ese ritmo en “Macario”, en donde emergen frases una tras otra, semejando el salto de las ranas que Macario espera para darles muerte.

Las ranas son verdes

de todo a todo,

menos de la panza.

Los sapos son negros.

También los ojos

de mi madrina son negros.

Las ranas son buenas

para hacer de comer con ellas.

Los sapos no se comen;

pero yo me los he comido también,

aunque no se coman,

y saben igual a las ranas.

El uso ingenioso de los verbos que hace Rulfo, repitiéndolos frase tras frase provocando un ostinato rítmico (en el caso anterior el verbo “ser” que da color a las ranas, a los sapos y a los ojos de Felipa, la madrina de Macario). Es como si Rulfo clavara los verbos a puñaladas hasta asegurarse que la sangre que se derrama los contiene:

Hay aire y sol,

hay nubes.

Allá arriba un cielo azul

y detrás de él

tal vez haya canciones;

tal vez mejores voces…

Hay esperanza, en suma.

Hay esperanza para nosotros,

contra nuestro pesar.

En este trozo de Pedro Páramo, Rulfo utiliza el “hay” como un verbo que termina convirtiéndose en un lamento, en un aye, en un ¡ay! Un lamento del que está hecha toda su obra: desde los lamentos venidos de los muertos hasta los que producen los vivos en busca de esta esperanza.

Es este ritmo que utiliza Rulfo, y que se combina con el encuentro de las imágenes y las metáforas, el que hace que los murmullos se conviertan en frases canoras en las que podemos descubrir, siempre que lo hagamos, una nueva lectura.

Sintió que su mano izquierda,

al querer levantarse,

caía muerta sobre sus rodillas;

pero no hizo caso de eso.

Estaba acostumbrado a ver morir

cada día

alguno de sus pedazos.

Vio cómo se sacudía el paraíso

dejando caer sus hojas:

“Todos escogen el mismo camino.

Todos se van.”

Es el final de Pedro Páramo y Rulfo deja caer primero la mano de Pedro Páramo, y enseguida amplía esa imagen a las hojas del paraíso que caen y entonces metaforiza esa caída para desdoblarla en una desesperanza universal.

Y es que allá

el tiempo es muy largo.

Nadie lleva las cuentas de las horas

ni a nadie le preocupa

cómo van amontonándose los años.

Los días comienzan y se acaban.

Luego viene la noche.

Solamente el día y la noche

hasta el día de la muerte,

que para ellos

es una esperanza.

Sin duda que Juan Rulfo es el heredero universal de la “Nostalgia de la Muerte” de Xavier Villaurrutia. Esa muerte que habita la génesis de todos los poetas y no de todos los narradores. Y es ésta, precisamente, el hilo conductor en casi toda la obra de Rulfo (me refiero a Pedro Páramo y dieciséis cuentos de El Llano en llamas): Comala, un pueblo habitado por los murmullos de los muertos; “Nos han dado la tierra”, la muerte inevitable de la tierra: “No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada…”; “La cuesta de las comadres”: “por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón”; “Es que somos muy pobres”: “Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río…”; “El hombre”: “No debí matarlos a todos —dijo el hombre-. Al menos no a todos.”; “En la madrugada”: “Quiso levantarse y volvió a caer, y al tercer intento se quedó quieto”; “Talpa”: “Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos.”; “Macario”: “Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas…”; “El Llano en llamas”: “Se murió muy callado, casi sin moverse y como si él mismo hubiera querido ensartarse…”; “Diles que no me maten”, un cuento en el que la tensión de la trama gira alrededor del no querer morir de Juvencio Nava: “Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.”; “Luvina”: “Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.”; “La noche que lo dejaron solo”: “…ellos se mecían, colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.”; “Paso del Norte”: “-Padre, nos mataron. -¿A quiénes?/ -A nosotros. Al pasar el río. Nos zumbaron las balas hasta que nos mataron a todos.”; “Acuérdate”: “Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.”; “No oyes ladrar a los perros”: “Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.”; “La herencia de Matilde Arcángel”: “Después engordó. Tuvo un hijo. Luego murió. La mató un caballo desbocado.”; “Anacleto Morones”: “Ni se las malició que allí estaba enterrado Anacleto Morones. Ni que había muerto el mismo día que se fugó de la cárcel…”. Es “El día del derrumbe” el único cuento de El Llano en llamas en que la muerte no hace presencia. Al contrario, aquí saca Rulfo el humor que todo narrador debe tener, y de una tragedia logra una historia llena de ironía y ligereza.

Y podría seguir encontrando líneas y líneas poéticas en los textos de Rulfo, y seguir maravillándome con el genio de este narrador-poeta, o no sé si decir de este poeta que encontró su estancia en la prosa, y desde donde refleja la realidad de un México que aún sigue vigente:

La luz era igual entonces que ahora,

no tan bermeja;

pero era la misma pobre luz

sin lumbre,

envuelta en el paño blanco

de la neblina que hay ahora.

Era el mismo momento.

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